La profecía de san Malaquías
En 1590, hallándose los cardenales indecisos en una reñida elección papal, alguien pretendió haber exhumado una profecía emitida nada menos que cinco siglos antes por san Malaquías, obispo de Down. En ella se relacionaban los papas desde Celestino II (s XII) mediante sendos lemas, relativos a cualidades o circunstancias de cada uno.
¿Quién fue san Malaquías? Un célebre santo irlandés, que vivió en la primera mitad del siglo XII, contribuyendo a la evangelización de su país. Disponemos de una relación biográfica suya hecha por su amigo y compañero san Bernardo, abad de Clairvaux. En sintonía con su vida, la profecía consistía en una lista de los papas que iban a sucederse desde 1143 (el primero, Celestino II), y se extendía durante un centenar largo de ellos. Cada uno venía identificado no por su nombre sino por un lema más o menos críptico.
Por ejemplo, el primero, Celestino II, tenía la divisa Ex castro Tiberis (‘De un castillo junto al Tíber’), que encajaba perfectamente con sus características personales, ya que procedía de la localidad de Città di Castello, junto al río Tíber. A mayor abundamiento, su nombre era Guido de Castellis. Y así, los lemas se sucedían siempre de una manera bastante exacta, hasta el momento de la elección en curso en el momento de la publicación del documento… pues el primer fallo fue estrepitoso. El papa a elegir era definido como Ex antiquitate urbis (‘De la antigüedad de la ciudad’), y uno de los papables, el cardenal Simoncelli, era natural de Orvieto (Urbs vetus, ‘ciudad antigua’). La cosa no podía estar más clara, pero resultó elegido Nicolás Sfondrato, que tomó el nombre de Gregorio XIV. Los partidarios de la autenticidad de la profecía han hecho todo tipo de cambalaches para ajustar el lema a su personalidad, pero con poco éxito. A mayor abundamiento, para que el análisis encaje mínimamente, hay que tener en cuenta en la lista algunos antipapas, cuya legitimidad todavía provocaba polémica en el momento de la publicación del vaticinio.
Salvo algunos defensores acérrimos como Hugo Wast o Victoriano Domingo, hoy nadie duda de que la tal “profecía” es apócrifa, emitida en su momento para inclinar la elección, lo que, como vemos, no se consiguió. Los análisis a los papas sucesivos para embutirlos en sus frases son ya de un forzado subido, y la profecía habría pasado sin pena ni gloria si no fuera por algunas coincidencias sorprendentes, hay que reconocerlo, que con el tiempo aparecieron con algunos papas. Por supuesto, nada hay de maravilloso en los encajes anteriores a 1590, que son totales (salvo algunos), pero resulta que Pío VII (1800-1823), víctima del emperador Napoleón, tenía como lema Aquila rapax (‘Águila rapaz’). No hay que detallar las humillaciones y expoliaciones a las que el águila imperial napoleónica sometió al débil Pío VII, quien, tras verse obligado a coronarle en París, acabó desposeído de sus estados y prisionero en el Vaticano.
En cuanto a Pío IX (1846-78), Crux de cruce, ‘Cruz de cruz’, sufrió su “cruz” igualmente por la casa de Saboya, cuyo emblema era una cruz (es curioso que todos los papas en cuyo lema figura una crux han estado en malas relaciones con los Saboya). Con él desaparecieron los Estados de la Iglesia, y el pontífice se consideró prisionero en sus dependencias vaticanas, situación que duraría hasta 1929.
¿Y qué decir de Benedicto XV (Religio depopulata, ‘la Religión despoblada’), bajo cuyo pontificado acaeció la gran mortandad de la I Guerra Mundial? Ya su antecesor, Pío X (1914-22), había sentido “compasión” por el que iba a sucederle, enfrentado con el drama más terrible que había sufrido la humanidad hasta el momento. Benedicto XV tuvo además el valor de criticar la Paz de Versalles, un Vae victis! que prepararía la II Guerra Mundial.
Otras interpretaciones recientes son más traídas por los pelos. En las de mi recuerdo, se relacionó a Juan XXIII, arzobispo de Venecia al ascender al pontificado, con su lema Pastor et nauta (‘Pastor y navegante’), por el carácter acuático de su diócesis, aunque en su día se habían emitido conjeturas sobre la papabilidad de Spellman, venido del otro lado del Atlántico. Paulo VI, Flos florum (‘Flor de flores’), arzobispo de Milán, lucía en su escudo unas flores de lis, consideradas en heráldica como las flores por antonomasia. El fugaz Juan Pablo I, De medietate Lunae, ‘Del centro de la Luna’, fue relacionado con su breve pontificado, de algo más de un mes (una lunación). El último papa, Juan Pablo II, ha sido De labore solis, ‘La labor bajo el sol’, que muchos han interpretado como una alusión a sus infatigables viajes, o al hecho de proceder del brumoso Norte de Europa para desarrollar su apostolado en la soleada Roma.
¿Cuál será el sino de Benedicto XVI, De Gloria olivae, ‘De la gloria del olivo’? Quizás esté llamado a ejercer algún protagonismo con Tierra Santa, cuna de los olivos más famosos de la cristiandad.
En todo caso, el siguiente es Petrus Romanus (‘Pedro Romano’), el último de la lista. Con él debe terminarse el mundo y llegar el Juicio Final, según la profecía:
En la última persecución de la Santa Iglesia Romana,
un romano llamado Pedro [el único pontífice que
desde san Pedro habrá ostentado tal nombre],
apacentará el rebaño en medio de grandes tribulaciones. Pasarán éstas, Roma
será destruida y el Juez Terrible juzgará el mundo”.
JMAiO, BCN jun 05