LA PAPISA MAROZIA
El
siglo X ha sido llamado el saeculum obscurum del pontificado. Una época en que la simonía,
la corrupción, la intriga y aun el asesinato presidieron la cátedra de san
Pedro y aun la de todos los que alrededor de ella se movían. Época además de
profunda inestabilidad en la silla, en que los papas se sucedían velozmente, patrocinados
por las familias romanas e impuestos por la simonía o el nepotismo y removidos
por la violencia o el asesinato. La confusión llegó a tales extremos que de algunos
de tales pontífices sólo conocemos los nombres, y ni siquera
estamos seguros de que fueran papas legítimos.
En
el intervalo entre 882 y 946 se sucedieron en el solio nada menos que 21 papas
(¡más los antipapas!), alguno de pontificado tan breve como dos semanas. Una
tabla de la época nos ayudará:
|
Papa |
De |
A |
|
Marino I (o Martín II) |
882 |
884 |
|
Adriano III |
884 |
885 |
|
Esteban V |
885 |
891 |
|
Formoso |
891 |
896 |
|
Bonifacio VI |
896 |
896 |
|
Esteban VI |
896 |
897 |
|
Romano |
897 |
897 |
|
Teodoro II |
897 |
897 |
|
Juan IX |
898 |
900 |
|
Benedicto IV |
900 |
903 |
|
León V |
903 |
903 |
|
Sergio III |
904 |
911 |
|
Anastasio III |
911 |
913 |
|
Landón |
913 |
914 |
|
Juan X |
914 |
928 |
|
León VI |
928 |
929 |
|
Esteban VII |
929 |
931 |
|
Juan XI |
931 |
935 |
|
León VII |
936 |
939 |
|
Esteban VIII |
939 |
942 |
|
Marino II (o Martín III) |
942 |
946 |
El
recuerdo dejado por esos tiempos e se concretaría, siglos más tarde, en la
leyenda de la Papisa Juana, que se sitúa entre los años 855-858, tras León IV y
coincidiendo con el papado de Benedicto III. Según la historieta, una bella
joven anglia, de nombre Eloísa, habría empezado su
carrera eclesiástica (disfrazada de hombre) en un monasterio, a fin de estar
junto a su amado. Desde allí continuaría en Roma, consiguiendo ser elegida
“papa” con el nombre de Juan (VIII, atendiendo al orden sucesorio, aunque en
aquellos tiempos no se miraban mucho estas minucias, como prueban la existencia
de vacíos y aun repeticiones en la numeración). Con todo, alguno sí estaba en
el secreto del sexo de Juana, pues el caso fue que, llevando unos años de
pontificado y sintiéndose grávida, eligió ciertamente un mal momento para dar a
luz ante todo el mundo: la celebración de una procesión.
No
existe la menor prueba de la existencia de esa papisa, pero la leyenda gozó de
muy buena salud durante varios siglos: al parecer, en fecha tan próxima como
1600, fue colocado un busto de Johannes VIII, femina et anglia, en la
galería de bustos papales de la catedral de Siena.
Incluso se ha dicho que la utilización de la llamada “silla gestatoria” (de la
que los últimos papas han prescindido) era en principio un artilugio destinado
a comprobar la virilidad de los papas en previsión de repeticiones del caso.
Dejada
a salvo la verdad histórica, cabría preguntarse el motivo de la aparición de la
leyenda: sabido es que los mitos responden siempre a situaciones reales hipostasiadas bajo la forma de una historia atrayente. Y
pocas dudas caben de que la historieta de Juana sería
una concreción del vago recuerdo de la época de la “pornocracia”,
cuando el gobierno de la silla de san Pedro estaba de facto en manos de mujeres de reputación no ya dudosa, sino muy
segura.
La primera,
o al menos la más conocida de ellas, fue Teodora, calificada de “cierta ramera
sin vergüenza” en el Antapodosis,
crónica de la época escrita por Liutprando de
Cremona. Esta mujer, esposa de Teofilacto, por real
voluntad hizo que el pontífice Sergio III (“el peor que haya tenido la
Iglesia”) depusiera y asesinara al anterior, Cristóbal, declarándolo antipapa,
declaración que extendió a los tres anteriores. Y más tarde convirtió en pontífice
(Juan X) a uno de sus amantes, un humilde clérigo cuando le había conocido.
Tuvo
dos hijas: Marozia y Teodora (llamada II), que, según
el mismo Liutprando, “no sólo la igualaron, sino que
la sobrepasaron en las prácticas que ama Venus”. La primera (nacida hacia 890),
en orden y en rango, empezó, apenas púber, siendo amante de Sergio III, y con
él tuvo un hijo que con el tiempo sería a su vez papa (Juan XI). Otros papas,
León VI Y Esteban VII, serían también nombrados andando el tiempo por Marozia.
En
todo caso, pasada la primera “locura” juvenil, Marozia
fue casada por su madre con el guerrero Alberico,
pero aquí se produce un hiato en la crónicas hasta 925, en que Marozia reaparece, ya viuda recalcitrante, como única en la
familia con poder en Roma. Nada se sabe de la extraña desaparición simultánea
de padres y esposos. Pero un enemigo no había podido ser destruido: el papa
Juan X, por lo visto odiado desde siempre por la mujer. Éste, olfateando el
peligro, estaba pactando la protección del conde Hugo de Provenza a cambio de
hacerle rey de Italia, pero Marozia, más veloz,
ofreció su mano a Guy, hermanastro de Hugo, con el
mismo plan. Ambos cayeron sobre Roma, y el pobre Juan X acabó confinado en una
mazmorra en Sant’Angelo, donde moriría al poco
tiempo, dudosamente por causas naturales.
Marozia,
ya convertida en senadora romana, siguió con sus planes, intrigando para que
fuera aceptado como papa su hijo mayor, el habido con Sergio III. Pero para
ello necesitaba poderosas influencias, y
las halló nada menos que con su cuñado, el mismo Hugo que antes había
intrigado con Juan X. Las maniobras que hubo que hacer para ello fueron
históricas: en primer lugar deshacerse del actual marido, Guy,
mientras Hugo hacía otro tanto con su propia esposa, declarar bastardo a su hermanastro y hasta cegar a otro de sus
hermanos. Pero finalmente el plan salió a pedir de boca, y un joven papa de 21
años, Juan XI, acababa casando a su propia madre con su amante.
Pues
las ambiciones de los esposos no habían terminado, y, ahora que tenían un papa más
dócil que nunca, se proponían nada menos que ser coronados como emperadores de
Occidente. Pero aquí falló algo: el hijo legítimo de Marozia,
Alberico, que se sentía postergado por su madre,
consiguió revolver la ciudad de Roma, ya incómoda por tanta perversidad, contra
los adúlteros esposos. Hugo salió a estampida de Roma y tanto Marozia como su hijo Juan fueron confinados de por vida a Sant’Angelo, como antes hiciera ella con Juan IX. Y, como
él, fallecieron en la cárcel. La línea pontificia fue continuada por Alberico con el monje benedictino León VII, quien
iniciaría, no sin dificultades, una renovación eclesial.
¿No
reúne Marozia méritos más que sobrados para haber
sido elevada por la leyenda a la categoría de papisa?
Josep
M. Albaigès i Olivart
Salou, julio 2003