¿CUÁNDO NACIÓ JESUCRISTO?
A propósito de mi
artículo en [O-49], algunos me han pedido que aclare a qué me refiero al decir
que las religiones deberían prescindir de su elemento "mágico".
Supuse entonces que estaba claro: las religiones, durante muchos años, han
desempeñado un papel anexo al suyo fundamental, explicando la naturaleza y sus
misterios en base siempre a la actuación de una inteligencia intencional, no
neutra frente a los deseos de los hombres. A medida que la ciencia avanzaba,
esta explicación providente fue abandonándose, a menudo muy a regañadientes.
Muchas personas de mente devota, llevadas de un celo del que la religión era la
primera perjudicada, incurrían en el error de pretender seguir reservando para
ella la explicación de determinados aspectos no asequibles todavía a la
ciencia. Los ejemplos son abrumadores: desde el rayo, debido primeramente a la
cólera de Júpiter, hasta las teorías de la evolución e incluso, en nuestros
días, ciertos temas como el control de la natalidad que muchos pretenden
todavía relegar al campo exclusivo de la moralidad religiosa.
Centrándonos en los
relatos de la Biblia, hace ya mucho que las personas más razonables con
sentimientos religiosos admiten que las explicaciones dadas allí sobre la
creación del mundo y del hombre son campo del mito y no pueden ser tomadas más
que simbólicamente. Sin embargo, otros aspectos, no sujetos hasta hace poco a
la comprobación rigurosa de la historiografía, se resisten a desaparecer. Uno
de ellos, que me gustaría hoy comentar, es el relativo a las circunstancias
concretas sobre el nacimiento de Jesús.
Los historiadores de
la época no hablan de Jesús, salvo Flavio Josefo,
quien empero no suministra datos concretos que permitan fijarlo en el tiempo.
Debemos, pues, limitarnos a las referencias que hallemos en los propios
Evangelios, aunque no sin someterlas al tamiz de la crítica, pues, como
veremos, abundan en ellas las contradicciones. Fijémonos en los párrafos que
pueden suministrarnos alguna pista:
·
Mt,
2,1 fija la fecha de la Natividad "en los días del rey Herodes [el
Grande]".
·
Lc
es aparentemente más explícito. Según él, Elisabet, la madre de Juan Bautista,
concibió "en tiempos de Herodes, rey de Judea", y María lo hizo seis
meses después que su prima (1,26, 36 y 42).
·
Según el mismo Lc,
en los días de parto, un censo universal la lleva a Belén, cuando Quirino
gobierna en Siria (2, 1-6).
·
Lc,
3, 1,1: Cuando el Bautista comienza su predicación, era "el año
decimoquinto del reinado de Tiberio César", es decir, el 784 de la
fundación de Roma, y entonces era "Poncio Pilato procurador de la Judea".
·
Lc,
3,23: "Y Jesús era, al empezar [su vida pública], como de treinta años,
hijo, según se creía, de José..."
·
Jn,
8, 56 pone en boca de los adversarios de Jesús la siguiente frase: "No
tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?"
Hoy sabemos con toda
precisión, por otras fuentes, que Herodes falleció en Roma en el año 4 antes de
nuestra era, lo que invalida la fecha de inicio o el dato de Mateo.
Esto es una simple
inexactitud, pero lo que sigue es la primera contradicción grave: el único
censo de que se habla en esa época, precisamente por el historiador Josefo antes nombrado, tuvo lugar en los años 6/7, lo que
lo hace incompatible con Herodes. Y, desde luego, es difícil (aunque no imposible)
que la vida pública de Jesús empezara en el año 28/29, con sólo veintidós años
y aparentando treinta.
Por supuesto, no voy a
nombrar aquí algunos pintorescos cálculos astronómicos que han pretendido
determinar la trayectoria de algún cometa que guiaría a los Reyes Magos. Esto
no haría más que añadir confusión.
Tampoco vamos a forzar
los hechos pretendiendo, como han hecho algunos, que hubo otro censo que no
dejó huella en la historia. Dos censos tan próximos, en aquellos tiempos,
hubieran sido fenómenos singulares. Especialmente considerando que el de
Quirino tenía una clara finalidad fiscal, innecesaria en tiempos de Herodes,
autónomo en ese campo.
Desde luego, el censo
de Quirino no fue "universal" (no se tiene noticia de ninguno durante
todo el Imperio Romano), pero aquí podemos tomar la afirmación de forma no
literal, como hacemos con el Diluvio.
¿Pudo haberse
equivocado Lc con la mención al censo? Es lo más
probable. A fin de cuentas, los relatos que dan Mt y Lc sobre los hechos concretos del nacimiento de Jesús
pertenecen a la leyenda y son incluso incompatibles, como constatará quien se
tome la molestia de leerlos desapasionadamente. No olvidemos que la principal
preocupación del primer evangelista es demostrar, punto por punto, que Jesús era
el Mesías, y un medio eficaz para ello era hacer que se cumplieran en él las
profecías. Una de ellas (Miqueas, 5,1) decía: "Será de Belén de Judá". Otra, citada por el mismo Mt
(2,23), "Será llamado Nazareno". Otra más (Oseas,
11,1): "He llamado a mi hijo de Egipto". Y todavía otra, de Jeremías
(31,15): "Una voz se ha levantado en Rama... es Raquel, que llora a sus
hijos y no quiere ser consolada". El cumplimiento de todas estas profecías
obliga a Mt a hacer describir a la Sagrada Familia
unos extraños derroteros: primero, presencia en Belén, después, huida a Egipto
mientras Herodes mata a los Santos Inocentes, finalmente, establecimiento en Nazaret (cuando hay serias dudas de que
"Nazareno" signifique "de Nazaret",
pero ése es tema para otro día).
¿Por qué ir a hacer
nacer Jesucristo en Belén? El censo de Quirino, del que habría oído hablar el
redactor del Primer Evangelio, era un buen pretexto para justificar el extraño
viaje. Que confundiera las fechas, y que en él hubiera muerto ya Herodes, no
tiene nada de particular: estamos en el campo de la hagiografía, donde la
cronología considerada como ciencia cuenta muy poco.
***
Aportemos ahora otro
dato incontestable: Pilatos fue procurador de Judea entre los años 26 al 36,
por lo que en ese intervalo habría que situar la muerte de Jesús, que tendría
por ello un mínimo de 29 años. Unos años antes habría que situar el inicio de
su vida pública. ¿Cuánto duró ésta?
Siguiendo los
sinópticos, serían suficientes unos pocos meses, pero Jn
nombra tres celebraciones de la Pascua, por lo que es tradicional estimar dicha
duración en tres años, de donde la creencia de que Jesús vivió treinta y tres.
En todo caso, las discrepancias entre las dos estimaciones de Lc y de Jn de la edad de Jesús
son bastante fuertes, aunque podrían tener un valor simbólico, pues entre los
treinta y los cincuenta años, según el libro de los Números (4,3,23 y 30), son los levitas aptos para el servicio del
altar.
Vistas estas
dificultades, cabe hacerse una pregunta: ¿De dónde salió la fijación de nuestra
Era Cristiana? La determinación "oficial" del nacimiento de Jesús
corrió a cargo de Dionisio el Exiguo,
monje del siglo VI, quien aplicó el siguiente sencillo razonamiento: si Juan
Bautista comienza a predicar en el año 15 de Tiberio y se supone un año de
intervalo entre este momento y la aparición de Jesús, restemos treinta años de
ésta y llegaremos al 754 de la fundación de Roma: éste será el año 1 de nuestra
era. Claro es que esta fecha ha sido posteriormente muy afinada.
De hecho, la fecha del
nacimiento de Jesús conoció grandes variaciones según las iglesias. Parece que
en Asia, tomando al pie de las letra el Evangelio de Juan (8,57) retrocedían la
muerte de Jesús hasta los tiempos de Claudio (51-54), incluso otros lo situaban
en tiempos de Nerón (58), y aceptaban el año 9 como el de la Natividad. Otros,
en el otro extremo, fijaban la Crucifixión en 21, olvidando unos y otros las
fechas de gobierno de Pilatos.
Los cronologistas
católicos deseosos de no relegar el episodio de los Inocentes al puro campo del
mito concluyen que Dionisio el Exiguo se equivocó, y que la Natividad tuvo
lugar en los años 6 ó 7 aJC (tiene gracia decir que
Jesucristo nació en el 6 "antes de Jesucristo"). Pero esto poco
importa: lo que cuenta es el mensaje del Salvador, no la fecha exacta ni el
lugar en que vino al mundo. Ocioso es advertir que el 25 de diciembre fue
fijado, de forma totalmente arbitraria, en Roma a principios del siglo IV,
coincidiendo con la fiesta del dios solar Mitra, situado en el soslticio de invierno. Antes de ese momento, otros
preferían fechas más primaverales, como parece sugerir el episodio de los
pastores durmiendo al aire libre.
¿Qué consecuencia
sacamos de todo esto? Una vez más, como es tan frecuente en las Escrituras, la
leyenda y la hagiografía se entrecruzan con el contenido verdaderamente
importante, que es el mensaje cristiano. Detalles como la huida a Egipto, la
adoración de los Magos, o episodios como el nacimiento accidental en Belén a
consecuencia de un imaginario censo no son más que aditamentos al cuerpo
principal de doctrina, con toda verosimilitud añadidos por piadosos copistas a
lo largo del período de formación de los Evangelios (no olvidemos que éstos, en
su forma actual, no fueron declarados oficiales más que tras un largo período
de coexistencia con infinidad de formas secundarias, entre ellas los famosos
Apócrifos). Pretender aferrarse a su literalidad a machamartillo es obstinarse,
una vez más, en el mantenimiento de características mágicas cada vez más
difíciles de mantener y a través de las cuales la principal perjudicada será la
esencia de mensaje cristiano.
JMAiO,
ene 96