En
la buhardilla de mi casa apareció este verano un manual que yo había consultado
más de una vez de niño, fascinado por su tono apocalíptico y sobre todo por los
tremebundos “ejemplos” con que eran ilustrados sus capítulos.
El
manual predica siempre, en un tono entre acariciador y amenazante, sobre la
práctica de la virtud, insistiendo en aspectos como el respeto a la propiedad
privada (especialmente la del clero), la malediciencia,
la murmuración, el juego, los bailes, etc., mucho más que en el sexo, que se
cree a veces más propio de la época.
No he podido resistirme a transcribir textualmente los “ejemplos” que lo ilustran, ilustrativos del carácter espiritualmente despótico con que eran tratados los fieles. Es curiosa la insistencia de legitimar las historietas apoyándose en una autoridad convincente (v. gr. san Ligorio) o en el testimonio de las “muchas personas” que presenciaron los hechos, casi siempre milagrosos. No merece la cosa mayores comentarios: el lector juzgará divirtiéndose.
Capítulo IX. Obligación del hombre en buscar su fin.
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EJEMPLO.‑
Próximo a la muerte, un rico hizo traer delante de su cama todo el oro, plata y
joyas que tenía, que era mucho, y decíase a sí mismo:
“Alma mía, mira todo lo que te he adquirido para tu regalo, no te vayas,
alégrate y diviértete.” Mas no por eso cesaban un
momento sus congojas por más que él se repetía lo mismo. “¿Es posible, decía el
necio, que tú, alma mía, pudiendo gozar todo esto, así lo dejes, así te vayas,
y así me aflijas?” Nada bastaba, y el dolor crecía; hasta que viendo que no
tenía alivio alguno, se volvió por último a su alma y le dijo: “Puesto que no
te quieres quedar ofreciéndote toda esta riqueza, acaba de salir con mil
demonios” Así fue, pues expiró al punto. (Laparra).
Capítulo XXVII. Maldad del que comulga en pecado mortal, o sea de las comuniones sacrílegas.
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EJEMPLO.‑A
una persona, dice San Ligorio, que estando en pecado
mortal fue a comulgar, la sagrada hostia se le convirtió en un cuchillo que le
cortó la garganta, y murió de repente delante del mismo altar.
EJEMPLO.
El mismo santo refiere que una joven, habiendo cometido una debilidad, no
quería por vergüenza confesarla. Hizo tres comuniones sacrílegas, mas después
de la tercera murió la infeliz repentinamente al pie del altar. Al momento su
rostro se vio resplandeciente, como el sol; por cuya maravilla todos la
llamaban santa, y como tal fue llevado su cuerpo en procesión por todas las
calles de la ciudad. Mas antes de darle sepultura, se
apareció un ángel y mandó que abriesen la boca de aquel cadáver; y ejecutando
lo que el ángel mandaba encontraron en la boca de aquella desgraciada mujer
tres hostias, las que condujeron con reverencia en un cáliz, y al momento
aquella cara que era tan resplandeciente se tornó como un carbón.
EJEMPLO.
A un moribundo que había comulgado muchas veces en pecado mortal, se le
apareció el demonio con una especie de patena en la mano, y en ella figuraban
como unas hostias, mas no lo eran, y dirigiéndose, al enfermo le dijo: “Tú
que, muchas veces has comulgado en pecado, toma y recibe la comunión ahora de
mi mano que te traigo”; mas el enfermo espantado de eso no quería y el demonio
a la fuerza le puso en la mano una de aquellas fingidas hostias, que eran como
de plomo derretido; y luego después expiró.
Capítulo XXXIV. Jesucristo en su Pasión nos enseña a ser pacientes y sufridos.
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EJEMPLO. Léese de San Pedro Mártir,
inocentemente condenado a una prisión, que estando un día arrodillado al pie de
un crucifijo se quejó diciendo: “¡Ah Salvador mío!, ¿qué he hecho yo para ser
tratado de esta manera?” Entonces el Señor le respondió: “Y yo Pedro, ¿qué he
hecho para ser enclavado en una cruz?” Estas divinas palabras inspiraron al
santo.
Capítulo II. Del amor de
Dios.
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EJEMPLO. Cuéntase de un hombre que en la
apariencia había llevado una vida no muy devota, y que no obstante estaba muy
consolado, tranquilo y alegre en la hora de su muerte. Habiéndole preguntado el
sacerdote de qué provenía aquella serenidad, aquella paz y satisfacción en el
terrible trance de la muerte, “Padre, le respondió el moribundo, bien tengo que
estarlo, después de haberme prometido un ángel, y asegurado mi salvación y
dicha en el cielo.” “Pues, ¿cómo es esto, no habiendo llevado al parecer vida
no muy ajustada?” “Es verdad, padre, pero sabed que he tenido a mi favor una
cosa muy buena como la de no haber faltado jamás a la caridad del prójimo, pues
siempre he amado de corazón a mis hermanos; nunca he dicho, ni pensado mal de
nadie, ni he deseado mal a alguno; he procurado hacer bien y amar a todos; he
amado también a los que mal me hacían y los he perdonado de todo corazón, no he
murmurado; en una palabra, jamás he dañado
al prójimo; por esto el señor me ha perdonado todas mis culpas, y por su bondad
infinita me ha prometido la gloria celestial. Esta es la causa y el motivo de
mi tranquilidad en esta última hora de mi vida”. Habiendo acabado de proferir
estas palabras en presencia de algunas personas, con una sonrisa santa expiró.
Capítulo V. De la
venganza.
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EJEMPLO. Refiérese en San Ligorio, que eran dos hombres que se tenían grande odio y
rencor. Estando pues, uno de ellos enfermo, mandó llamar al otro para
reconciliarse con él. Así fue, mas el otro al salirse del aposento del
moribundo, dijo en tono envanecido: “Ved como ha querido las paces ahora que se
está muriendo y no puede vengarse”. Oyólo el enfermo,
y encolerizado le respondió: “Si de ésta salgo, ya verás cual será mi
venganza”. Y luego después murió. Oíd lo que sucedió después: que estando aquel
imprudente en la plaza muy satisfecho con otros compañeros, vio venir hacia él
una horrorosa sombra, con una maza de hierro en la mano, y le dijo en presencia
de muchos: “¡Hola! He venido para vengarme, y puesto que hemos sido enemigos en
vida, quiero que lo seamos eternamente en el infierno”. Y al punto le mató con
aquella maza.
Capítulo VI. Las vanas
excusas de los que no quieren perdonar.
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EJEMPLO. San Juan Gualberto, habiendo perdonado a un enemigo mortal se
fue a una iglesia, y puesto de rodillas delante de un Crucifijo, para darle
gracias de haberle prestado auxilio de vencer aquella terrible tentación de
vengarse de la muerte de su querido hermano, le decía: “Señor, vos habéis
prometido el perdón a aquel que perdona: vos, oh Dios
mío, sabéis que por amor de vos acabo de perdonar la vida del asesino de mi
desgraciado hermano; por tanto yo os pido el perdón de todos mis pecados”.
Apenas acabó Juan de pronunciar estas palabras, cuando he aquí, la Santa Imagen
inclinó su cabeza hacia Juan, en señal de aceptar su caridad, y de quedar perdonados sus pecados. En vista
de tan insigne milagro se convirtió Juan Gualberto, y fue un gran santo.
Capítulo XI. Del pecado de
escándalo.
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EJEMPLO. Cuenta San Ligorio que había una
mujer casada, que después de una vida escandalosa fue atacada de un accidente,
y habiendo perdido el uso de los sentidos, vio al Señor muy irritado, que la
condenaba al infierno. Volvió después en sí la infeliz, y no hacía otra cosa
que exclamar: “¡Ay de mí, ay de mí! ¡Estoy condenada, estoy condenada!” Al
punto vino un confesor que la animaba con la misericordia de Dios mediante una
buena confesión. Mas ella respondía: “¡Qué confesión ni qué confesión si estoy
condenada!” Acercóse su hija para sosegarla; pero
enfurecida le dijo: “¡Ah, maldita! Por ti, por ti es por quien me condeno: pues
por complacerte he escandalizado al prójimo.” Dicho esto, a la vista de todos
fue arrebatada y levantada hasta el techo por los demonios y al punto expiró.
Capítulo XII. Del pecado
de blasfemia.
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EJEMPLOS. A fin de que os cause más horror este maldito vicio, refiero
los siguientes ejemplos: En el reino de Nápoles, blasfemó uno de un crucifijo
en cierto lugar y al momento cayó, y murió de repente. A otro que blasfemó del
Santísimo Sacramento se le abrió la tierra y se lo tragó vivo en presencia de
muchas personas. Otros ejemplos, por no permitírmelo la brevedad, los omito.
Pero amados, basta, si tenéis juicio, lo dicho.
Capítulo XIV. Obligación
de santificar las fiestas.
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EJEMPLO. Cuenta la historia que en la Ciudad de Dia
había un Santo Obispo llamado Esteban, el cual viendo que los feligreses
empleaban los días de fiesta en el desorden de juegos, bailes, embriagueces y otros, por más que predicase no podía reunir
sus encargados al templo, y que todas las celosas exhortaciones eran
infructuosas, acudió al Señor, suplicando a su Divina Majestad se dignase abrir
los ojos de sus espirituales ovejas a fin de que pudiesen ver a los que los
retraían del templo para darse a los espectáculos, comedias, saraos &c. Y
ved ahí que oyendo el Señor las súplicas del Santo Prelado al momento se
dejaron ver en medio de aquellos infelices profanadores de las fiestas muchos
demonios en figura de tigres, serpientes, osos, lobos... de tal suerte que
aterrada aquella gente, algunos murieron de espanto, otros que quedaron con
vida, estaban continuamente temblando, y los demás acudían al templo gritando horrorizados,
y pedían misericordia a Dios y al Santo Obispo, el cual lleno de compasión
impetró a Dios el perdón y luego desaparecieron aquellos monstruos infernales.
Capítulo XXIII. Del pecado
de homicidio.
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EJEMPLO. De un ladrón se cuenta que fieramente mató a un niño: después
de haber cometido tan infame crimen, le pareció tener al niño delante que le
reprochaba su delito con estas palabras: “¡Bárbaro! ¿Por qué me mataste?” Duró
esto nueve años que le pareció oír aquella voz del niño muerto. “Por que me
mataste?” Al cabo, no pudiendo sufrir más el ladrón
aquel fatal reproche, se presentó voluntariamente al juez a confesar su delito,
y murió ajusticiado.
Capítulo XXVI. De la
murmuración y calumnia.
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EJEMPLO.-Cuéntase de un joven desgraciado
que no sabia desplegar sus labios sin burlarse de alguno. En pena de este
infame vicio fue castigado de Dios, primero volviéndose loco, después se cortó
la lengua con sus propios dientes, y por último murió despidiendo de su negra
boca un hedor intolerable.
EJEMPLO. En el espéculo de ejemplos se cuenta:
que una mujer apareció un día con la lengua encendida, y dijo: “Esta lengua me
ha condenado”, y desapareció al punto.
EJEMPLO. Un hombre que estaba muy malo, cuando el médico le dijo que
debía recibir los sacramentos en presencia de su familia y del sacerdote; dijo
que no quería confesarse. A los ruegos del confesor y domésticos respondió,
sacando la lengua: “Ésta me ha condenado”, entonces se le hizo tan gorda como
la cabeza, y murió sin confesión con espanto de los presentes.
Capítulo XXXIV. Sobre la
misma materia [del pecado de hurto].
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EJEMPLO. Un soldado robó una vaca de una pobre mujer: lamentábase la pobre mujer, y decía al soldado: “¿Por qué
has de robarme esta vaca, que es todo mi caudal?” Y respondió el soldado: “Si
no me la llevo yo, la robará otro”; y así se la llevó. Después fue muerto aquel
soldado, y se apareció a aquella pobre mujer con un demonio al lado que con
rigor le azotaba, diciéndole el soldado condenado: “¿Por qué me azotas?” Y el
demonio respondía: “Si no te azoto yo, te azotará otro”.
Capítulo XXXVI. De la
restitución.
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EJEMPLO. Un hombre robó un buey a San Medardo:
este buey llevaba colgado del cuello un esquilón. El ladrón se llevó el buey a
su casa, y aunque el buey no se movía el esquilón sonaba de continuo. Vino la
noche y temiendo aquél ser descubierto, llenó de esquilón de heno, pero no
obstante seguía sonando. En vista de ello le quitó del buey, y lo encerró en
una caja, y el esquilón sonaba del mismo modo; entonces lo metió debajo tierra,
y por esto no dejaba de tocar el esquilón, como quien clamaba a su dueño.
Finalmente, aterrado el ladrón de un caso tan extraño, tomó el buey, le
restituyó al Santo; y al punto cesó de sonar el esquilón.
Capítulo XXXVIII. Obligaciones de los confidentes y albaceas testamentarios de los difuntos.
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EJEMPLO. Estando para morir un soldado, llamó a un sobrino suyo, y le
mandó que luego de seguida le vendiese el caballo, y distribuyese todo el valor
en sufragios por su alma. Pero, ¿qué sucedió? Que apenas quedó enterrado el cadáver
del tío, se enseñoreó del caballo, y no se acordó del mandato, ni de sufragios
por el difunto. Al cabo de algún tiempo se le apareció el alma del tío, y le
dijo: “Hasta ahora he tenido que padecer penas y tormentos imponderables por tu
infame proceder: me he quejado ante la justicia del Altísimo contra ti. Y manda
el Supremo Juez que yo pase a la gloria, y tú desde luego vayas a pagar para
siempre con penas horrorosas en el infierno tu hurto infidelidad.” Y
desapareció, y luego murió aquel infiel confidente.
CUARTA PARTE
Capítulo II. Locura de los
que dejan perder el tiempo.
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EJEMPLO. Un famoso cortesano del Emperador
JMAiO,
may 02