EL MACHISMO DE SAN PABLO

 

En los filmes de mi niñez eran frecuentes (como ahora) las escenificaciones de bodas. En ellas, el ministro de Dios preguntaba primero al hombre, más o menos: “Fulanito, ¿prometes amar y ser fiel a Menganita hasta que la muerte os separe? Tras el sí de rigor, la pregunta para la mujer era ligeramente distinta: “Menganita, ¿prometes amar, respetar y obedecer a Fulanito hasta que la muerte os separe?”, que era igualmente contestada afirmativamente.

Resulta que desde hace muchos años lo de “obedecer” ha desaparecido de las preguntas de las bodas cinematográficas, cosa que tradicionalmente me llamó la atención. ¿Se había tratado esa coletilla hoy suprimida de un invento de los guionistas? Difícil de creer.

Conque me decidí a investigar. Bueno, no hubo necesidad de profundizar mucho. La fórmula vigente hasta hace muy poco estaba inspirada en la actitud de la Iglesia sobre los roles masculino y femenino, y en ésta jugaban un papel básico las opiniones de san Pablo. Aunque se pase hoy un tanto de puntillas sobre ellas, los textos son muy tozudos y su análisis desapasionado no deja dudas sobre el carácter subordinado que el apóstol de los gentiles atribuía a la mujer.

La historia arranca con el mismo Génesis, donde se introduce la mujer, “carne de la carne” de Adán, como “una ayuda que sea adecuada para el hombre” (Gen 2,18). Un poco más adelante se justifica la actitud subordinada de la mujer en el pecado original, del que ella resulta responsable por su actitud inductora. Como consecuencia, el mismo Yahvé la castiga diciendo que “el hombre reinará sobre ti” (Gen 3,16). Huelga decir que la historieta de Adán y Eva no es más que una explicación a posteriori de los distintos roles de los sexos, legitimándolos en un supuesto mandato divino.

Hay que tener en cuenta, como punto de partida, la misma visión de Pablo sobre el matrimonio, que él considera como un mal menor respecto al a perfección del celibato: “mejor es casarse que abrasarse” dice sin tapujos en I Cor 8,9. La mujer sería entonces un “remedio del hombre”, y como tal, debe asumir su inferior condición: “la cabeza de la mujer es el varón” (11,3). O: “Pues un hombre… es la imagen y gloria de Dios: pero la mujer es la gloria del hombre. Ni tampoco se creó el hombre para la mujer: sino la mujer para el hombre” (11,7-9).

En el mismo capítulo Pablo se esfuerza en explicar por qué es vergonzoso que un hombre rece en la iglesia con la cabeza cubierta, e igualmente vergonzoso que una mujer lo haga con la cabeza descubierta. Esto se relacionaba con el hecho de que Dios había dotado a las mujeres con un cabello largo y bello: “¿No es así que la naturaleza misma os dicta que no es decente que el hombre deje crecer su cabellera?” (11,14). Lo que son las cosas: el mismo Jesús acabaría siendo representado en el arte cristiano con el cabello largo.

Todavía en el bachillerato, como justificación de la costumbre de la mantilla entre las mujeres, me enseñaban que “la cabeza descubierta es el hombre símbolo de sumisión, y al contrario en la mujer”; de hecho esta costumbre la conservan los musulmanes. Entre nosotros, curiosamente, una vez desterrada la molesta prenda femenina, la costumbre ha derivado al hecho de que las señoras puedan permanecer cubiertas en actos que habitualmente exigen que el varón se descubra (en este terreno, el sexismo se ha invertido).

Sin duda la fórmula matrimonial aludida procede de la Epístola a los Efesios, donde el mismo Pablo afirma: “Las mujeres sométanse a sus propios maridos, como al Señor”. Pablo insiste una y otra vez en el mismo tema: “A la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en su casa” (I Tim 2,12); “Adán no fue engañado sino la mujer quien seducida, se hizo culpable de transgresión” (2,14).

Y no es sólo san Pablo: otros inciden en el mismo tema: “Asimismo, las mujeres estén sujetas a sus maridos, para que si algunos no se rinden a la palabra, sin palabra sean ganados por el comportamiento de sus mujeres” (I Pedro 3,1).

Sin embargo, Pablo reconoce una vía de sublimación femenina: “Será, empero, salva por ser madre” (I Tim 2,15). Esta actitud reverente hacia la maternidad, sentida por los primeros fieles, halló su consagración en el culto a la Virgen María, verdadero “dios femenino” del cristianismo, con una presencia y a menudo muy superior a la del mismo Cristo. Y es que la realidad sentida por el pueblo acaba imponiéndose, pese a los dogmas.

Lo escrito no es ninguna crítica hacia el cristianismo; sólo una puesta de las cosas en su sitio. En realidad, la sociedad de aquellos tiempos pensaba de una determinada manera, y los preceptos religiosos eran una ley más superpuesta a la sociedad, y la ley se basa en la costumbre. La mujer, tradicionalmente subordinada, ha sido “rescatada” de esa condición en los tiempos modernos lo mismo que otros grupos antes marginados, y hoy colabora, al lado y en la mismas condiciones que el hombre, en la construcción de nuestra sociedad. Lo que resulta absurdo es pretender, en aras de consagraciones de textos escritos hace dos mil años, negar la evidencia de que la sociedad ha evolucionado e ignorar las leyes que durante un tiempo la rigieron. Nada es peor que la ignorancia mantenida adrede.

 

                                                                                                 Josep M. Albaigès

                                                                                                 Salou, agosto 2003