JACOBO,
EL EXTRAÑO HERMANO DE JESÚS
Hace un par de años me ocupé del hallazgo de
una urna que posiblemente contuvo en su día los restos de Santiago o Jacobo, el
que en los Evangelios y en Los hechos de
los apóstoles es llamado repetidamente “el hermano de Jesús”. Por supuesto
que la autoridad eclesial “ortodoxa” sigue negando tal parentesco, y
periódicamente aparecen en la prensa bíblica especializada trabajos ya a favor,
ya en contra de la autenticidad de la urna. Tenemos polémica para años.
Concedamos que, pese a las afirmaciones antes
apuntadas, el contexto es generalmente vago y confuso, y cabe incluso en lo
posible que el título de “hermano” fuera una mera alusión elogiosa, pero la
evolución posterior del mito de la virginidad de María, que en los primeros
tiempos era perfectamente compatible con la existencia de hermanos menores de Jesús, acabó siendo totalmente
depurada, de forma que acabó extendiéndose no sólo a “antes del parto”, sino
también “en el parto” y “después del parto”. En todo caso, no me ocuparé hoy de
esta cuestión, totalmente secundaria, sino de otras muchas incógnitas que
suscita ese extraño personaje evangélico, mucho más interesantes
en el marco de la historia de la Iglesia primitiva.
El Evangelio cita hasta tres personajes con
el hombre de Jacobo: Jacobo el Mayor, hijo de Zebedeo, apóstol y hermano de
Juan (Mat 4,21; Mc 1,19; Lc 5,10); Jacobo el Menor, también apóstol e hijo de
Alfeo (Mat 10,3; Act 1,13) y Jacobo, el hermano del Señor (Mt 13,35; Mc 6,3;
Gal 1,18-19). Jesús tenía al menos otros tres hermanos: José, Simón y Judas (Mt
13,55) y varias hermanas. Los comentaristas católicos han pretendido a menudo
que los dos últimos Jacobos son uno solo, cosa no imposible, aunque esto
entraría en contradicción con otros episodios del Evangelio, como aquél en que
los propios hermanos de Jesús (entre los que naturalmente estaría Jacobo) le
rechazaban (Jn 7,5), actitud que, por lo visto, se invertiría posteriormente, aunque
un cambio tan radical también ha dado lugar a pensar que el título de “hermano
de Jesús” era simbólico, explicación de un tipo muy socorrido en la exégesis de
los textos cristianos, aunque oscurece más que aclarar, ya que deja en el aire multitud
de cosas, como si lo de “hijos del Zebedeo” es también un simbolismo, y, desde
luego, lo de que sea simbólica la virginidad de María.
No cabe duda de que Jacobo fue el jefe de esta
“Iglesia primitiva” de Jerusalén después de la muerte de Jesús, como se afirma
en la Epístola a los Gálatas, y esto plantea un primer hecho sorprendente: ¿cómo
a pesar de ese cargo tan elevado e histórico, parece como si los Hechos quisieran silenciar su persona
todo lo posible? De hecho, el verdadero protagonista del relato es Pablo, y
Jacobo sólo es nombrado de pasada y siempre en función de la figura del apóstol
de los gentiles; de hecho su personalidad y su biografía quedan como escondidas,
tal como si a Lucas, el autor del relato, le resultara incómoda su presencia.
El caso es que la cosa cambia si recurrimos a
otros textos de la “Iglesia primitiva”. En el llamado “Reconocimiento de
Clemente” (s III) se narra un interesante episodio: Jacobo está predicando en
el Templo cuando entra violentamente un “enemigo” con sus partidarios. Tras
mofarse de los oyentes, incita a todo el mundo al crimen con las palabras:
“¿Por qué? ¿Por qué vaciláis? Ay, perezosos e inactivos, ¿Por qué no les metemos
mano y los deshacemos a todos?”, tras lo cual toma una tea de madera y, ayudado
de sus partidarios, empieza un apaleamiento de los de Jacobo, a quien se acaba
dando por muerto. Pero no lo está; sus partidarios lo llevan a Jericó, donde
permanecen algún tiempo mientras el apóstol convalece de sus heridas.
El episodio nos recuerda otros de los mismos Hechos. En primer lugar, el
apedreamiento que Pablo sufre en Iconio (Act 14,19), tras el cual es igualmente dado por muerto. Y,
como otros han hecho notar, el ataque propinado a Esteban, el protomártir. No
nos sorprendamos de estas coincidencias: son moneda corriente en los relatos
bíblicos, donde multitud de historietas episódicas son adaptadas al cuerpo
principal.
¿Quién era ese “enemigo”? El mismo
“Reconocimiento de Clemente” lo cita como alguien a sueldo de Caifás, el sumo
sacerdote, enviado por él contra los cristianos. Esto habla claramente de una
oposición incluso sangrienta entre la casta sacerdotal “oficial” y el grupo que
representaba Jacobo, que llegaría incluso al intento (o la consecución, como
veremos) de la muerte de éste.
Pues hay más. Josefo, el historiador judío,
sitúa el final de Jacobo, por lapidación, en un instante que la crítica
histórica posterior ha establecido alrededor del año 62, sólo un poco antes de
la rebelión de los judíos (año 66) que acabaría con su diezmado y diáspora. Es posible
que la lapidación y el apaleamiento sean el mismo episodio, deformado al pasar
de una a otra boca. Curiosamente Eusebio, obispo de Cesárea, entonces capital
de Judea (s IV) alude a Jacobo como “el Justo”. ¿Por qué? Pues resulta que Isaías
había profetizado la muerte del “Justo”. Identificar éste con Jacobo era una
simple cuestión de arreglar el relato de los hechos para que se cumpliera la
profecía; esta técnica es familiar en múltiples episodios del Evangelio por
parte de Lucas (por ejemplo, por citar uno bien patente, el extraño
empadronamiento del cual nace Jesús en Belén, sólo para justificar la profecía
de que había nacido en esa localidad pese a ser nazareno).
Mas aún, Eusebio, citando al historiador
cristiano Hegesipo (cuyos escritos se han perdido) hace otras sorprendentes
afirmaciones sobre Jacobo, como que “sólo él tenía permitido entrar en el Lugar
Sagrado” [el sanctasanctórum del Templo], y “vestía ropa de lino”, o prendas
sacerdotales. Pero, ¿no era el jefe de la “Iglesia primitiva”, perseguida
encarnizadamente, como hemos visto, por Caifás? Nuestro desconcierto aumenta
ante el alud de datos contradictorios.
Y ahora, la guinda final. El ya citado
Josefo, hablando de Jacobo, dice que todo el “sitio de Jerusalén” (la
sublevación de Judea) era consecuencia directa de la muerte de Jacobo… “por la
única razón del malvado crimen del que había sido víctima”. Hemos señalado
antes la relación de fechas.
¿Qué podemos concluir de todo este
galimatías? Una interpretación sería que Santiago, reconocido jefe de la
“Iglesia primitiva”, capitanearía una facción de judíos “celosos de la Ley” (lo
que de paso, ha hecho relacionarlo con los puritanos esenios e incluso con los
manuscritos de Qumran), lo que lo situaría frente a Caifás y la casta
sacerdotal. En todo caso, estaría claro que Jacobo fue un personaje más
importante de lo que se ha querido admitir en los Hechos. La única explicación plausible de su silenciamiento es que
el papel de Pablo, llamado a crear la verdadera Iglesia, habría eclipsado el
del auténtico caudillo, Jacobo, como eclipsó antes el de Pedro. Las tensiones
de la Iglesia primitiva entre esos tres dirigentes acabaría con la victoria del
de Tarso, que habría impuesto finalmente sus tesis de la extensión de la
Iglesia ante todo el mundo, frente a las ideas provincianas de los apóstoles
citados pese a la ventaja inicial que les concedía el haber conocido a Jesús en
persona: habrían tenido que retirarse ante la “sangre nueva” inyectada por
Pablo en la naciente organización.
Nuestra admiración por Pablo de Tarso no
puede más que acrecentarse ante cada descubrimiento suscitado por el análisis
de su figura. Pero otro hecho relacionado con Jacobo prefigura una guerra de
puntos de vista que no estallará hasta un milenio y medio más tarde. Jacobo, en
su epístola, afirmó que Abraham era justificado por sus hechos (Jacobo 2,23-24),
mientras que Pablo sostenía (Rom 3,28) que el justo quedaba justificado por la
fe. La lucha sorda entre ambos puntos de vista perduraría muchos años, hasta
determinar la conocida secesión de Lutero en el siglo XVI.
JMAiO,
Torredembarra, ago 05