La Humanae vitae

 

Van a cumplirse pronto los cuarenta años de la emisión en 1968 de la encíclica Humanae vitae (De la vida humana) por Pablo VI. A estas alturas está tan olvidado el anacrónico (incluso en su día) documento, que costará trabajo, especialmente a las nuevas generaciones, comprender el revuelo que entonces suscitó.

Hagamos un poco de historia. En aquellos años el poder de la Iglesia como referente de las conciencias, e incluso de la actuación política en algunos países (entiéndase España) era inmensa. Incluso los agnósticos no podían dejar de tomar en consideración la doctrina del Vaticano, al menos como portadora de normas morales a las que se adaptaría la mayor parte de la sociedad.

La opinión de la Iglesia en cuestiones relativas al sexo había evolucionado, pero a una velocidad de caracol. En los años cuarenta la visión oficial era, referente al sexo dentro del matrimonio (fuera estaba simplemente “prohibido”, y sanseacabó), que éste sólo se "justificaba" como medio de propagar la vida, y cualquier otro uso de él era ilícito. He llegado a leer en un libro de moral de mi infancia que “cuando no y posibilidades de engendrar [por ejemplo, por estar la mujer ya embarazada] el acto sexual es pecaminoso”. Lo más que concedía el manual era que, dentro del matrimonio, el pecado correspondiente era “venial”, jerga con la que se indicaban los pecados que no merecían automáticamente el fuego eterno, sino que eran perdonables, eso sí, con unos cuantos años de fuego de purgatorio. ¿Y qué ocurría con los hijos? La versión también oficial era que “había que tener cuantos Dios quisiera mandar, y acogerlos con alegría”.

La verdad era que en los años 60 esta visión monolítica estaba siendo ya erosionada por la visión de los católicos “progres”, al punto de que se empezaba a sustituir el término “paternidad ilimitada” por el de “paternidad responsable”. No se trataba de tener cuantos hijos vinieran, sino los que se podían mantener y educar convenientemente, de acuerdo con la “capacidad paternal” de cada uno. Se trataba de una primera fisura en la rígida forma católica de entender la moral sexual.

Pero esto traía consecuentemente un nuevo tema: ¿Cómo controlar los hijos que se podían poder en el mundo? Aunque los sectores más rancios de la Iglesia opinaban —y siguen opinando— que la única solución era la abstinencia sexual, otros empezaban a hablar de otros métodos. Claro es que los “inhibitorios” como el preservativo, el DIU o el simple “apeo en marcha” u onanismo estaban radicalmente “prohibidos”, pero el doctor Ogino, estudiando los ciclos de fertilidad de la mujer, concluyó que el óvulo producido por ésta en cada ciclo menstrual en el día 14 aproximadamente del ciclo, tenía sólo una “vigencia fecundable” de unos pocos días, y que esto se correspondía con una leve subida de la temperatura vaginal, unas décimas de grado solamente. Este hecho fisiológico daba viabilidad a un método no infalible, ni siguiera seguro, pero también aproximado: abstenerse en esos días de la cópula. Claro es que casualmente, por disposición de la sabia naturaleza, ésos eran también los días en los que la mujer más apetecía el acto, pero como a fin de cuentas el placer tenía siempre un fondo pecaminoso, este detalle no importaba mucho a las jerarquías religiosas, que veían el método, si no con alegría, al menos con cierta tolerancia. No hablemos de otros procedimientos todavía más fantasmagóricos, como observar el moco vaginal y alguno más que no comento por delicadeza.

Claro que el método para controlar el ciclo de emisión de óvulos era un tanto molesto: la mujer tenía que tomarse cada día la temperatura uterina mediante un termómetro de precisión, que registrara décimas de grado, y estar alerta a permitir el acceso al varón en cuanto el peligro hubiera pasado.

También por aquellos años se había descubierto la píldora anticonceptiva, que en España era muy difícil de encontrar en las farmacias, y sólo era dispensada por prescripción médica. Ésta sólo teóricamente se emitía cuando un nuevo embarazo pudiera suponer un riesgo para la mujer; únicamente en tal caso el médico “accedía” a dispensar la receta (aunque, naturalmente, si mediaba amistad, podían hacerse “trampitas”).

A estas alturas, los nacidos después de esta época estarán con los ojos como platos leyendo esto. Pues eso no es nada. Una historieta vivida personalmente dará idea de la magnitud de la presión sobre las conciencias. Un amigo mío de confianza tenía que someterse a un análisis de semen, pues le preocupaba su capacidad paternal. Como dudara por el procedimiento de obtener la muestra de su líquido varonil, el médico le advirtió: “Tú verás. O te masturbas o tendré que pincharte un huevo”. Mi amigo se decidió por el camino más sencillo, pero, por ser amigo suyo, sé que los remordimientos le persiguieron un tiempo (el tiempo, supongo, de mandar al diablo tantas monsergas clericales).

Bien, sigamos. Vista la incomodidad (y poca eficacia, que no se recataban de comentar no sin satisfacción las propias instancias eclesiales), empezó una suave presión de los fieles católicos para que la Iglesia “permitiera” la píldora, que a fin de cuentas no destruía ningún embrión, sino que se limitaba a impedir la fecundación del óvulo. Pues la opinión de muchos teóricos religiosos era que el “alma” se crea, por sublime soplo divino, en el momento en que el espermatozoide y el óvulo entran en contacto.

En todo caso, el camino parecía pavimentado hacia una mayor comprensión de la componente sexual en la vida humana por parte de la Iglesia, y el papa, desde el mismo momento de su elección en 1963, empezó a considerar el tema. Durante aquellos años, el mundo clerical fue un excelente ejemplo de unanimidad y disciplina ante el Vaticano. Nadie se atrevía a emitir pronósticos sobre lo que decidiría el gran gurú católico. Trascendió que unos informes que había solicitado Pablo VI se decantaban por la “permisión” de la píldora, pero la decisión final, como en cualquier organismo funcionarial, correspondía al Sumo Pontífice.

Fueron años de polémicas, de presiones en todos sentidos. Y al fin llegó la decisión vaticana en forma de encíclica, la famosa Humane vitae. Los periódicos lo proclamaron en sus titulares: ¡No a la píldora! El papa decidió meterse en las alcobas matrimoniales “prohibiendo” este procedimiento de control de la natalidad. Como es habitual en la Iglesia, pronto los exegetas, hasta ahora tan silenciosos, empezaron con sus manifestaciones y demostraciones de que “la decisión no podía haber sido otra”, y como justificación “oficial” de la encíclica se sentenció que “siempre debía quedar el camino expedito para la fecundación”. Se reafirmaba que los métodos de control debían ser “naturales”. Si insertarse cada día el termometrito era “natural”, que baje el Dios católico y lo vea.

La encíclica tenía más apartados. Se reclamaba, por ejemplo, la colaboración de las autoridades públicas: “…no aceptéis que se introduzcan legalmente en la célula fundamental, que es la familia, prácticas contrarias a la ley natural y divina”. Esto es, para que mantuvieran la prohibición en algunos países (entre ellos, la franquista España) de vender en las farmacias la píldora.

¡Cuántos matrimonios perturbados, cuánto cisma íntimo en la fe! Siempre he pensado que el irreparable retroceso de la religión católica ha tenido uno de sus más firmes puntos de partida en esta bizarra decisión.

Claro que la milicia de a pie, entiéndase los curas, que tenían que bregar con la grey, pronto empezaron con sus exégesis particulares. Muchos católicos siempre han tenido la ventaja de conseguir liberar su conciencia gracias a ellos mediante la confesión o la simple consulta. No era raro, incluso frecuente, que un cura aconsejara a la atribulada feligresa apremiada por los accesos sexuales de su marido: “Bueno, hija, si esto puede perturbar el vínculo matrimonial, utilizad la píldora”. ¡Es decir, que el cura “concedía” permiso a un matrimonio para hacer uso de él! Claro, todo antes que perturbar el vínculo matrimonial, cosa sólo posible mediante unos estipendios a la Rota Romana.

“Hoy todo ha pasado, renacen la plantas”, como dice el tango. Los nuevos tiempos han arrinconado inmisericordemente el viejo documento vaticano, y nadie se acuerda de él. Los curas, temerosos de perder su parroquia y la crucecita en la declaración del IRPF, hacen la vista gorda ante la libertad sexual imperante, y estoy seguro de que muchos serán capaces incluso de negar esas verdades incómodas. Sean todos ellos reos de bellaquería.

Ante esos tremendos errores, ante esa miopía histórica, sorprende que todavía, a estas alturas, la Iglesia tenga el valor de opinar en materia de moral, al menos sexual. Y todavía esta actitud merecería un respeto si fuera capaz de mantener la doctrina: quien quiera que la tome, quien no, que la deje. Pero no, en cada momento se varía ésta camaleónicamente a tenor de las circunstancias: el mundo ya no dura 6000 años, se da “libertad” de pensamiento en lo relativo a la evolución de la especie humana…

Bueno, al menos, el retraso no es ya de siglos, sino sólo de unos decenios.

 

                                                                                  Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                  Barcelona, septiembre 2006