LOS HERMANOS DE JESÚS

 

Un reciente hallazgo arqueológico ha vuelto a poner de actualidad un tema que de vez en cuando asoma a las páginas de las revistas: los hermanos de Jesús. Se trata casi la primera evidencia extrabíblica de la real existencia del Salvador y otros personajes evangélicos.

La existencia de estos hermanos es tradicionalmente negada por la Iglesia Católica, pese a que los Evangelios hablan de ellos con la mayor naturalidad. Sin necesidad de acudir a los Evangelios apócrifos, se lee en Mc 3,31 y ss.:

 

Y vinieron su madre y sus hermanos, y, quedándose fuera, le mandaron recado llamándole. Y estaba sentada en torno de él la muchedumbre, y le dijeron: “Mira que tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y  te buscan”.

 

A mayor abundamiento, dice en Mc 6,2-3:

 

…y [los de su patria] decían; ¿De dónde a éste estas cosas? Y, ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y tales milagros, obrados por sus manos? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María y hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no hallan sus hermanas aquí entre nosotros?

 

Es evidente que estas frases se refieren a hermanos consanguíneos; en caso contrario, los redactores de los Evangelios lo habrían advertido sin duda. En todo caso, a la creencia en la concepción virginal de María le bastaba con suponer que era el primogénito, hecho en el que se insiste, por ejemplo, en Lc 2,7:

 

… y [María] dio a luz a su hijo primogénito.

 

La razón, si no se quiere buscar tres pies al gato, es bien sencilla: aun consagrada la doctrina de la virginidad de la Christotokos, la ‘madre de Cristo’, el hecho importaba más en cuanto a la concepción virginal en sí que por la persona de María. Pero el ascetismo de los ss. IV y V fue consagrando una creencia más enérgica: la virginidad de María devendría perpetua, y  la Christotokos se iría convirtiendo en un objeto de adoración por sí mismo, de modo que la tradición cristiana se fue desembarazando de los hermanos de Jesús. Están incluso clasificados los pasos sucesivos de esta evolución del dogma: la primera teoría, más “suave”, había sido la helvidiana (por su sustentador, Delvidio, en la época de san Jerónimo); se contentaba con sostener que los hermanos de Jesús eran hijos de José y María nacidos con posterioridad al Redentor. La epifánica (san Epifanio), ya proponía que los hermanos de Jesús procedían de un primer matrimonio de José. Y la más forzada, que es la oficial de la Iglesia hoy, es la jeronimiana (san Jerónimo), según la cual los hermanos y hermanas de Jesús serían sus primos y primas, hijos e hijas de un hermano de José, llamado Cleofás, y de una hermana de la Virgen,  llamada también María. Esto por no hablar de los negadores de evidencias más radicales, según los cuales los “hermanos” se referirían en realidad a la comunidad de fieles, inspirándose en Mt 28,10 (aunque aquí es evidente el sentido no literal de la frase):

 

Id a  anunciar a mis hermanos que se vayan a Galilea.

 

Si miramos las escrituras sin anteojos distorsionadores, es evidente la existencia de hermanos, más aún, de uno muy peculiar: Jacobo o Santiago, “el hermano de Jesús”, como es llamado repetidamente (Gál 1,19; Mc 6,3; Jn, 7,3-10), que fue designado cabeza de la jefatura de la Iglesia de Jerusalén tras la partida de Pedro (Gál 1,19; 2,9-12). Desde luego no debe ser confundido con Jacobo, el también apóstol hijo de Zebedeo (nuestro Santiago el Mayor), aunque persisten las dudas de si se trata del otro Jacobo apóstol (Santiago el Menor, hijo de Alfeo) o de un tercer Jacobo.

Bien, pues éste es el personaje que han puesto nuevamente de actualidad los recientes hallazgos arqueológicos. La ciudad de Silwan, situada al sur de Jerusalén, ha sido escenario del hallazgo de numerosas arcas de reliquias óseas, en la línea frecuente en en s I. Los subsuelos de las actuales casas han sido objeto, en las décadas recientes, de los expolios de ladrones de tumbas, que vendían el fruto de sus rapiñas (cacharros de loza, lámparas, osarios y otros objetos) a arqueólogos más o menos aficionados. El comprador de una de esas arcas, judío, la mantuvo en su poder más de veinte años sin percatarse del sentido de su inscripción hasta que invitó a André Lemaire, un famoso estudioso de textos antiguos, a que la examinara.

 

 

La urna, de un tamaño de 50×25×30 cm, adecuado para contener el hueso más largo del cuerpo, el fémur, estaba ya desprovista de los restos que en su día contuvo, y era como tantas habituales de la época, pero contenía una importante de inscripción: “Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús”. El propietario de la urna era consciente de ella, aunque nunca le había dado una importancia especial (“No sabía que Jesús tuviera hermanos”, declaró). Pero Lemaire la relacionó inmediatamente con los textos evangélicos e inició una investigación en toda regla sobre ella.

A primeros de noviembre de 2002, estudiada concienzudament la urna por un equipo de geólogos y arqueólogos a fin de evitar toda posibilidad de error o falsificación, se notificó el hallazgo en Washington por la prestigiosa Biblical Archaeology Review, y los periódicos de todo el mundo dieron cuenta del hallazgo. En particular, la revista Time (04.11.02) le dedicó un pormenorizado estudio.

Desde luego, el texto no es suficiente para aseverar ni que la urna sea genuina ni que el Jacobo al que se refiera sea el evangélico. Pero muchos factores juegan a favor de esa posibilidad.

En primer lugar, todos los expertos que la han examinado se han decantado por su autenticidad. Más aún, su fechado se mantiene, atendiendo a su estilo, entre los años 20 y 70, atendiendo al tipo de urna, usado en ese estrecho intervalo (el año aceptado del martirio de Jacobo es el 62). Lemaire, especialista en escritura aramea, pretende afinar más todavía, basándose en las características del estilo de escritura en cursiva, desarrollado sólo entre los años 25 y 100.

En todo caso, ¿cuántos Jacobo, hijos de un José y hermanos de un Jesús, habría en aquella época por la zona? Ciertamente, los tres eran nombres muy comunes en esa época, y Lemaire ha fijado sus porcentajes respectivos en el 14 %, el 9 % y el 2 %, respectivamente. Estimada la población de Jerusalén a lo largo de dos generaciones (80.000) y el número medio de hermanos que cada hombre podría tener, llega a la concusión de que “hubo probablemente unas 20 personas que podrán ser llamadas ‘Jacobo hijo de José hermano de Jesús’”.

A ello hay que añadir otros factores no numéricos: ¿ciertamente el mismo hecho de la existencia de la urna no demuestra la importancia del personaje enterrado? Las inscripciones en los osarios eran poco frecuente, y mucho menos un tal detalle en el parentesco del fallecido, que sugiere que el “Jesús” citado era alguien muy importante. Con todo ello, Lemaire sostiene que es “muy probable” que el personaje sea el evangélico, y extraoficialmente se atreve a dar a la probabilidad un valor del orden del 90 %.

Como era de esperar, otros investigadores no comparten el entusiasmo de Lemaire, aduciendo que los porcentajes de nombres citados por él son dudosos y en todo caso extrapolados, y especialmente en el hecho de no poderse garantizar la exacta procedencia de la urna.

En todo caso, lo malo es que los restos que una vez contuvo la urna han desaparecido (salvo algunos fragmentos, cuya autenticidad es también dudosa). Por ello algunos, que especulaban con la posibilidad de investigar el ADN del Salvador, han quedado decepcionados. Pues incluso esos escasos fragmentos pudieran haber pertenecido a otra persona: de hecho era frecuente la reutilización de tales urnas.

Habrá que estar atentos a lo que diga la prensa en los próximos meses: sea lo que sea, nuestro conocimiento de los hechos bíblicos aumentarán y se harán más fidedignos.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès

                                                                                     Barcelona, noviembre 2002

 

N. del A. Unos meses tras el suceso, diversas comisiones de estudios bíblicos declararon “insuficientes” las pruebas para concluir que el osario se refería a Jacobo, el hermano de Jesús. El tema permanece, que nosotros sepamos, en esa situación.