La fe, ¿medio de conocimiento?
Tradicionalmente se considera que las principales
vías para el conocimiento humano son dos: la evidencia científica y la fe. La
primera nos da conocimientos sobre nuestro mundo físico; los relacionados con nosotros
mismos y con el mundo espiritual en general quedan reservados a la segunda.
Esta dicotomía recuerda la antigua entre
mundo vegetal y animal, que, como todas las clasificaciones, pudo ser válida en
un estadio primitivo de los conocimientos, pero no resiste el embate de la
acumulación de los saberes, y debe ceder paso a otras visiones organizativas…
que pueden concluir que carece de interés práctico esa división a partir de los
niveles actuales de conocimientos. ¿Quién se acuerda hoy de la antigua
concepción química según la cual existían dos tipos distintos de organización
de la materia, la inanimada y la vital? La investigación acabó por concluir que
tal distinción no existía y la organización material en la naturaleza sólo era
de un tipo.
La fe, considerada en principio como “regalo
divino” por algunas religiones, ha ido quedando recluida, en virtud de los
conocimientos acumulados, a un “refugio” con el que se explican las cosas
inexplicables. Esto no reviste mayor gravedad en principio; a fin de cuentas,
también la ciencia reserva determinados terrenos para sus terrae incognitae; todavía en algunos mapas campea la etiqueta
“zona inexplorada” para determinadas zonas de la Tierra, pese a satélites y
GPS. ¿Acaso, por ejemplo, Dios o el alma no podrían ser considerados como una
hipótesis científica más, como lo fue en su día el éter, incompatible con la
evidencia sensorial para los sentidos pero útil como hipótesis para explicar
determinados fenómenos?
No es ocioso este ejemplo. El científico
también cree, y lo hace para explicarse
determinados fenómenos por vía racional. Es un hecho nocido de antiguo que por
el vacío circulan ondas electromagnéticas. En el saber físico del siglo XIX,
estas ondas necesitaban un medio en que propagarse. Conclusión: el “vacío” no
estaba tan vacío; y esta exigencia racional impelía a postular cosas no tan
racionales como medio para poder explicar su naturaleza: se suponía que el éter
era tan ligero que no lo captaban nuestros sentidos. Pero a la vez, las ondas
electromagnéticas son transversales, lo que exigía que el medio en que se
propagan tenga una alta rigidez, superior a la del acero. Luego el éter debería
tener esa rigidez. ¿No estamos con propiedades bastante contradictorias? ¡Sin
embargo, el hombre de ciencia del siglo XIX creía
en el éter! Bien entendido que aquí “ceer” significa “aceptar” en tanto no haya
algo mejor, sin dogmatismos. Sólo cuando nuevas hipótesis permitieron
prescindir de esa hipótesis, el científico la arrinconó, digamos que no sin
alivio.
¿Cuántas hipótesis en que el hombre de
ciencia cree hoy, pese a sus sentidos, serán abandonadas con el tiempo? Ahí
está la teoría de la relatividad, el espacio curvo, por ejemplo. Por tanto,
cuando el hombre religioso acusa al científico de que a fin de cuentas ambos
tienen fe en algo, no yerra. Éste es un argumento muy utilizado por los
teístas: todos creemos, podría ser su resumen, ¿acaso Dios o los ángeles no son
unas hipótesis más para explicar el universo? Incluso la nueva arremetida de
los fideístas anda por ese camino: el universo obedecería a un “diseño
inteligente”, como dicen ellos, no más rechazable en principio que el azar como
motor de la evolución.
Lo malo es la “fe negativa”, a la que se
recurre cuando un hecho choca contra los prejuicios (¡generalmente aportados
por la fe!). Es muy cómodo “no creer” en algo cuando nos molesta. Si uno es un
ferviente católico preferirá “no creer” en ciertos manejos atribuidos al
Vaticano; si es un buen comunista, “no creerá” en otras “falacias” atribuidas a
Stalin o al régimen comunista en general; si es militante de un determinado
partido, se negará a creer las acusaciones de corrupción, tiranía o cualquiera
otra que sobre él se ciernan. El “no creer” algo es un recurso tan cómodo como
socorrido cuando algo nos molesta, cuando sospechamos que, de creerlo,
deberíamos someter a revisión nuestros postulados más fundamentales. Un
ferviente creyente en la causa palestina preferirá “no creer” que Yasser Arafat
fuera en su día un terrorista, un católico convencido preferirá “no creer” que
Pío XII tuviera connivencias nazis, un simpatizante en la República “considerará
como leyenda” que La Pasionaria amenazara de muerte a Calvo Sotelo unos días
antes del asesinato de éste. Todas estas “creencias negativas” las hemos
comprobado en personas por otra parte muy razonables en la vida corriente
diaria.
Todavía peores son los aspectos negativos a
los que puede arrastrar la fe; enumerándolos alcanzaríamos regiones alarmantes
del comportamiento humano. A fin de cuentas, el primer acto de fe es suponer
que ésta tiene acceso a verdades no accesibles por la razón: todo
adoctrinamiento fideísta toma como piedra angular este axioma. Y así la fe
impele a hacer cosas que el sentido común rechazaría. Por fe, confiados en una
vida posterior, se aceptan cosas contrarias a nuestra evidencia (credo quia absurdum, decían los
escolásticos), y, embarcados en esta autonegación de la racionalidad, por fe se
mata, se depreda, se adoptan actitudes irracionales contrarias al progreso, al
amor y aun a la conservación de la dignidad propia y la ajena. No hace falta
insistir más en el tema en nuestros tiempos actuales, presididos por el
terrorismo.
¿Cuál es mi conclusión? La fe debería ser
eliminada de una vez, deberíamos ser capaces de asumir los lados desagradables
de la existencia, el peor de los cuales es el vacío después de la muerte. Por
duro que parezca el decirlo.
Desde luego, muchas personas exclamarán que
sin fe no se puede vivir, que la esperanza en un más allá o en una justicia
superior es lo que da sentido a la vida, etc. Acogiéndose al recurso
espiritualista, considerarán que una existencia sin fe no tiene sentido. Pero,
vamos a ver, ¿hubieran considerado que la vida tenía sentido sin el recurso a
los tesoros de la honra o de la segregación clasista nuestros hombres del Siglo
de Oro? El recurso al “sentido de la vida”, ¿no es un prejuicio irracional más
con que apuntalar una creencia indemostrable, una “racionalización de lo
irracional”, en suma?
El abandono de las propias fuerzas de la
Razón a favor de la fe supone una claudicación vergonzosa en nuestra propia
capacidad, una regresión a la edad infantil, un reconocimiento de nuestra
incapacidad para valernos y la entrega a otras fuerzas más poderosas de tipo
personal, en cuyos brazos nos lanzamos confiando en su bondad natural, en que
pensarán en la más favorable para nosotros. No nos engañemos: se trata de una
actitud pueril, poco responsable, incluso sospechosa de cobardía, un
reconocimiento de nuestra incapacidad para hacer frente a los problemas
vitales. Esto no sería tan malo: lo peor es la renuncia a seguir intentando buscar
la verdad.
JMAiO,
Torredembarra, jun 07