DOS
PROBLEMAS INTRIGANTES Y UNA RESPUESTA
Las cuestiones que plantea Marcel Mañé en
Omnia-103 (“Si Dios es bueno, ¿Por qué permite las desgracias naturales, por
qué permite la existencia de los malvados?”) se reducen a una sola
de un carácter más general, clásica en la religión: Si Dios es bueno y
todopoderoso, ¿por qué permite la existencia del mal?
Una gran parte de la actividad doctrinal religiosa
consiste en cuadrar estos círculos. Desde el principio de los tiempos las
religiones han lidiado con el problema de compaginar principios teóricos con
las contradicciones que la práctica diaria ofrece a su comprobación. Si alguien
postulara que el Sol está más cerca que la Luna, ¿no se vería obligado a crear complicadas
teorías laterales para contrarrestar la evidencia de los eclipses? Así ocurre
con las cualidades atribuidas a la divinidad. Limitándonos al Dios cristiano,
si éste conoce el futuro, ¿cómo puede hablarse de libertad?; si es bueno, ¿cómo
castiga tan desproporcionadamente a los malos con penas eternas?; si está ahí,
¿cómo no da muestras de su existencia?; etc., etc.
Vayamos a los fundamentos: lo primero, habría
que preguntarse de dónde sale eso de que Dios sea “muy bueno”. Éste es un
postulado de partida introducido por algunas religiones, entre ellas la
cristiana. Ésta define un Dios que, venciendo el despotismo del Jehová del
Antiguo Testamento, no solamente no castiga terriblemente el menor pecado, sino
que se interesa por el hombre; más aún, lo
ama. El viejo Dios es antropomorfo, entendida esta palabra no el sentido de
que tenga una estructura biológica como nosotros, sino en que está poseído por
sentimientos, pasiones, temores y odios, en los cuales desea ser servido por el
hombre (Voltaire dijo con su habitual ironía que “si
Dios creó el hombre a su imagen y semejanza, el hombre ha correspondido
largamente”).
En efecto: consecuentemente con su condición
“humana”, el viejo Dios bíblico está muy celoso de que el hombre, Su criatura,
cumpla con Sus Leyes, y castiga terriblemente la menor transgresión comportándose
a menudo más como un psicópata sediento de sangre que como un ser benefactor. En
las versiones actuales algo edulcoradas de la Biblia se omiten hechos como que
Dios castiga a toda la humanidad con
un Diluvio, o que juega con los sentimientos de Abraham ordenándole sacrificar
a su hijo Isaac: menos mal que en el último momento le “dispensa”, pero no hace
lo mismo con Jefté, quien había jurado, un tanto
precipitadamente, que si vencía a los ammonitas
sacrificaría al primero que saliera de su casa para darle la bienvenida a su
regreso (I Jue 11,31). Resultó que fue su única hija,
quien, sostenida por su gran “fe”, colaboró con el demente juez guerrero
(11,39).
Hay muchas más crueldades de Jehová en el
Antiguo Testamento: cuando los sobrinos de Moisés, Elazar
e Itamar, no mezclan correctamente el incienso que
había que quemar en una ofrenda, Jehová manda una llama que los “devora” (Lev
10,2). Ordena a Moisés que haga lapidar a los blasfemos (Lev 24,16). Cuando los
israelitas se quejan de que Jehová hiciera que la tierra se tragara 250
desobedientes, éste les manda una plaga que mata 14.700 personas (Num 16,49). Cuando los israelitas se niegan a tomar el maná
les manda “serpientes abrasadoras” que les muerden y causan gran mortandad (Num 21,6). Otra plaga, enviada en castigo de que un
israelita lleva a su tienda a una mujer madianita, ocasiona 24.000 víctimas (Num 25,11). En fin, en Num 31 se
narra que tras acabar con todos los madianitas varones, Moisés ordena que se
mate a todas las mujeres que no fueran vírgenes y a los niños varones, y
reparte las 32.000 vírgenes restantes como botín entre sus soldados.
Como hemos adelantado, la religión cristiana
introduce en el Dios veterotestamentario abundantes
mejoras. Venciendo el despotismo del Jehová del Antiguo Testamento, el Dios del
Nuevo sigue castigando el pecado con las penas del Infierno (según los exegetas
cristianos, eternas) pero en contrapartida no exige sólo adoración: él mismo
vuelve sus ojos amorosos hacia el hombre. Y aún hace más: está atento a nuestro
destino, aunque sea para premiarnos o castigarnos y se interesa por nosotros, cuida de nosotros, es un Dios providente.
Aquí entramos en esas comentadas contradicciones.
Este postulado añadido de la providencia divina está claramente inspirado por
el funcionamiento de la Naturaleza, que se ve ingenuamente como puesta para
servirnos. Y en efecto, a una primera vista, el sol sale y se pone
puntualmente, las cosechas crecen, los niños nacen. Pero, en un análisis más
atento, vemos también que los insectos pican, en invierno hace frío, las pestes
nos castigan, y, ¡oh, incómodo misterio!, morimos.
Todo ocurre como si en realidad fuéramos indiferentes a la Naturaleza,
limitándonos a aprovecharnos de los factores de ésta que nos son favorables (si
no hubiera ni uno solo, ya no existiríamos).
De hecho, muchas religiones se limitan a
considerar a Dios en la lejanía, indiferente a nuestro destino, como lo somos
nosotros al de la hormiga que pisamos sin darnos cuenta siquiera. Esas
religiones ven lógico que, introducidas por Dios las leyes físicas, se
desinterese a partir de ellas por nosotros, como un padre que emancipa a su
hijo, alegrándose de la libertad que éste adquiere. La deidad es distante para
muchos de sus devotos: para los hindúes, Brahma es neti neti (‘no
esto no aquello’), Schopenhauer la ve como algo casi
indistinguible de la nada a efectos de nuestro conocimiento, y Herbert Spencer lo llamaba el Incognoscible.
El audaz paso del cristianismo hacia el Dios
providente suscita no pocas dificultades, y, para parchearlas, continuamente
hay que estar invocando, sea a nuestra propia debilidad intelectual (nos
parecen desgracias, pero, con arreglo a un plan superior, no lo son), sea a la
remisión a la otra vida (al final, los malos serán castigados y los buenos
premiados). En último extremo, una explicación también muy socorrida es que las
desgracias son castigos (¡ya en este mundo!) por nuestros pecados, y cuando
éstos no existen, puede echarse mano, en religiones metempsicóticas,
a los cometidos en una reencarnación anterior. De hecho, el pecado original
viene a ser una adaptación de estas doctrinas orientales al cristianismo.
Pero esas explicaciones no consiguen disipar
importantes dudas: ¿Cómo justificar el sufrimiento de un niño? ¿O el de toda
una comunidad, en la que es imposible que no haya justos (hasta el severo Dios
de Abraham estaba dispuesto a perdonar Sodoma y Gomorra con que hubiera un justo en ellas)? ¿Habían pecado
tan terriblemente todos los habitantes
de Hiroshima y Nagasaki?
Y aquí se llega al máximo grado de autohumillación intelectual: suponer que “existen razones
que sólo Dios sabe” y renunciar humildemente a penetrar en ellas. En fin, a la
negación de la propia dignidad del hombre, cuya manifestación extrema es el derecho
a pensar por su cuenta.
La servidumbre absoluta a la letra escrita
acarrea a menudo fuertes inconvenientes. Galileo fue condenado por sostener
algo que se oponía a lo que la Iglesia, intérprete oficial de las Escrituras,
sostenía que éstas decían. Muchas mujeres, aun en tiempos recientes, se negaron a aceptar en su parto los auxilios
de la Ciencia porque interpretaron que había que cumplir el mandamiento de
parir a los hijos con dolor (Gen 3,16). Por cierto que en el mismo versículo se
afirma el derecho del varón a dominar sobre la mujer. Hoy ni los más reaccionarios
se atreven a sostener estas literalidades.
La pregunta fundamental de la filosofía
moderna es: ¿Cómo, con un Dios bueno, se explica el mal? Algunas religiones
antiguas (el mazdeísmo) vieron el desarrollo del Universo como una lucha entre
ambos principios, pero el cristianismo optó decididamente por rebajar la
“categoría” del diablo, viendo el mal como algo incómodo, pero sujeto al
control de Dios. Con lo que surgen nuevos problemas.
La Religión ha tratado de dar muchas
respuestas al problema de la existencia del mal en el mundo. Desde negar que
existe hasta suponer que es en realidad un “bien” que nosotros no sabemos
apreciar. Una de las más ingeniosas es suponer que un universo lógicamente
dispuesto debe contener mal para hacer posible el bien, como el día debe
contener la noche, sin que al mismo Dios le sea factible evitarlo, como no
puede hacer que dos y dos sumen cinco. Otra de ellas lo explica como contrapartida al bien a través del cual
nos justificamos. Como dice el religioso Miquel Estradé
en El mal, problema i misteri,
“¡Si Dios no existe, el sufrimiento se pierde!” En el fondo, esto es apelar, de
un modo algo más sofisticado, a ese equilibrio final en manos de Dios, ese
Cielo para los buenos, ese “final de la jornada” de santa Teresa. En
definitiva, todo queda en manos de la esperanza,
esa suprema virtud religiosa: ¿Sabe el invierno que con su sufrimiento está
haciendo posible la próxima primavera? Sólo esa virtud, la esperanza, podría
impulsarle a que, pese a todo, continuara adelante con el frío y la oscuridad.
En mi opinión, tales contradicciones son el
resultado de mantener a machamartillo una hipótesis insostenible, la del dios
providente. Las explicaciones para mantener esta hipótesis obligan a tal
cantidad de subhipótesis complementarias, que se
acaba en un caos de complicación del Universo, y, lo que es peor, obligan a
negarnos intelectualmente, a prescindir de nuestra capacidad de razonar. Si ese
Dios es tan bueno, ¿consentiría en situarnos en una posición en la que
tuviéramos que renunciar a las capacidades que nos confirió para respetar unas
escrituras hechas por pastores que se pretende que sigan siendo válidas (si
alguna vez lo fueron) en la era atómica? Si nos ha dado dos brazos, ¿nos mandaría
tener perpetuamente las manos en los bolsillos? Dios crea un código moral, el
Decálogo (en realidad habría que hablar del Hexadecálogo,
pero dejemos el tema para otro día), pero la solución es mucho más sencilla:
crea en Dios quien quiera, pero no se conforme con el Dios que nos han servido
siglos de ignorancia clerical. No olvidemos que ya en el siglo XVI se operó la
mayor revolución de la humanidad para tener derecho a pensar como se quisiera y
liberarse de la más absurda de las prohibiciones la del pensamiento libre. Como
mensistas, estamos moralmente obligados a ejercer ese derecho tan arduamente ganado
a través de una revolución, la protestante.
Josep
M. Albaigès
Salou, agosto 2003