El cuarto evangelio en relación con los sinópticos

 

El Evangelio según san Juan es algo radicalmente distinto de sus tres compañeros, los sinópticos. Tradicionalmente es atribuido al “discípulo amado” de Jesús, redactado tras su destierro en Patmos, siendo de avanzada edad (unos noventa años). Se caracteriza por su alto grado de simbolismo, que lo hace muy difícil de entender en ocasiones.

Uno de los mayores problemas que presenta un análisis racional de los evangelios si se los quiere considerar como material histórico es la profusión de detalles infantiles, incongruentes con la divinidad de Jesús, fruto de sucesivas adiciones incontroladas por sus copistas. Esto obligó a rechazar la mayoría de ellos (los “apócrifos”) en el canon, aunque sin prohibirlos ni considerarlos falsos, sino fuente informativa, que con todo no formaba parte de la doctrina oficial de la iglesia.

Las contradicciones con los otros evangelios son tantas, que se dudó mucho tiempo si incluirlo en el canon evangélico. Fue la férrea insistencia y amenaza de secesión de algunas iglesias orientales lo que indujo finalmente a aceptarlo dentro del grupo de los cuatro, pese a que la visión que nos presenta de Jesús es mucho más apocalíptica (no cesan en el Evangelio las invectivas y amenazas contra los rivales religiosos) y a las contradicciones y aportaciones que los otros tres no habían tenido en cuenta. Esto sólo demuestra que en todo caso, de proceder como los demás del Urmarcus y de Q, la divergencia se originó ya muy tempranamente y prosiguió con el aislamiento que daba el país.

Para empezar, Juan inserta el conocido poema “En el principio era el Verbo”, tan conocido y repetido. Sirve de introducción a la aparición de Juan el Bautista, cuya exposición sigue el esquema de los otros evangelistas: Juan, sin duda una figura famosa en su tiempo, bautiza, pero se deja clara su subordinación a Jesús, de quien se anuncia como mero “Precursor”.

Hay algunos detalles que se repiten obsesivamente: el escándalo de los fariseos ante los milagros de Jesús, especialmente los hechos en sábado, los sermones apocalípticos y misteriosos de Jesús y en general un cierto tono de misterio y esoterismo.

Con todo, precisamente por su originalidad el Evangelio de Juan proporciona numerosas informaciones complementarias. En Jn 2,19 Jesús dice: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré”; este episodio no es referido por los demás evangelistas, aunque sí lo citan como una de las acusaciones contra Jesús.

Se ha fijado la edad del Salvador al morir en 33 años atendiendo a las tres Pascuas que narra Jn. Sin embargo se olvida el desorden en que se mueven los respectivos relatos de ellas. Así por ejemplo, en Jn 2,13-22, narrado al principio, aparece la expulsión de los mercaderes del templo, que los otros evangelistas colocan ya cercana la Pasión. También al principio, en concordancia con los sinópticos, aparecen los primeros discípulos, sólo identificados fragmentariamente, y Jesús, nada más conocer a Simón, le nombra jefe de su Iglesia (Jn 2,42), lo que se contradice con Mt (16,13-23), donde este nombramiento es precedido de la conocida pregunta: “¿Quién decís vosotros que soy?”. Poco después encuentra a Felipe y Natanael, que los comentaristas cristianos se ven obligados a identificar con Bartolomé (Jn 2,45).

Jn nombra explícitamente y por separado al Espíritu Santo, que parecía significar más bien una mención indirecta de Dios, pues instituyó al “Espíritu de Yahvé”, nombre impronunciable por respeto. Sin embargo, en Jn 14,26 y en 15,26 se habla del Paráclito como una entidad independiente del Padre… del cual procede, aunque no dice que proceda del Hijo. Esto daría lugar a innumerables polémicas entre los exegetas posteriores.

Jn 2,1-11 es el único que narra las bodas de Caná. Episodio siempre controvertido, que parece sacado de alguno de los apócrifos, pues no se avenía con el carácter de Jesús recurrir a su capacidad milagrera para una cosa tan frívola como colmar la escasez de vino.

Después, en 3,1-21 habla crípticamente a Nicodemo, y seguidamente se intercala un nuevo discurso de Juan el Bautista (3,22-36). Luego aparece el episodio de la samaritana (4,4-42); Jn es el único en narrarlo.

Numerosos episodios parecen variantes de otros narrados por los otros evangelistas. Así, en 4,46-54 Jesús sana al hijo de un oficial real; el episodio parece el del centurión, deformado. Poco después (5,1-18), sana al paralítico en la piscina. Es posible que éste sea el mismo que el del también paralítico que descendieron por el tejado en otros evangelistas; en todo caso se repiten los reproches por curar en sábado, presentes en tantas curaciones.

Jn recoge también el episodio de Jesús andando sobre las aguas (6,16-21), aunque no el hundimiento de Pedro.

En el sermón eucarístico se registra otro doblete. Dice Jesús (6,35): “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no padecerá hambre, y el que cree en mí no padecerá sed jamás”. Es obvio el parecido con el famoso 11,25; “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que vive y cree en mí no morirá jamás”, tan utilizado en epitafios.

También hay en el Evangelio probables intercalaciones. El episodio de la mujer adúltera, con Jesús escribiendo sobre la arena (8,1-11) ha sido uno de los más discutidos, pues no figuraba en algunas versiones del evangelio. Suele tomarse como una interpolación posterior a la primera redacción.

La pesca milagrosa está al final, en 21,1-14, pero allí se añade un detalle, muy a tono con la afición simbólica de Jn: detallar que el número de peces pescados fue 153. Todavía hoy se discute sobre el carácter se ese número, evidentemente simbólico (153 = 1+ 2 + 3 +… + 17).

En cuanto al de la curación del ciego (9,1-41) es similar a otros, pero aporta algo original; el escupitajo de Jesús, la formación del lodo y el unto con él de los ojos del ciego. Sin duda es un adorno posterior, un resabio de los antiguos encantos de magos. Como tantas veces, especialmente en Jn, allí Jesús es criticado por curar en sábado.

Al llegar a 12,1-11 aparece una gran confusión. Es María, la amiga de Betania, quien unge a Jesús en presencia de sus hermanos Marta y el resucitado Lázaro, y no la prostituta, como narran los otros evangelistas. Esto ha dado lugar a que muchos identifiquen a María, hermana hacendosa, con la pecadora Magdalena, hecho extremadamente forzado.

En la entrada a Jerusalén, Jesús monta en un “asnillo”; nuevamente se contradice con los otros evangelistas. Jn lo refiere, incorrectamente, a Zac 9,9.

Entrando en la noche de la Pasión, en 13,5 aparece otro episodio inédito: lava los pies a sus discípulos. A las idas y venidas en esa noche, Jn añade una más: a Anás, el suegro de Caifás, “que era pontífice aquel año”. De allí pasa a Caifás. Por cierto, que Jn llama a ambos, Anás y Caifás, pontífices. Ante Pilato parece comparecer dos y hasta tres veces —no está del todo claro el pasaje— pero sin otra presencia ante Caifás. En todo caso, Jn insiste más que nadie en los deseos de Pilato de liberarle. Por cierto, en Lc 23,8-12 se añade un elemento más a la salsa de idas y venidas haciéndole comparecer nada menos que ante el rey Herodes.

Al hablar de las Marías junto a la Cruz, vuelve a no estar claro quién era cada cual. De hecho hay cuatro Marías: la madre de Jesús, la madre de Santiago (María de Cleofás), María de Betania y María Magdalena, la pecadora. Se ha intentado, disparatadamente, hacer que María de Betania y María Magdalena fueran una misma persona, pero no hay duda de que es la Magdalena la que acompañó a Jesús en la Cruz y visitó su sepulcro. Otra contradicción: según Mt y Mc Jesús muere en viernes, pero según Jn es en jueves.

Jn se extiende en bastantes detalles sobre la Pasión: así da con gran detalle las palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz. También narra diversos detalles relativos a la resurrección de Jesús, en particular el episodio de Tomás el incrédulo (Jn 14,5; Jn 20,24-29).

¿Qué sacamos en conjunto de todo este alud de dispersiones y contradicciones? Que todavía está por hacer un análisis desapasionado de una serie de episodios que la tradición ha bifurcado o deformado, situándolos en su verdadero contexto. Sólo con un análisis serio y valiente, que deberían realizar las autoridades católicas, se evitaría el desorden narrativo de ese Evangelio, eternamente usado para desacreditarlo.

 

                                                                                                JMAiO, BCN, feb 08