¿PERO CUÁNTOS MANDAMIENTOS HAY?

 

Se dice en Ex 20, 1:

 

“Entonces habló Dios, pronunciando todas estas palabras:

Yo soy Yahveh, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de esclavitud.”

 

Y a continuación pronuncia estos preceptos:

 

 

·        No tendrás otro dios frente a mí. No te fabricarás escultura ni  imagen alguna de lo que existe arriban en el cielo, o abajo en la tierra, o por bajo de la tierra en las aguas. No te postrarás ante ellas ni las servirás...

·        No profieras en vano el nombre de Yahveh, tu Dios...

·        Recuerda el día del sábado para santificarlo...

·        Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, va a darte.

·        No matarás.

·        No adulterarás.

·        No hurtarás.

·        No atestiguarás en falso contra tu prójimo.

·        No apetecerás la casa de tu prójimo; no codiciarás su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su toro, ni su asno, ni nada de lo que pertenece a tu prójimo.

 

En Dt 5, 6-21 se repitee este texto casi literalmente (el último precepto contiene una precisión más: “ni su campo”). Si contamos “estas palabras” veremos que en ellas hay nueve mandamientos. Claro que eso depende de criterios, pues el primero podría escindirse en dos y hasta tres, y el último en siete (ocho según el Deuteronomio). Conque el número total de preceptos podría elevarse hasta ¡dieciocho!

Si  embargo, “estas palabras” son llamadas en Ex 34, 28 “los diez mandamientos” y en Dt 4,13  y en Dt 10,4, “las diez palabras”. En la traducción griega de los Setenta pasaron a ser “el Decálogo” (deka-logos, “las diez leyes”).

Ahí tenemos una de las muchas incongruencias de la Biblia. Pero ésta no es baladí, pues se refiere nada menos que a la ley básica de los judíos, la “alianza” pactada entre este pueblo y su Dios, que según el Éxodo fue escrita por el mismo Moisés, y según el Deuteronomio fueron entregadas a éste escritas en tablas de piedra, dos en ambos casos. Ni que decir tiene que una de las primeras tareas de los exégetas fue conciliar esta contradicción.

Empezando con los judíos, Filón y Flavio Josefo escindieron el primer precepto en dos, considerando la prohibición de las imágenes como el segundo, y el relativo a la codicia como el décimo. En esto fueron seguidos, ya surgido el cristianismo, por los padres preagustinianos (Gregorio Nacianceno, Jerónimo y otros), y es hoy común en la iglesia griega e incluso los calvinistas. Corresponde mejor con la mentalidad israelita, tan preocupada por los temas idolátricos, y encajan mejor con la división en dos tablas, la primera de las cuales contendría los cinco primeros mandamientos, referidos a la reverencia debida a Dios y a los progenitores, y los cinco restantes a las relaciones con el prójimo.

Sin embargo, Orígenes (ss II-III) adoptó otro criterio, reuniendo en un primer mandamiento las prohibiciones de idolatría y el culto a las imágenes y dividió en dos el último, reservando un mandamiento para la mujer (al fin y al cabo era una forma de conferirle una mayor “dignidad”) y otro para el resto de los bienes. En esto fue seguido por Clemente de Alejandría y Agustín, habiendo llegado a ser común en la iglesia latina y los luteranos. Con un ligero cambio de criterio, la división de los mandamientos en dos grupos comprendía tres y siete de ellos, pasando el relativo al respeto a los padres al segundo grupo.

Pero el tiempo fue introduciendo nuevos retoques, no en el número pero sí en la redacción. Cuando yo iba al catecismo, se estudiaban de esta forma edulcorada:

 

Yo soy el Señor Dios tuyo.

1.      No tendrás otro Dios más que a Mí.

2.      No tomarás el santo nombre de Dios en vano.

3.      Acuérdate de santificar las fiestas.

4.      Honrarás al padre y a la madre.

5.      No matarás.

6.      No cometerás acciones impuras.

7.      No hurtarás.

8.      No levantarás falsos testimonios ni mentirás.

9.      No desearás la mujer de tu prójimo.

10.  No codiciarás los bienes ajenos.

 

Y se añadía: “Estos diez mandamientos se encierran en dos, esto es: Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo por amor de Dios. Amén.”

 

Es interesante comparar la versión original de la Biblia con la del catecismo, que no llegábamos a entender siempre. Para empezar, ese frontispicio “Yo soy el Señor Dios tuyo”, residuo de la redacción mosaica, no era propiamente un mandamiento, pero se incluía en el recitado sin saber por qué. En cuanto al segundo, resultaba un tanto desconcertante para nuestras mentes infantiles “gastar” todo un mandamiento en una cosa tan baladí como jurar, cuando algo de mayor enjundia como era “matar” ocupaba el mismo espacio.

El sexto, eterno punto misterioso, suavizaba la redacción para adultos, “No fornicarás”, que de todos modos era un endurecimiento del Decálogo de la Biblia, pues en éste se especifica “No adulterar”, mientras que la “fornicación” fue una figura propiciada por el cristianismo, que incluía las relaciones prematrimoniales, no prohibidas, como vemos, en el primitivo redactado. Lo malo era que a fuerza de suavizarlo llegaba a hacerse incomprensible, ya que lo de las “acciones impuras”, no entraba en nuestras mentes. Por suerte, en un libro de comentarios catequísticos que leí para curar mis dudas se aclaraba: “Estos pecados no te corresponden a ti; llegará un día en que algún compañero te enseñará pecados nuevos que no conocías”. Sin comentarios.

En fin, ¿qué decir del noveno? Nadie tenía ni idea de qué cosa era “desear la mujer del prójimo”, y en todo caso ello parecía indicar que los varones estábamos más castigados que las mujeres, pues teníamos diez mandamientos a cumplir, y ellas, según parece, sólo nueve. Misterios de la religiosidad franquista.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès

                                                                                              Barcelona, septiembre 2000