¿Cuándo la persona empieza a ser persona?

 

La definición clásica de persona había sido siempre “sustancia individua de naturaleza racional”, lo que, en la complicada mitología cristiana del Medievo, hacía que el hombre tuviera que compartir el “personalismo” con otros seres, como Dios, los ángeles o los demonios (que en definitiva son una clase más de ángeles, al punto que muchos roles confunden unos y otros). Pero todos ellos, salvo Dios, son seres “creados”, es decir, que pasaron de una situación temporal de no existencia a la de existencia. De ella se pasa de nuevo, según las evidencias sensoriales, a la de no existencia, pero esto es rechazado por el cristianismo, que elabora la teoría del alma y dota de inmortalidad a los mismos ángeles, aunque al precio de demonizar a algunos.

 

Que el cuerpo es creado y cómo es algo bastante claro (aunque los de mi generación debíamos esperar casi a la pubertad para saberlo). Pero, en aras de esa inmortalidad, y visto que el cuerpo se descompone, había que postular algo incorruptible. La solución fue el alma, ente inspirado en la filosofía clásica, especialmente la platónica, para la que las formas visibles no eran más que un pálido (incluso grosero) reflejo de un mundo superior, el de las ideas (recuérdese el mito de la caverna).

 

Ya tenemos pues un alma inmortal. Pero también ésta deberá ser creada. La pregunta es: ¿Cuándo? Aunque Orígenes consideraba que Dios creó desde el principio las almas humanas, que permanecían así en algún “almacén” hasta el momento de ser asignadas a alguien, la doctrina tradicional es que el alma nace con el cuerpo, ateniéndose a la transparente definición del Génesis 2,7: “Entonces Yahvé formó el hombre de arcilla, e insuflando en sus narices el aliento de la vida, fue el hombre ser viviente”. Aun hoy, la defensa de la integridad del nasciturus y condena absoluta del aborto lleva a la Iglesia a defender que el alma es “inyectada” en el embrión desde el primer momento, lo que se corresponde muy bien con la explicación bíblica del “soplo divino” infundido por Yahvé a Adán, hecho de arcilla (materia hasta aquel momento inerte). Algunos llegan a sostener que el alma aparece en el momento en que el espermatozoide entra en contracto con el óvulo, lo que ya es afinar.

 

¿Es una creación reciente esta teoría? Ciertamente no, pero tampoco es la única dentro del cristianismo, que ha mantenido sobre este punto a lo largo de los siglos una actitud algo ambivalente, llena de avances y retrocesos. Para empezar, santo Tomás distinguía entre el alma vegetativa (propia de los vegetales), la sensitiva (animales) y la racional (humana). Las dos primeras se extinguían con la muerte, no así el alma racional, que incluso era capaz de llevar “infecciones” al ser asignada a un cuerpo (el pecado original, otro tema abstruso donde los haya).

 

En todo caso, una definición tan elegante no dejaba de presentar problemas: ¿qué ocurre con un retrasado mental? ¿Y con un feto? Éste es también incapaz de razonar, pero tiene el razonamiento en potencia; por ello el mismo santo Tomás opinaba que el alma se adquiría gradualmente (Summa Theologica, I, 76,2 y I, 118,2), y partiendo del alma únicamente sensitiva del embrión se llegaba a la racional de un cuerpo ya formado… que, como lógica consecuencia, no llegarán a tener los niños mongólicos… al menos según su grado de mongolismo (¡otro problema no fácil!). En la interpretación de algunos, tampoco la tendrían los negros o las mujeres; ya vemos a dónde nos llevan estas disquisiciones.

 

Algunos extremistas llegaban a conclusiones más bizarras todavía: siendo inviable, por no decir monstruoso, el cruce de un ser con alma con otro que no la tiene, Alexandre Dumas o Alexandr Pushkin carecerían de espíritu por ser nietos de un negro; el hecho de haber escrito obras excelsas no era bastante para conferirles calidad de seres dotados de alma.

 

Pero no todos los tratadistas estaban de acuerdo con esta visión. Uno de sus comentaristas más importantes, el autor Pietro Caramello, en línea con el tiempo actual sostiene que “según algunos autores recientes… ya existe un principio de vida orgánica en el óvulo fecundado”, sin aclarar qué clase de alma se contiene en este óvulo. Pero, como previendo esta objeción, santo Tomás opinaba en el Suplemento de la Summa theologica (80,4) que los embriones no participarán en la resurrección de la carne antes de que sea infundida en ellos un alma racional (y cabría añadir que, consecuentemente, tampoco los niños fallecidos antes del uso de razón). Ello no empece que participen de esta resurrección los seres monstruosos o mutilados, a los que se dotaría de un cuerpo perfecto.

 

En todo caso, la Iglesia se opuso durante un tiempo a la teoría de la evolución, que establecía un tránsito entre el mono (animal sólo sensitivo) y el hombre (racional), no tanto por la contradicción con el relato bíblico sino por el problema de la ausencia del alma (racional) en los pitecántropos. De hecho, es bien sabido que en algunos estados de USA persiste esta negativa frontal al darwinismo, e incluso los nostálgicos del creacionismo bíblico han elaborado hace poco la teoría del “diseño inteligente”, que no es más que la vieja historia contada con nuevas palabras.

 

A fin de cuentas, ya antes muchos teólogos fueron introduciendo la idea de que la “arcilla” podía ser, hablando simbólicamente, el cuerpo del mono, al cual Dios habría infundido en un momento dado el alma, hecho expresado simbólicamente por medio del hálito divino. Recordemos la famosa película 2001 Una odisea del espacio. El mono adquiría alma en el momento en que tocaba el monolito, instante que representaba el director con la imagen del tapir cayendo fulminado: el primer pensamiento humano.

 

Ni que decir tiene que el alma, como ser espiritual, no puede verse ni tocarse: por definición, no interfiere con nuestro mundo material. Entonces, ¿cómo evoluciona parejamente con el cuerpo? Éste es otro tema filosófico-teológico que preocupó a generaciones de pensadores. Para unos (Malebranche), Dios cuidaba en todo momento de establecer la “coordinación” entre el mundo material y el espiritual, infundiendo al cuerpo los deseos y órdenes del alma, y viceversa. Solución que juzgamos hoy increíblemente complicada, casi ridícula. Otros (Descartes) pensaban en un órgano de comunicación entre ambas, que sería la glándula pineal. No merece mayor comentario esta bienintencionada explicación.

 

Guillermo Occam

Todas estas anfractuosidades llevan al científico a una  pregunta: ¿no será el alma una hipótesis innecesaria? Recordemos la famosa teoría del éter, creado para explicar fenómenos inexplicables dentro de un contexto científico dado: las ondas luminosas son transversales (y por ello sólo pueden propagarse en un medio muy rígido) y a la vez los espacios interestelares aparecen como “vacíos”. De aquí se concluía que el éter era muy liviano (“montañas de él hasta la Luna no serían apreciadas por una balanza”, como decía Echegaray) y a la vez más rígido que el acero. Pese a ello, los científicos “creían”  en él, es decir, lo postulaban a falta de algo mejor. Pero al aparecer (y ser comprobada experimentalmente) la moderna teoría corpuscular de la luz este fantasmal producto dejó de ser necesario: desde entonces se halla en el desván de las hipótesis abandonadas.

 

¿No sería lo sensato hacer lo mismo con el alma? Las modernas teorías fisiológicas no explican todavía las complejidades de la mente, pero están mucho más cerca de ello que la hipótesis del alma, cargada de dificultades y contradicciones. El proceder científico más recomendable (y recordemos que la ciencia la emplea desde Occam, precisamente un religioso) es prescindir de ella a favor de otras teorías, que situarían las facultades intelectivas y morales en el propio cuerpo.

 

Muchos teístas no aceptarán este principio, pues la religión tiende a ser dogmática y la ciencia no. Pero, en mi opinión, todo marcha irreversiblemente por este camino, y algún día la religión decidirá abandonar esta teoría como ha hecho con tantos otros apriorismos cuando su enfrentamiento con la realidad los ha hecho del todo inaceptables.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès, BCN nov 07