La concordancia entre los evangelios sinópticos

 

Sabido es que de los cuatro evangelios que narran la vida de Jesús de Nazaret, los tres llamados sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) concuerdan muy aceptablemente entre sí, incluso a veces palabra por palabra, al punto de que se han hecho versiones de ellos en tres columnas correspondientes enfrentadas por episodios.

Este hecho, que se ha pretendido presentar como algo extraordinario y probatorio de la inspiración divina de estos escritos, no refleja en opinión de los expertos más que algo trivial: el hecho de que los tres bebieron de la misma fuente, aunque cada uno aparece adornado con sus propios flecos, añadidos a lo largo del tiempo en las sucesivas y múltiples redacciones. No olvidemos que  los evangelios que circulaban en los primeros tiempos del cristianismo eran muchos más, y los cuatro actuales son los aprobados en el canon del concilio de Nicea, en el s IV.

Desde luego, cuando se habla de los Evangelios “según” Mc, Mt y Lc, esos nombres no son más que referencias: no existe la menor prueba de que estos santos fuesen efectivamente los redactores; en todo caso, pudieron haber sido confeccionados de acuerdo con una tradición oral que se los atribuía, de donde la coletilla. La fecha de su redacción, que inicialmente se situaba a mediados del siglo II, ha ido retrocediendo hasta fines del siglo I, sin bajar nunca, empero, del año 70, fecha en que fue destruido el templo de Jerusalén; la prueba es que en ellos se profetiza tal ruina (Mt 24,2; Mc 13,1-2; Lc 19,41; 21,6).

Existe, por lo tanto, un intervalo de al menos medio siglo entre los hechos narrados en los Evangelios y su redacción. Tiempo más que suficiente para que las leyendas, tradiciones e invenciones se superpusieran a los hechos reales hasta el punto de que resulta muy difícil expurgar hoy unos de otros. En todo caso, es indudable que cada copia sufrió muchas alteraciones a lo largo del tiempo a través de las recensiones de los sucesivos copistas, hasta ser relativamente estabilizada en Nicea. Recordemos de nuevo la existencia de otros evangelios, los llamados “apócrifos” (que no significa que sean falsos, sino en todo caso no reconocidos, de hecho han dado pie a numerosas tradiciones cristianas bien admitidas).

¿De qué fuente escrita anterior proceden los evangelios? La crítica moderna supone la existencia de un protoevangelio anterior incluso al de Marcos (le llama el Urmarcus), en el cual se habrían inspirado los otros tres. Y el relato sobre la vida y doctrina de Jesús se ve complementado con anécdotas contenidas en las llamadas logia, representadas abreviadamente por Q (alemán Quelle, ‘fuente’), grupo de tradiciones y relatos relativos al Salvador (no muy distintos a los contenidos en muchos apócrifos, reducidos a meras historietas), que habrían circulado entre las primitivas comunidades cristianas como complemento de la tradición, consistentes en relatos sobre episodios menores de la vida de Jesús, a menudo adornados con milagros y discursos de todo tipo. Estas logia habrían sido incorporadas en mayor o menor grado a los Evangelios, formando esas digresiones a veces forzadas, como los episodios del nacimiento, del bautismo, diversos discursos más o menos apocalípticos, etc.

En todo caso, en algo está de acuerdo hoy la crítica moderna, incluso parte de la católica: el primer evangelio por orden cronológico sería el de Mc, lo que contradice la tradición eclesial, que asigna este papel al de Mt. El Evangelio de san Marcos, el más rudimentario, es en realidad un cronicón de la vida de Jesús, esquemático y desabrido, además es el más corto de los cuatro, pues se limita a la narración desnuda de los hechos; inevitable era que ésta fuera adornada por los evangelistas posteriores. La interpretación tradicional de la Iglesia es que Marcos era meramente un amanuense de Pedro que se limitó en poner en negro sobre blanco sus recuerdos y narraciones, pero en realidad, como decimos, en él concurren varias fuentes, detectables por las suturas entre episodios y diferencias de estilo y composición. Así, la explicación de la parábola del sembrador (Mc 4,11-20) es posterior a la misma parábola (Mc 4,3-10), o la expresión “Hijo del Hombre”, en un sentido mesiánico, no cuadra con Mc 8,29-30, cuando Jesús prohíbe a Pedro decir a nadie la afirmación que acababa de hacer: “Tú eres el Cristo”.

La heterogeneidad de las fuentes, que acumulan episodios sin orden ni ilación, queda clara, por ejemplo, en la aparición de los “dobletes”, o historias repetidas, la más conocida de las cuales es la primera y la segunda multiplicaciones de los panes y peces, que lógicamente son dos versiones del mismo episodio narrado por dos fuentes distintas, y finalmente recogidas por separado. O el endemoniado de Cafarnaúm (Lc 4,31-37; Mt 1,21-28), y el endemoniado geraseno (Mc 5,1-20; Mt 8,28-34; Lc 8,26-39). O en Lc 10,15 y Lc 14,5; en ambos habla del problema de rescatar a un animal del pozo en sábado. Los ejemplos abundan.

El llamado “primer Evangelio” (segundo, como vemos) es el de Mateo, quien era un publicano, un recaudador de impuestos para Roma, figura no muy querida en un país que se sentía expoliado por sus dominadores. No era un pescador como los otros evangelistas, sino una persona culta, conocedora de la Biblia. Su Evangelio no sólo es de mayor calidad literaria, sino que rezuma un mayor conocimiento del país y de sus gentes.

Esto puede verse esto en numerosos puntos, empezando con el nacimiento de Jesús. Mc no daba ninguna indicación al respecto, sin duda porque al principio no interesaban esos detalles, por ello su evangelio empieza directamente con el ministerio y el bautismo por Juan el Bautista. Pero Mt está obsesionado por demostrar que Jesús es el Mesías, y para ello, haciendo uso de su cultura bíblica, recurre continuamente a episodios que enlacen la vida de Cristo con las profecías sobre el Redentor. Y así empieza por dar una genealogía del Salvador formada por tres períodos de catorce generaciones desde Abraham; el número denuncia ya su mero simbolismo. Seguidamente, iniciando el mito de la virginidad de María, pasa a las zozobras de san José cuando se da cuenta de que su mujer está encinta; un ángel le resolverá en sueños las dudas. Pasando a la Natividad de Jesús, la sitúa en los días del rey Herodes el Grande, en la localidad de Belén, como estaba pronosticado por una profecía (Miq 5,2), y añade seguidamente el episodio de la adoración de los Magos, una matanza de Inocentes que justifica una huida a Egipto para que se cumpliera otra profecía (Os 11,1). Y finalmente enlaza ya con la narración de Marcos, aunque añade otro episodio: el de las tentaciones de Jesús, episodio de gran rendimiento, pues le permite enlazar con otros cinco parajes bíblicos más (Dt 8,3; Sal 90,11-12; Dt 6,16; Dt 6,13).

El “tercer evangelio” es el atribuido a Lucas, el médico amigo de san Pablo, persona también de cultura. No se preocupa tanto por la “justificación profética” del Mesías, pero en cambio añade algunos detalles cronológicos del mayor interés… que muestran que, a aquellas alturas, los recuerdos sobre el censo y el reinado de Herodes estaban ya perdidos en la noche de los tiempos. También aquí se dan cambios bruscos de estilo, acreditativos de la multiplicidad de orígenes: así, el elegante prólogo (1,1-4) contrasta con los arameísmos presentes en el resto de la obra.

Veamos algunos comentarios que ilustrarán lo que estamos diciendo. Particularmente interesante es el episodio en Mc 6,47-53, en que Jesús anda sobre las aguas. En Mt 14,23-24 aparece de nuevo, pero esta vez el evangelista añade la coda de Pedro intentando andar a su vez, hundiéndose y salvado por Jesús. Un redondeo perfecto de la anécdota.

En Mc 8,27-33 Jesús interroga a sus discípulos preguntándoles quién creen ellos que es, y responden que el Mesías. Se repite en Lc 9,18-20, y era ya mucho, y en Mt (16,13-23). Pero la reacción de Jesús no concuerda del todo entre unos y otros: en los tres sinópticos prohíbe terminantemente a los discípulos decir esto de él, pero en Mt aprovecha para legitimar la jefatura de Pedro sobre la Iglesia.

Las complicaciones de Mateo se ven superadas por las de Lucas, quien amplía todos los episodios hasta constituir un verdadero Evangelio de la Infancia. Incluye también (Lc 3,23-38) una genealogía de Jesús, que sólo coincide muy fragmentariamente con la dada por Mt 1,1-17. Escribe el episodio del anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1,5-25) a través del acostumbrado ángel, esta vez no en sueños sino en la realidad. Seguidamente se pasa a la anunciación del nacimiento a María, quien acepta su misión. Luego la Visitación a Elisabet (Lc 1,39-45), el Cántico de María (1,46-55), el nacimiento de Juan el Bautista (1,56-66) y el cántico de Zacarías (1,67-80), que concluye con la identificación del sobrino de María con el predicador del desierto aparecido en Mc y Lc.

El episodio del nacimiento de Jesús en Lc 2,1-20 es totalmente distinto —incluso incompatible— del narrado por Mt, aunque se haya pretendido fundir ambos posteriormente. Pero Mt daba por hecho que el niño nació en casa de sus padres, donde le visitaron los Magos (Mt 2,11). Para justificar que Jesús, a quien se suponía natural de Nazaret, naciera en Belén, Lc acude a un censo realizado “siendo Quirino propretor de Siria” (Lc 2,2), que en realidad se realizó en el año 6, y no “en los días de Herodes”, pues éste llevaba ya nueve años muerto para entonces. En los años transcurridos hasta la redacción del Evangelio los recuerdos se mezclaban, y no es extraña la confusión cuando la razón de esas idas y venidas no es otra, una vez más, que situar a José y María en el profetizado lugar de Belén. En fin, el Evangelio de la Infancia se completa con la Circuncisión de Jesús, la Purificación de María y la historieta de Jesús perdido y hallado en el Templo.

Por lo demás, Lc es en general más colérico, más escatológico. Jesús se extiende en su Evangelio capítulo tras capítulo en invectivas contra los escribas y fariseos. Los tres evangelistas hablan de la predicación de Juan, teniendo cuidado en la insistencia de éste en que “otro superior a él llegará”, esfuerzo destinado sin duda a remarcar la superioridad de Jesús sobre un fuerte competidor, pero curiosamente en Lc el bautismo de Jesús (Lc 3,21-22) se narra después del encarcelamiento de Juan, como si no hubiese sido obra de éste.

Lc incluye detalles inéditos, como el intento de despeñamiento de Jesús (Lc 4,29) en Nazaret, su patria chica tanto según Mt como Lc como Jn, lo que no era más que un intento de explicar el calificativo de Nazareos que se le daba, en realidad equivalente a “santón, hombre virtuoso", habitual en la época.

Pasando a la entrada en Jerusalén, Mc 11,1-11 la narra afirmando que Jesús la hace sobre un pollino. Coincide con Lc 19,28-40, pero Mt 21,1-11 complica un poco el episodio y añade un asna a fin de que se cumpliera en el episodio una profecía de Zac 9,9.

Lc 5,1-8 Presenta un episodio nuevo respecto a los dos anteriores: la pesca milagrosa. Éste será también recogido por Jn 21,11, quien especificará que eran “ciento cincuenta y tres”. También Lc incluye (7,11-17) el relato de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, y la creación y rendición de cuentas de los setenta y dos discípulos (Lc 10,1-12). También la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-27), la del hijo pródigo (Lc 15,11-32) y el episodio de la devota María y la hacendosa Marta (Lc 10,38-42).

El episodio de la higuera secada es presentada por Mc en dos fases: en Mc 11,12-14 Jesús la castiga por su esterilidad, y a la vuelta la hallan seca (11,20). Mt es más radical: el secado es instantáneo (Mt 21,20). En cuanto a Lc, lo recoge en forma de parábola (Lc 13,6-9).

El episodio de la unción con perfumes es atribuido por Mc (3,9) a “una mujer”, y Mt tampoco precisa más; sí lo hace Lc en 7,36-50), que especifica que era “una mujer pecadora”, aunque un poco más adelante habla de una María Magdalena “de la cual habían salido siete demonios” (Lc 8,2), por lo que muchos la identifican con la “mujer pecadora”.

En Mc 16,6-15 se narra el episodio de la elección que hace Pilatos entre Barrabás y Jesús, concluyéndose que el pueblo prefiere a Barrabás. En Mt 27,15-26 Mt añade un coda increíble: los judíos diciendo “Sea su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, sin duda destinada a justificar el antisemitismo futuro.

Añadamos que en el propio evangelio de Mc todos los comentaristas están de acuerdo en que 16,9-20 está añadido posteriormente, pues su estilo es completamente distinto del resto. Sin duda se trataba de un redondeo de la narración, con cosas tan importantes como la certificación de la resurrección de Jesús, la misión de los apóstoles y la ascensión final del Señor. Se ha señalado que ésta era a través del techo, aunque se trata de un mero descuido en el relato, que se repite en Ac 1,9.

 

Es curioso que a menudo se registran contradicciones, posiblemente debidas a haberse recogido alguna logia de forma confusa. Por ejemplo, el Mc 9,40 o en Lc 9,50: “Quien no está contra nosotros, con nosotros está”, mientras que en Lc 11,23 dice: “Quien no está conmigo está contra mí”.

Igualmente añade florituras en el episodio de los diez leprosos (Lc 17,11-19). El silencio exigido por Jesús en curaciones análogas se suma ahora a la difusión de uno de los leprosos.

En los detalles de la Pasión se ve cómo la fantasía de los evangelistas se desborda. Para Mc y Mt Jesús es llevado primero ante Caifás, quien lo condena a muerte, después ante Pilatos, quien desea salvarlo pero se ve al final prácticamente obligado a la condena. Lc complica el proceso: tras Caifás, Jesús comparece ante Pilato, después nada menos que ante el rey Herodes, y  luego nuevamente ante Pilato, quien acaba condenándole. Esta insistencia de Pilato en querer salvarle se explica por el deseo del cristianismo de hacer olvidar a su nueva parroquia romana que Roma había sido quien le condenó a muerte y hacer recaer la responsabilidad del hecho en el propio pueblo judío. Sólo Lc menciona el episodio del buen ladrón (Lc 23,39-43).

En fin, creo que lo dicho basta para hacerse una idea bastante clara de la necesidad de proceder a un análisis riguroso de las fuentes evangélicas, renunciando al pueril intento de su unicidad y concordancia, y extraer de aquí una síntesis seria, fiable, desapasionada, y sobre todo carente de aspectos mágicos, de la vida de Jesús. Mantener lo contrario significará sólo desacreditar la religión cuya piedra fundacional puso él ante las mentes desapasionadas y carentes de prejuicios.

 

                                                                                    JMAiO, BCN, ene 08