EL
CASTIGO DEL BLASFEMO TITANIC
Éste era el título de una
historieta publicada allá por mi infancia en una hoja parroquial de ésas que se
repartían los domingos en la misa. Su autor hacía una dramática historia de las
burlas de los obreros que trabajaron en la construcción. Al parecer se
entretenían escribiendo en el casco: Neither
God nor Pope (Ni Dios ni Papa). O los impertinentes comentarios de quienes
decían “Ni Dios puede hundirlo”, que sin duda eran ciertos, pues han sido
recogidos incluso en el reciente filme sobre el coloso del mar.
Tras esta exposición, la
Hoja Parroquial se autoformulaba una pregunta con respuesta incluida que
recuerdo literalmente: “¿Fue un castigo de Dios el naufragio
del Titanic? Todo hace suponer que
sí.”
Es decir (pensé, atónito con mis diez años), que valió la pena que mil personas
murieran congeladas en el Océano Atlántico porque algunos obreros blasfemaron.
Menudo Dios cascarrabias, ¿eh? Claro que, bien mirado, casi todos los ahogados
eran protestantes, y en aquellos tiempos, sin negarles categóricamente en las
mismas hojitas la posibilidad de salvación eterna, se concluía que “era muy
difícil”.
La catástrofe del Titanic marcó la generación de nuestros
abuelos de forma similar a la del Challenger en 1986, sucumbiendo ante las narices del
presidente Reagan. ¡El do de pecho de la capacidad
tecnológica e industrial del momento,
destruido en el momento en que iba a dar el espectáculo ante el mundo! Durante años se habló del capitán, de los
pasajeros, de las escenas dantescas de la evacuación del buque, de la
verticalidad de éste antes de hundirse, de la falta de botes salvavidas, de la
orquesta tocando “Más cerca de ti, Dios mío” (pero, ¿no eran tan blasfemos?)…
El Titanic quedó incorporado de la
historia a la leyenda, y el reciente filme ha venido a recordarnos aquel drama
de principios de siglo como aviso y lección de navegantes, y nunca mejor dicho.
Si se me ha ocurrido
recordar esa ingenua hojita dominical de los años 50 es para pergeñar a su
costa lo que podríamos llamar una “teoría de la blasfemia”. Nuestra religión
comparte con las otras dos monoteístas una figura ausente o poco importante en
otras: la blasfemia. Podríamos definir ésta, en cuanto a sus resultados
prácticos, como unas palabras que
justifican unos hechos. Nuestras reglas de convivencia van aceptando
gradualmente que el primero que agrede no puede justificar sus hechos en palabras previas del otro, pero no siempre ha sido así.
En la Biblia se hallan
abundantes referencias a la blasfemia, concebida como una ofensa grave de
palabra contra Dios. A lo largo de las vengativas páginas del libro sagrado,
Jehová castiga sin piedad a quienes blasfeman. ¿No es sorprendente que todo un
Dios acepte en el hombre tanta capacidad de ofensa mediante un instrumento tan
fácil de librar como la palabra? Pues así es: Jehová castiga con la muerte
ofensas de palabra tan graves contra él como pronunciar su nombre (!).
Las páginas bíblicas forjan
una peculiar mentalidad, que impregnó e impregna el pensamiento judío: ¡cuidado
con las palabras! Porque pueden desencadenar hechos. Si todo un Jehová fulmina
a quien profiere algo contra él, ¿no estará muy justificado que lo hagan en su
nombre quienes dicen defenderle frente a los excesos del blasfemo? Y así
aparece un complicado tejido de castigos en forma de reacción a unas acciones
puramente verbales. A cualquiera le ha llamado siempre la atención que un
código tan sucinto como el Decálogo consuma uno de sus preceptos en prever unas
formas de blasfemia que a nosotros nos cuesta incluso imaginar: “No tomarás el Nombre de Dios en vano”.
La idea ha ido pasando en
cascada a otras religiones, y algunas la han acogido con entusiasmo. La cultura
musulmana, tan teocrática, es la que continúa hoy con el concepto más
fuertemente insertado en su conciencia colectiva. Bien reciente (y presente)
está el caso del escritor indio Salman Rushdie y su
“condena a muerte” por su libro Los
versos satánicos, y no olvidemos la problemática continua de las relaciones
entre las comunidades judía y palestina en Israel, cuyo termómetro de tensión
sube a máximos en el momento menos pensado por alguna “blasfemia” emitida por
alguna de las dos partes. Recordemos también que la “Segunda Intifada” se originó por la “provocadora” vista de Sharon al Muro de las Lamentaciones.
¿Y en la religión cristiana?
El concepto, referido a la divinidad, ha ido perdiendo fuerza entre nosotros,
pero los reflejos creados por siglos y siglos de acción-reacción siguen
presentes. Los mecanismos reflejos así aparecidos se han extendido a otras actuaciones
de la vida, una muestra de las cuales es el bien conocido celo hispánico ante
los insultos. Una mención despectiva de la madre de uno era considerada hasta
hace bien poco como justificativa de que corriera la sangre. En otros campos,
la reacción fulminante ante el ultraje a la Nación o a la bandera era el núcleo
de la formación de algunas clases dirigentes.
En suma, que nos encontramos
instalados todavía en una cultura con abundantes rastros de la valoración de la
blasfemia, que traslucen y permean numerosas actitudes. La fuerza de la palabra
como elemento capaz de provocar hechos es un tema de profunda controversia
social. La figura legal de la injuria es una pieza clave en nuestra
legislación, y la virtualidad de acciones que contra ella pueden ejercerse es
infinita. No es necesario insistir en la importancia de la honra en la
comediografía de nuestro Siglo de Oro. Y, en resumen, durante mucho tiempo se
continuará sin distinguir adecuadamente entre los dos niveles, el de la palabra
y el de los hechos, como configuradores de la diversidad de acciones en toda
convivencia civilizada.
Josep
M. Albaigès
Enero
1998
Addenda
Los recientes
acontecimientos de asalto de embajadas e incluso muertes en los países
islámicos por una caricatura de Mahoma publicada en un periódico danés vuelven
a poner de actualidad el tema. Los
hechos se han repetido. La “blasfemia” ha dado lugar a manifestaciones,
disturbios e incluso muertos. Los musulmanes más razonables se han limitado a
decir, más o menos, que “es condenable la violencia, pero también lo es herir
los sentimientos de las personas religiosas”, con lo que subliminalmente se
ponían a un mismo nivel ambos hechos. Váyase lo uno por lo otro, vamos.
Creo que ante esto no podemos quedarnos indiferentes.
No se pueden medir con el mismo rasero hechos violentos con palabras o dibujos,
como no se pueden equiparar suposiciones y hechos. De lo contrario entramos en
un terreno nebuloso en el que todo vale, pues es bien cierto que nunca faltarán
palabras para justificar cualquier acción más o menos violenta. Por ejemplo,
incluso algunos bienintencionados occidentales han relacionado las
destrucciones de embajadas europeas con las invasiones de Afganistán e Iraq: “Claro, qué van a hacer unos países a los que se invade…”,
y de ahí a volver a la consabida retahíla sobre el “robo” de sus riquezas por
las potencias occidentales va un paso. Hay quien incluso se remonta a la
“invasión” israelí de Palestina.
No hay lugar para contestar a tantos despropósitos.
Sólo convendría recordar que en 1973 los
países productores de petróleo sumieron en una grave crisis a Occidente, en
particular a Europa, al contestar con su crisis energética a la guerra del Yom Kippur (en la que, por
cierto, Egipto, Jordania y Siria fueron los agresores contra Israel[1]).
Es decir, se comportaron como lo haría cualquier país capitalista, lo que fue
reconocido y aceptado por ambas partes: la relación demanda-oferta de un
producto fija su precio. En aquella ocasión, Occidente, tomado desprevenido por
el punto débil de su excesiva dependencia del petróleo, tuvo que pasar por
fuertes privaciones para reaccionar a los brutales incrementos del precio del
crudo, pero su creatividad y ductilidad ante hechos inesperados superaron el
nuevo marco económico mundial, cosa que por desgracia no fueron capaces de hacer la mayoría de países
subdesarrollados, capturados igualmente en la trampa económica de sus “hermanos
de fortuna”.
Se confirma siempre que quienes olvidan la historia
están condenados a repetirla. ¿Ocurrirá una vez más este hecho? Creo que no es
de recibo que nadie ocasione disturbios y muertes como reacción ante la
“blasfemia” perpetrada en un país no musulmán, imponiendo en nuestra propia
casa sus reglas. La cultura musulmana es teocrática y expansiva, y tiende a
imponer su propia concepción moral en otros países, cuando de ningún modo
aceptan ellos las extranjeras en su casa. Las mujeres siguen allí ridículamente
encapuchadas (en algunos países se llega a practicar con ellas la ablación del
clítoris), la entrada de los “infieles” está fuertemente vigilada, y en los
casos extremos hay que asistir a las "ejecuciones en directo” de personas
inocentes secuestradas. Mientras, en Valencia hay que encapuchar un ninot de falla
porque en él se representaba a Jomeini (un “santo”
para ellos), en los comedores de los colegios hay que preparar un segundo menú
exento de carne de cerdo para los alumnos musulmanes, y en las carnicerías hay
que sacrificar el cordero mirando hacia la Meca y con arreglo al ritual
musulmán. Ante esta actitud invasiva, nuestros
teóricos se limitan a decir que hay que “respetar” los desmanes culturales de
tales visitantes, que se comportan como conquistadores. No se trata de
contestar con la violencia a estos hechos violentos; Occidente no puede
rebajarse a ello. Pero no hay que retroceder un milímetro en el mantenimiento
de unos valores que han forjado nuestra cultura, entre los cuales está la
libertad de expresión.
JMAiO, feb 06
[1] Adelantándome a posibles objeciones: unos años antes (1967), Israel había arrebatado territorios a estos países, como reacción a sus bloqueos marítimos unilaterales. La existencia de Israel siempre ha sido puesta en entredicho por los países árabes más beligerantes, que se niegan a reconocer la Resolución de las Naciones Unidas que dio carta de existencia al Estado judío en 1948, y desde esa fecha mantienen ataques bélicos o simplemente agresiones terroristas contra dicho Estado, a las que éste contesta de forma tan mortífera como efectiva.