LA BIBLIA Y EL SEXO

 

La Biblia sigue siendo un libro sagrado para dos religiones y mil millones de personas, lo que obliga a considerarlo como una obra excelente. Otra cosa son las interpretaciones que a lo largo de  los siglos se han hecho de los episodios que relata y los preceptos que instituye. Lamentablemente, muy a menudo se ha pretendido ver en la letra un espíritu distinto del que en realidad informaba al exegeta.

Esto sucede con especial intensidad en el caso del sexo, cuya visión en el texto sagrado puede diferir de la que cada religión incluso cada grupo se empeñe en pretender. Pero los textos son muy tozudos, y dicen lo que dicen. Los intentos de torturarlos invirtiendo a veces su significado siguen siendo numerosos, y pueden ocultar el hecho fundamental: el sexo es visto, a lo largo de las páginas bíblicas, como una actividad natural en el hombre y necesaria para la felicidad tanto individual como de la especie. Lo que no quiere decir, naturalmente, que, como cualquier actividad, no esté sujeta a normas y prácticas, unas adecuadas y otras inadecuadas.

Ya que hablamos de normas, podríamos empezar por su regulación en el Decálogo. El sexto mandamiento dice, literalmente: “No adulterarás” (Gen 20,14). No lo que a muchos nos contaban los catecismos, “no fornicarás”, ni aún menos la versión más relamida, “No cometerás actos impuros”.

¿Qué diferencia hay entre la letra y las interpretaciones? La palabra “fornicar” (tener sexo fuera del matrimonio) no es condenada fuertemente hasta san Pablo. Así, por ejemplo, “no sea que se halle algún fornicario o irreligioso como Esaú” (Heb 12,16). Pero el Antiguo Testamento, de habitual no juzga moralmente el hecho sexual en sí, considerándolo más bien como la asunción de una deuda, un “compromiso”, de modo que podemos decir que, en rigor, la Biblia no se opone a las relaciones prematrimoniales, ni siquiera a las ocasionales. En todo caso, la “deuda” afecta especialmente al varón, y su reparación puede llegar desde la restauración del honor de la mujer, el cuidado de la prole eventualmente sobrevenida y, en caso extremo, la obligación de contraer matrimonio. Para los que juzguen insólita esa obligación, recordemos que el “matrimonio por amor” es un invento bastante tardío (seguramente de la época romántica) y el matrimonio tradicional nada tenía que ver: se limitaba a ser un contrato entre hombre y mujer en orden a la asistencia mutua, cuidado de la prole, unificación de los patrimonios, etc.

¿Cuál es, pues, el significado último del mandamiento “No adulterarás”? Si no nos empeñamos en buscarle tres pies al gato, está muy claro: se trata de no engañar al cónyuge, de no traicionar su confianza. La práctica cristiana, llevada de su obsesión antisexo, ha reducido esta “traición” al aspecto meramente carnal, llegando a interpretaciones tan ridículas como las de Clinton pretendiendo que una felación de la gordita Lewinsky no era un acto sexual. Allá ellos. Pero está claro que la traición al cónyuge puede revestir muchas más formas, algunas bastante peores.

Por lo demás, la protección a las indeseadas consecuencias de un acto sexual no regulado aparecen en todo el texto, en el que se transparenta la actitud del legislador en torno a sus aspectos más discutibles: por una parte el mantenimiento de esa fidelidad, por otra, la protección de la prole, y a través de ella, de la especie. Así, veamos alabar el sexo lícito, previniendo contra el sexo de las rameras, “No codicies su hermosura en tu corazón, ni te dejes prender en sus párpados” (Prov 6,25), y de las casadas con otro hombre, “Quien comete adulterio carece de seso; el que desea perderse a sí mismo, éste tal hace” (Prov 6,32).

Obtendremos con más claridad esa visión de la Biblia sobre el sexo comentando algunos de sus episodios más conocidos. Un análisis de los parajes sexuales de la Biblia sería eterno, y llenaría libros (ya lo ha hecho). Nos limitaremos especialmente en este artículo a algunos episodios de Génesis, que por su carácter de “epopeya” del pueblo judío nos ilustran mucho sobre sus costumbres y sistema de valores.

Primer texto que choca a nuestra mentalidad moderna: el narrado en Gen 12. Abraham va a Egipto, pues en su país hay hambruna, y dice a su mujer: “Mira, yo sé que eres mujer de hermosa figura, y sucederá que te verán los egipcios y dirán: ‘Ésa es su mujer’, y me matarán a mí, y a ti te dejarán con  vida. Di, pues, que eres mi hermana, a fin de que se me trate bien en gracia a ti y conserve mi vida por causa tuya” (Gen 12,11-13). Y, en efecto, llamada por el faraón, Saray convivió con él, lo que indica que debía conservar sus encantos pese a su edad, que no dice la Escritura, aunque Abraham tenía 75 años (Gen 12,4). Lo bueno del caso es que el faraón, al ser castigado (!) por Yahvé con una serie de plagas, se entera de la situación y reprende a Abraham: “¿Por qué no me manifestaste que era tu mujer?... Tómala y vete” (Gen 12,18-19).

Algunos comentaristas añaden, a guisa de excusa, que en efecto, ambos eran hermanos, aunque sólo de padre (!!). Este hecho sólo tiene una interpretación: el sexo no tenía mayor importancia entre los primitivos judíos, desde luego muy inferior al riesgo que podía correr Abraham, prevenido gracias a su mujer.

Otra confirmación. Es la misma Saray la que, pasado el peligro y ante su esterilidad temporal, le dice a Abraham: “Ve y acuéstate con Agar” (la asistenta), a fin de que hubiera descendencia. Y así fue (Gén 16,2). Más tarde, habiendo concebido la propia Sara, Agar fue pagada con la expulsión (Gen 21, 8-10). Su hijo Ismael es cabeza de los ismaelitas (árabes), raza desde luego menos legítima que la judía (a ojos judíos, claro). Recordemos que la Biblia incide muy a menudo en esos episodios simbólicos para elogiar o desprestigiar determinada etnia.

La Biblia nos habla también del pudor. En el conocido episodio de la desnudez accidental de Noé por haberse embriagado, el tema acaba con la maldición contra Cam (Gén 9,20-25), que se había burlado de él, en lo que hay que ver desde luego un nuevo sentimiento, el menosprecio contra los pueblos africanos (camitas).

La homosexualidad es considerada, sin paliativo de ninguna clase, “pecado nefando” en la Escritura. Sin duda el episodio más conocido es el de la llegada de los ángeles enviados por Dios a Lot, el sobrino de Abraham, que vivía en Sodoma, población plagada de homosexuales (a lo que alude la palabra sodomía). En Gen 19,5 “todo el pueblo a una” llama a la casa de Lot diciéndole: “¿Dónde están los sujetos que te han llegado esta noche? Sácanoslos para que los conozcamos”, metáfora que ha quedado como símbolo del acto sexual para la posteridad. Y Lot les da una respuesta ciertamente chocante: “¡Por favor, hermanos míos, no obréis mal!; mirad, os ruego: dos hijas tengo que aún no han conocido varón; yo os las sacaré, y haced con ellas lo que mejor os parezca, con tal que a estos hombres nada les hagáis, pues por eso se han acogido a la sombra de mi techo” (Gen 19,8). Este ofrecimiento, para nosotros inconcebible, nos habla elocuentemente de la fuerza de la ley de la hospitalidad entre los antiguos: al acoger a alguien bajo su techo, uno se hacía responsable de su seguridad, y debía mantener ésta a costa de cualquier sacrificio.

Pero hay más: terminado el episodio, los ángeles reprueban la maldad de los sodomitas y advierten a Lot de la inminente destrucción sobre la ciudad, conminándole a abandonarla “sin mirar atrás” (claro símbolo de la ruptura total que hay que ejercer con la vida viciosa, aunque uno no haya participado en ella). Por el camino, la mujer de Lot sucumbe a la femenina curiosidad, y es convertida en estatua de sal (una leyenda inspirada en las “esculturas” salinas de forma caprichosa que tanto abundan en la zona). Es tan grande la catástrofe que se ha abatido sobre Sodoma y Gomorra, que las hijas de Lot, esas doncellas “que no habían conocido varón”, creyéndose solas en el mundo, se sienten compelidas a repoblarlo. Y para ello el único camino es su propio padre. Entonces, “aquella noche dieron de beber a su padre, y llegóse la mayor y se acostó con él, quien no se dio cuenta ni cuando ella se acostó ni cuando se levantó” (Gen 19,33). A la noche siguiente se repite la misma operación con la hermana menor.

Ambas consiguen su objetivo: la mayor pare a Moab, y la menor a Ben-Ammí. Ambos patriarcas engendrarían dos venerables tribus, la de los moabitas y la de los ammonitas.

La moraleja del episodio, sobre el que la Biblia no realiza juicio de valor alguno, está clara: la perpetuación de la especie está por encima de cualquier otro valor, y por ello las precipitadas hermanas quedan disculpadas de su incesto. El valor supremo que justifica el sexo es la perpetuación de la especie, idea que retomaría enérgicamente la iglesia católica, que llegó a tolerarlo sólo en cuanto estuviera encaminado a este fin, considerando pecaminosas incluso las relaciones entre cónyuges incapaces de procrear.

Sigamos. Muerto Er, esposo de Tamar, por sus iniquidades, el segundo hermano, Onán, toma por esposa a la viuda. Mas según la ley judía, los hijos del nuevo matrimonio serían reputados como del primer hermano. Conque Onán, “cuando se llegaba a la mujer de su hermano, dejaba caer por tierra el semen para no proporcionar a su hermano descendencia” (Gen 38,9). Por ello fue castigado. Lo curioso es que la interpretación tradicional, aparte de condenar el coitus interruptus, condena también la masturbación, considerándola por lo visto una variante del primero… sin mujer. La interpretación está clara en ambos casos: el semen no debe ser desperdiciado.

Todavía tenemos otro episodio, esta vez encomiástico para la castidad: en Gen 39,7-12, la mujer del funcionario Putifar, a cuyo servicio se hallaba José, trata de seducirlo en vano. Despechada, le calumnia y el casto José va a parar a la cárcel, desde donde obrará otros prodigios, interpretando sueños y convirtiéndose en el antecesor de Freud.

Demos ahora un salto de unos siglos. Ya con el pueblo judío erigido en reino, refiere Samuel que el rey David vio desde a terraza del palacio real a una mujer de singular hermosura que estaba bañándose, y quedó prendado de ella. Averiguada su identidad como Betsabé, la esposa del general Urías, “David comisionó a algunos para que se la llevasen, y llegada ella donde él, yació con la misma… La mujer concibió y mandó recado a David, avisándole en estos términos: ‘Estoy encinta’” (Sam II, 11,4-5). Entonces David urde un plan tan torpe como criminal: manda que Urías sea colocado en el punto más peligroso de la acción bélica, donde efectivamente perece. David puede desposar a Betsabé. Curiosamente, el hijo adulterino de ambos será el gran Salomón.

Es notable que la Biblia no se molesta siquiera en aclarar si David recibió algún castigo por su acción, salvo, en todo caso, la que recayó sobre su familia: su hijo Amnón violó a su hermana Tamar (se trata de otra Tamar), con una débil protesta inicial de ésta: “No, hermano mío, no me deshonres, pues esto no se hace en Israel. No cometas tal iniquidad. Porque, ¿dónde llevaría yo mi deshonor? Y tú pasarías por uno de los más infames de Israel. Habla al rey, por favor, porque él no se negará a hacerme tuya” (II Sam 13,12). Nuevamente nos sorprendemos. ¿Es que el incesto no era tal si estaba permitido por el rey? La causa quizás haya que buscarla en que posiblemente el matrimonio entre hermanastros de estirpe regia era legítimo, como en Egipto.

En todo caso, por esta acción Amnón fue muerto por su hermano Absalón. Pero éste, no tan escrupuloso en otras cuestiones, acabó rebelándose contra su propio padre, quien tuvo que huir. Al final, el hijo rebelde acabó muerto, y lo último que sabemos de David es que efectivamente se arrepintió de su pecado, reprendido por el profeta Natán.

En una palabra: el episodio nos revela dos cosas: por una parte, no importa mucho el sexo ilícito con Betsabé, sino el hecho del crimen que David cometió, llevado por él (Betsabé no es culpada para nada). Y, en segundo lugar, algo que nos revela el instinto ferozmente tribal de pueblo palestino: no es castigado tanto David como su familia. En la visión del pueblo israelita, ambas cosas eran lo mismo.

Terminemos por algunas referencias insuperablemente explícitas, como son las del Cantar de los Cantares, que desconcertaron muchas veces a rabinos y padres de la Iglesia, remisos a aceptar lo que la letra decía. Veamos algunos párrafos:

“Esa tu talla semeja a una palmera, y tos senos a racimos” (Can 7,7).

“Tu ombligo es una crátera redonda, ¡nunca te falte en ella el vino mezclado!” (Can 2,2)

O esta otra, de indudable carecer simbólico-erótico: “Mi amado alargó su mano por la hendidura de la puerta, y se me conmovieron las entrañas. Me levanté a abrir a mi amado; mis manos gotearon mirra, y mis dedos mirra abundante sobre la manilla de la cerradura” (Can 5,4-5).

Los rabinos, desconcertados de que tales textos quedaran incluidos en el Canon bíblico, ya en el siglo II aJC opinaron que se referían en realidad al amor espiritual, y que todas sus explícitas menciones eran en realidad símbolos. Más tarde, los cristianos prefirieron ver en el texto el amor de Cristo por su Iglesia. Vano empeño: la letra salta a nuestra mirada y no es fácil, si no se está dispuesto a abandonar el propio juicio y criterio, ver en ella otra cosa de lo que dice.

 

                                                                                                 JMAiO, sep 02