EL
ARTE, ¿VERSIÓN ACTUAL DE LA RELIGIÓN?
¿Debemos entender hoy como
arte lo que entendía un renacentista? Y el concepto de éste, ¿era el mismo que
el de un griego? El evidente hecho de que cada generación ha tenido una idea
distinta del impacto que sobre ella producía el objeto de arte obliga a
preguntarnos por la cuestión del significado
y del mensaje que éste vehicula.
Umberto Eco destacó la
expresión de la extrinsecación
como postulado básico de la manifestación artística. En ese sentido, el arte
constituye un diálogo con la materia, en el que la presencia de la estructura
física como resistencia permite avances ante los obstáculos y sugerencias de
acción formativa. El papel del artista es extraer de esa materia inanimada sus
capacidades portadoras de belleza. El viejo adagio del escultor de que “la
estatua está ya dentro del bloque” antes de empezar a trabajar sobre él cobra
toda su vigencia.
Pero, ¿qué estatua se halla dentro del bloque? Obviamente, la que el
artista quiere extraer entre las
infinitas posibles, aquélla que su público le aceptará como tal.
Hemos comparado antes un
renacentista con un griego. Aparte de su visión, entre ellos existía una gran
diferencia: el griego no sabía que hacía arte (sólo belleza), el renacentista
sí. El momento en que el arte volvió la mirada sobre sí mismo y se vio como
actividad no sólo diferenciada sino inmanente,
supuso un cambio radical en la actitud del hombre respecto a su creación. Antes
el arte era para algo, y la
consecución de la belleza se alcanzaba siempre en función de ese algo. Pero a
partir de ese momento histórico, el arte fue una actividad que se justificaba
por sí misma.
Sólo a partir de ese momento
se hace posible teorizar sobre el arte, verlo “científicamente”. Ahora bien,
una aproximación de este tipo resulta no imposible, pero sí muy severamente
limitada. Un análisis científico de
la obra debe contener algo más que su catalogación, su descripción o los
juicios que ha merecido a otras personas. Puesto que la obra de arte es algo
que exige ser interpretado, la ciencia no podrá prescindir de la clave en que se hará posible esta
interpretación.
Un análisis serio de la obra
de arte no podrá, pues, soslayar el problema de cómo la obra ha sido producida,
ni deberá manifestar ese juicio de forma totalmente subjetiva (“me gusta”,
“¡qué horrible!”), sino más bien expresar en términos comunicativos el
resultado de esa toma de contacto: en una palabra, trascender la obra del observador al interlocutor.
Pero en una obra de arte,
sus cualidades están vinculadas a su relación con nosotros, y esa relación
implica la subjetividad. El cientificismo no podrá arredrarse ante esa
dificultad (¿no fueron algún día todos los fenómenos científicos actuales
manifestaciones desconocidas, de tipo “mágico”?). Por el contrario, deberá
coger por los cuernos el hecho de que el análisis de toda obra deberá tener en
cuenta esa subjetividad del perceptor.
Pero la apreciación de la
obra de arte produce, en el fondo, cristalizaciones
en la apreciación y el juicio. Podría por ello pensarse que la ciencia básica
para acudir en ayuda del científico-artista es la estadística. En efecto, a fin
de cuentas, ¿cómo se califica la obra de arte? Comercialmente al menos, por su
aceptación por el público.
Por otra parte, cualquier
análisis del arte en su situación actual no puede ignorar el hecho de que en
los tiempos contemporáneos se ha ido articulando cada vez más como reflexión de
su mismo problema: la poesía vuelve sus ojos en hacer poesía, la obra del arte
es poética en sí misma. En muchos proyectos artísticos, la idea de un mundo de
formas que realizan un concreto resulta siempre más importante que el objeto
formado: se tiende a un proyecto de arte más que al desarrollo del arte en sí
mismo, “inconscientemente”.
Por ello se ha llegado a
hablar de la “muerte del arte”, no concebida en el sentido de “fin”, sino en el
significado dialéctico de Auflösung (disolución-resolución): el arte, según esa
concepción, moriría continuamente para asumir nuevas formas: la concepción
clásica del arte vehiculaba unas determinados
significaciones, pero, en la concepción moderna, el arte aparece ligado a las
nociones de genialidad, fantasía, invención de reglas inéditas.
En las antiguas concepciones
de arte, se ponía el acento en la “definitud”: el
creador artístico buscaba producir un efecto concreto en el lector, que éste entendiera el lenguaje en que se le
hablaba y captara su mensaje. La sensibilidad contemporánea, por el contrario,
asume expresamente la posibilidad de varias “lecturas” de la obra artística,
aparece como un estímulo para la libre interpretación orientada sólo, como
máximo, en sus rasgos esenciales. Por ejemplo, ya la poesía simbolista del
siglo XIX parecía una “sugestión”, que trataba de favorecer no tanto la
recepción de un significado concreto cuanto un esquema general de significado,
una estela de significados posibles todos igualmente precisos pero igualmente
válidos, según el grado de agudeza, hipersensibilidad y la disposición
sentimental del lector: en otra apalabra, éste quedaba erigido en co-creador.
Y llegado ese momento
decisivo, vuelve a ser necesario preguntarse qué es el arte. En una nueva vuelta de espiral, no se trata ya de
la creación de la belleza, sino, como acabamos de decir, de una reflexión sobre
sí mismo. Algo parecido a una operación de bootstrap (“elevarse tirando de
los cordones de sus zapatos”), tan cara a los informáticos. En el momento en
que el arte aparece como un mundo sobre el que sólo los artistas tienen real
acceso (los demás son meros espectadores, para poder gozar de la obra de arte
deben “entender”, y el maestro es el artista), el arte se ha convertido en un
arcano destinado al sanctasanctórum,
al que sólo los sacerdotes tienen acceso. Cervantes decía que “el hombre se
justificaba por sus obras”; por el contrario, Tristan
Tzara opina que “arte es todo lo que escupe el
artista”. El arte ya no queda referido a su patrón evaluador básico, la
belleza, sino al propio arte, que es tanto como decir a las ideas del círculo
que “entiende” de arte. El arte no debe pasar ya por la “prueba subjetiva” de
crear belleza, sino que la belleza se convierte en lo que el arte expresa.
¿No son claras las
concomitancias con la antigua religión? Ésta quedaba reservada a una
determinada casta, si no sacerdotal, al menos poseedora de un sentido capaz de
entender la “revelación” y transmitirla. El arte actual depende también de un
círculo, y no se crea que éste está formado exclusivamente por artistas: los
marchantes, los críticos, el periodismo y en definitiva los propios colegas son
los que crean y, eventualmente destruyen al artista y su obra.
¿A dónde nos conducirá esta
situación? La historia de la humanidad está formada de períodos clásicos
alternados con otros románticos. Es por ello inevitable que la situación actual
sea seguida por otra de ruptura. A fin de cuentas, los revolucionarios de hoy
son los futuros carcas esclerosados de mañana. Y ese
mañana, con nuevos iconoclastas definidores de un nuevo arte, está ya a la
vuelta de la esquina.
¿Como será este nuevo arte? Es inevitable pensar que en
él participarán intensamente los mitos que definen el hombre del siglo XXI,
desde la informática al feminismo, desde la revolución contra el aparato del
Estado a la sinergia compasiva con las culturas menos favorecidas. Pero
llegará, podemos estar seguros. Algunos signos me parecen indicar que su
presencia ya alborea en esos tiempos revueltos, ansiosos de búsqueda y
renovación. Esperemos confiados.
Josep
M. Albaigès
Salou, agosto 2001