EL HIMNO DE ARGIRIO

 

            Marcelino Menéndez Pelayo recogió, en el tomo II de su Historia de los Heterodoxos Españoles, un extraño resto del canto de una liturgia priscilianista, el Himno de Argirio, invocación entrecortada donde la mística, probablemente iniciática, alterna con la sugerencia trascendente:

 

I.                    Quiero desatar, y quiero ser desatado.

II.                 Quiero salvar, y quiero ser salvado.

III.               Quiero ser engendrado.

IV.              Quiero cantar; saltad todos.

V.                 Quiero llorar; golpead todo vuestro pecho.

VI.              Quiero adornar, y quiero ser adornado.

VII.            Soy lámpara para ti que me ves.

VIII.         Soy puerta para ti que me golpeas.

IX.              Tú que ves lo que hago, calla mis obras.

X.                 Con la palabra engañé a todos, y no fui del todo engañado.

 

            ¿Qué misteriosos fuegos producen los chisporroteos de esas frases tan misteriosas para nosotros? ¿Somos capaces, a siglos y siglos de distancia, de intuir el significado de ese deseo de engendramiento, ese ofrecimiento de utilidad mediante humilde (masoquista diríamos hoy) transformación en puerta, y, sobre todo, con ese imperativo final de silencio?

 

 

                                                            Josep M. Albaigès

                                                            Barcelona, septiembre 1987