ALGO SOBRE LOS APÓCRIFOS

 

Cuando se habla de los ‘apócrifos’ a secas, no hay duda de que nos referimos una serie de evangelios y documentos que en su día no encontraron la aprobación necesaria para formar el corpus canónico del que se deriva la doctrina cristiana oficial. Ésta consta hoy, aparte de los libros del Antiguo Testamento, de un total de veintisiete documentos que forman el Nuevo (los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, le Revelación o Apocalipsis y las Cartas), pero con ellos coexistían en los primeros tiempos del cristianismo muchos otros escritos, sin contar las innumerables versiones de cada evangelio oficial, que diferían entre sí por determinadas interpolaciones, variantes y supresiones.

Decidir qué documentos se elegían como representativos de la ortodoxia no fue tarea sencilla, ya que resultaba muy problemático deslindar los autores y épocas de elaboración. A título de ejemplo, señalemos que los cuatro evangelios canónicos, llamados de san Mateo, de san Marcos, de san Lucas y de san Juan, no fueron desde luego escritos por estos personajes, sino que son redacciones datables como mínimo entre finales del siglo I y mediados del II, elaborados, con buena voluntad, a partir de los recuerdos que del Maestro captaron sus discípulos… ¡un siglo después de la muerte de éstos! La crítica más imparcial ni siquiera los considera procedentes cada uno de un autor singular, sino meras variaciones (salvo el de san Juan) de un protoevangelio inicial llamado el Urmarcus, trufadas en cada caso de digresiones e interpolaciones.

Y es que la inclusión del nombre de un personaje en el título de un documento no era visto, ni mucho menos, como una falsificación de la propiedad intelectual de la obra, como haríamos hoy. Con esta elección, el autor conseguía expresar una vinculación con el personaje y lo que representaba, lo que orientaría a los lectores hacia un marco de comprensión previamente sugerido. Por ello es frecuente en los títulos, la alusión a los apóstoles, pero también a Pablo, a María, etc.

En todo caso, la formación de un corpus canónico fue un proceso lento, dado con rodeos y tropiezos, y acabó de completarse hacia los siglos III-IV, mediante el consenso entre los padres de la Iglesia, y fijado posteriormente en concilios.

Conviene tener muy presente algo: la palabra apócrifo, que actualmente tiene el sentido de “espurio, falso” significa etimológicamente y significaba en aquella época “oculto” (gr. apokrijh), y respondía a menudo al hecho de que estos relatos hubieran sido exhumados en general después de los normativos (aunque no siempre; algunos de éstos, como las cartas pastorales, las cartas joánicas, el Libro de Judas, etc., son posteriores a muchos apócrifos; mientras que algunos de éstos, como la Carta de Clemente a los Corintios o la Didakhé merecen una atención eclesial notable). Sólo teniendo esto presente adquiere sentido el nombre de uno de esos evangelios, que se titula, con todo desparpajo, Apócrifo de San Juan.[1]

Los llamados documentos apócrifos completan y arrojan nuevas luces sobre los primeros años de Jesús y su doctrina. Suelen dividirse en tres tipos:

 

1 Los escritos apócrifos más antiguos, de la misma época que los canónicos, que entran incluso en competencia con ellos  (v. gr. el Evangelio de Pedro), con nuevas tradiciones y enseñanzas sobre la vida de Jesús y su mensaje. En gran parte nos han llegado en forma fragmentaria, pero contienen importantes rastros de las direcciones que coexistían en la tradición cristiana. Así, en el Evangelio de los Hebreos se dice:

 

Me acaba de tomar mi madre, el Espíritu Santo, y me ha llevado a la excelsa montaña del Tabor”.[2]

 

2. Los llamados Evangelios gnósticos, que, confirmando también en parte las tradiciones de los Sinópticos y repitiéndolos en muchos pasajes, presentan con todo una importante novedad. El gnosticismo fue una corriente, finalmente declarada herética, que incorporaba a la fe cristiana otras concepciones orientalizantes, en un eclecticismo religioso reconocible por la aparición de unos símbolos y un léxico hoy perdido, y que por ello resulta difícil de entender (consta que el Evangelio de Felipe y el de Tomás fueron utilizados por los maniqueos). De hecho, muchos de estos evangelios son para nosotros un galimatías indescriptible.

Veamos por ejemplo unos fragmentos del Evangelio de Tomás:

 

Jesús ha dicho: “Bienaventurado el león que por el hombre será comido, pues el león vendrá a ser hombre. Malaventurado el hombre que por el león será comido, pues el león vendrá a ser hombre” (sic).

Jesús ha dicho: “Este cielo pasará, y lo que le está por encima pasará, y los que están muertos no viven, y los que están vivos no morirán. Cuando coméis lo que está muerto, hacéis de ello algo vivo. Cuando acontezca que estáis en la luz, ¿que haréis? Cuando erais uno, vinisteis a ser dos. De la misma forma, cuando hayáis llegado a ser dos, ¿qué haréis?”

Jesús ha dicho: “Cuando veáis el que no ha nacido de mujer, inclinad vuestra faz y adoradlo; éste es vuestro padre”.[3]

 

Otros más del Evangelio de Felipe:

 

Cuando éramos hebreos, estábamos huérfanos y teníamos sólo a nuestra madre, pero, cuando hemos devenido cristianos, hemos tenido padre y madre.[4]

El hombre perfecto, primera verdadera manifestación, procedió de la preciencia del perfecto intelecto por medio de la manifestación de la voluntad del espíritu invisible y de la voluntad del autogenerado. El espíritu virginal la llamó Pigeradaman, y lo estableció en el primer eón en el gran autogenerado, el cristo, cerca de la primera luminaria Armozel, y sus potencias eran con él…

…El primero, Eteraphaope Abron, comenzó por crear la cabeza; Meniggesstroeth creó la parte superior; Asterekhmen creó el cerebro; el ojo derecho lo creó Thaspomokham; el ojo izquierdo…

 

3.   Los Evangelios de la Infancia y de la Pasión-Resurrección, más posterior (hacia el año 200) recogen tradiciones complementarias sobre la vida de Jesús u otros personajes. Su objetivo no es transmitir enseñanzas del Maestro, sino llenar convenientemente los huecos de su vida presentes en las escrituras anteriores. Por ejemplo, los episodios menudos de la infancia de Jesús, tendentes a demostrar la precocidad milagrera de éste. O los Hechos de Pilato, cuya principal tesis es demostrar que éste (y por tanto los romanos, en representación de los cuales obraba) se vio literalmente obligado a condenar a Jesús, con lo cual la responsabilidad de su muerte recaía sobre el pueblo judío (el objetivo indudable era agradar al que a la sazón era el principal cliente del cristianismo, Roma).

Quizás el más interesante es el Protoevangelio de Santiago o Protosantiago (el hermano de Jesús, jefe de la Iglesia tras la muerte de éste, lo que confería al documento gran autoridad).

Suelen ser documentos dotados de una gran ingenuidad. Veamos un fragmento de las Narraciones de Tomás sobre la infancia del Señor:

 

Un día, este niño Jesús, cuando tenía cinco años, se entretenía, tras la lluvia, jugando en el cauce de un torrente. Recogía en charquitos el agua que se escurría, y con una sola orden, la volvía limpia al momento.

Después amasó barro y modeló con él doce pajaritos. Era sábado cuando lo hacía, y muchos otros niños jugaban con él.

Un judío que vio lo que Jesús hacía en sábado mientras jugaban fue corriendo a contarlo a su padre José:

—Mira, tu hijo está en el torrente, ha cogido barro y ha hecho con él doce pajaritos. Ha profanado pues el sábado.

José se presentó en dicho paraje, y al ver el niño le riñó, diciendo:

—¿Por qué has hecho en sábado lo que no está permitido?

Pero Jesús, golpeando sus manos, gritó a los pajaritos:

—¡Marchaos!

Y los pájaros se fueron volando y trinando.[5]

Los judíos que lo vieron quedaron con la boca abierta, y fueron a contar a sus dirigentes lo que habían visto hacer a Jesús.

 

Los apócrifos sobre la infancia de Jesús son los que más chocan a nuestro actual sentido de la religión y el cristianismo. Es frecuente en ellos que el Niño Jesús, enfadado con algún compañero de juegos, lo mate, y aun a su padre si protesta. Intentando llegar un poco más allá del aspecto meramente chistoso del relato, podría deducirse de éste que los primeros evangelistas apócrifos consideraban los poderes sobrenaturales de Jesús como una “investidura” inherente al mismo, que él no utilizaba correctamente por estar al servicio de una mente todavía no formada.[6]

 

Contra lo que suele creerse, estos documentos no pasaron a las mazmorras de la prohibición tras los concilios de los primeros siglos definidores de la ortodoxia cristiana, sino que convivieron con los oficiales hasta el Concilio de Trento, que con su hipersensitiva defensa de la ortodoxia los apartó de la circulación, sin declararlos, empero, heréticos ni condenarlos.

De hecho, esto hubiera resultado difícil, pues los evangelios apócrifos han tenido una fuerte influencia en el pensamiento cristiano, proporcionando tradiciones complementarias a las fijadas en los documentos oficiales. Estas tradiciones han tenido y siguen teniendo fuerte arraigo en la doctrina cristiana, al punto de que resultaría hoy muy difícil expurgar ésta de aquéllas. Por citar unos pocos ejemplos, de los evangelios apócrifos proceden las tradiciones siguientes:

 

·      Considerar que san José era carpintero (en el Protosantiago lo consideran albañil). En Mt 13,55 se dice que era “artesano”.

·      La inmaculada concepción de María (Protosantiago, IV).

·      Otras tradiciones sobre María, como los nombres de sus padres (Joaquín y Ana), fiestas marianas como del 8 de septiembre (Natividad de la Virgen), etc.

·      Las leyendas sobre la avanzada edad de san José, e incluso las de que había estado casado anteriormente (lo que explicaba la incongruencia entre la virginidad de María y la existencia de los hermanos de Jesús, de los que se habla en los evangelios con la mayor naturalidad).

·      El número de los Reyes Magos (tres) y sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar.

·      Los detalles sobre la decapitación de san Juan Bautista.

·      La crucifixión de Pedro boca abajo (en un apócrifo del Antiguo Testamento, que también los hay, la Ascensión de Isaías).

·      La tradición del nacimiento de Jesús en una cueva (Protosantiago, XVIII); en Lc 2, 7-12 se habla simplemente de un “establo”. Así como la tradición sobre el buey y  la mula.

·      La leyenda sobre los dos ladrones, Dimas y Gestas.

·      Otras escenas, como la vara de san José que florece frente a la de otros pretendientes, la Virgen en su lecho mortuorio, etc., han sido recogidas abundantemente en la iconografía cristiana, por ejemplo en la basílica romana de Santa María a Mayor.

·      La búsqueda de detalle llega a extremos para nosotros increíbles, como esa verificación de la virginidad de María después del parto que hace Salomé, mediante la prueba táctil.

·      ¡Incluso han influido en otras religiones! Está demostrado que el retrato que se hace de María en la sura 19 del Corán procede el Protosantiago, y ya hemos visto que algunos evangelios gnósticos fueron usados como libros de culto por los maniqueos.

 

¿Qué motivos inspiraron el corpus apócrifo? Esta literatura nace en unos siglos de marcado pluralismo eclesial, con numerosas comunidades que, tomando por base la palabra enseñada por Jesús, deseaban profundizar en la fe por medio de la propia investigación, y una muestra de lo que hallaron por su cuenta es el notable despliegue neotestamentario apócrifo-no apócrifo, todo él digno de ser estudiado conjuntamente como expresión de un pueblo, de un momento y de una fe. Repitamos que algunos de los elementos tenidos hoy por canónicos son posteriores a otros apócrifos, e incluso las circunstancias en que algunos de los hoy considerados canónicos acabaron siéndolo (v. gr., el Evangelio de San Juan) obedecieron a pactos con determinados grupos en aras de la unidad eclesial.

Así, no es de extrañar el amplio arco teológico en que se mueven, desde leyendas ingenuas hasta relatos o enseñanzas que, si no aprobadas, sí entran en la actual ortodoxia cristiana, pasando por intentos de conciliación con doctrinas de gran fuerza en aquellos momentos, con las cuales había que competir o pactar. Por ello su propia influencia fue decisiva en la marcha de la iglesia, quien durante varios siglos vaciló hasta encontrar  su propio camino.

Por ello hoy, alejados ya de la precaución antiherética, y desligados de la propensión “mágica” de la religión, su lectura puede representar un saludable ejercicio de profundización, tanto por los creyentes como  para los simples investigadores de la doctrina que más ha influido en la especie humana.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès

                                                                                     Salou, agosto 2000



[1] También, aunque sea elemental, quizá no sea ocioso recordar que la palabra “Evangelio” significa “buena nueva” (gr. eu-aggelon), es decir, que no se refiere a biografía alguna, sino a una manifestación que se hace a los fieles sobre el cristianismo en general, no únicamente sobre la vida de Jesús.

[2] Esto podía resumir una visión de la Trinidad, como el Padre, La Madre (llamada también el Espíritu Santo) y el Hijo. Sin duda esta interpretación, tan tentadora, fue de uso común en algunas sectas en los primeros siglos hasta ser desbancada por la hoy vigente. En el Evangelio de san Pedro, que complementa con algunos detalles los sinópticos, se aprecia alguna leve diferencia: Jesús es clavado en la cruz sólo por las manos, son dos ángeles gigantescos y no uno más “humano” quienes anuncian la Resurrección, etc.

[3] Según los valentinianos, el que ha nacido de mujer y el Altísimo (demiurgo) es el Cristo Psíquico, que “pasa a través de María como el agua a través de un canal”.

[4] Los hebreos identifican el padre con Jahvé, el dios de la hebdómada planetaria, la madre del cual es Sophia Akhamot, la divinidad lapsa; el padre de los gnósticos es el Unigénito.

[5] Prefiguración de la leyenda, tantas veces repetida en la literatura piadosa, de la transformación milagrosa para ocultar algo (por ejemplo, de la musulmana santa Casilda, que llevaba comida a los cristianos cautivos; para que su padre no lo descubriera, ésta fue transformada prodigiosamente en rosas).

[6] Si esto parece chocante, recordemos que se cuenta que en nuestra Guerra Civil se dio el caso de quemar el contenido de una panadería porque un sacerdote renegado había consagrado por despecho todos los panes del establecimiento, y por  ello había que librarlos de posibles sacrilegios. Que el relato fuera cierto o no es lo de menos: obviamente, una tal concepción de los poderes del sacerdote es idéntica a la de los del Niño Jesús en las Narraciones de Tomás. Éstos formarían parte de él tan ineluctablemente, que el mismísimo Dios se vería “obligado” a encarnarse en un almacén de pan obedeciendo a los perversos designios de un traidor. Nuestra mentalidad acepta esto por vía tan chistosa como los episodios del apócrifo, pero hasta hace poco existían (y todavía existen, me consta) personas en esa línea de pensamiento.