Y VUELTA CON LOS NACIONALISMOS
Nuestro compañero José Luis Ruiz Moya, en el
mejor momento de un interesante artículo en [O-81] sobre la situación actual de
la educación, nos sorprende con una pirueta radical, y, olvidando el tema y su
tratamiento de él como psicólogo, se embarca en una visión algo alarmante del
momento politicosocial español.
Se observan sin dificultad en sus
conclusiones las huellas de la propaganda asfixiante que desde hace unos años
satura los media, especialmente los
controlados por el Estado, conque pienso que quizá sea útil aportar más puntos
de vista sobre los nacionalismos. Ciertamente el tema no es nuevo en Mensa;
hace un par de años se vivieron en su lista de correo unos debates más o menos
apasionados sobre él: siempre de actualidad, siempre de interés.
Quizá para empezar, convendría partir de un
punto en el que espero que estará de acuerdo todo el
mundo. Nacionalismos en España, lo que se dice nacionalismos, sólo hay tres: el
catalán, el vasco y el español. Los demás, surgidos de ese pintoresco “café
para todos” con que se pretendió uniformar durante la transición los distintos
sentimientos nacionales presentes en España encuadrando el país por el mismo
rasero legal, son, con todos los respetos, “nacionalismos embrionarios” en el mejor
de los casos.
Son comprensibles los recelos y temores de
José Luis referidos al caso del posible “triunfo” de los nacionalismos. A fin
de cuentas, las primeras veces que ocurrió esto fue con el nacionalismo
español, que se acogió, como era el uso en los años 1923-30, y más tarde en los
30-40, a la ideología fascista del estado totalitario para laminar, con toda la
violencia de que fue capaz, las posibles diferencias entre las “regiones” a fin
de reducirlas a un común denominador según una idea centralista, uniformadora y
autoritaria. Se cumplía así esa temor que manifiesta José Luis de que el
nacionalismo “tendía a ser una ideología de confrontación”.
Sin embargo, sería injusto negar que hay contraejemplos. Nadie discute el comportamiento
democrático de los gobiernos nacionalistas vasco y catalán durante la II
República. Y, llegada la democracia, prevaleció la idea de permitir las
diferencias entre distintos pueblos de España aunque no gustaran, y los
nacionalistas han gobernado de nuevo de forma democrática y nada confrontativa
en Cataluña y el País Vasco (eso sí, con una ínfima fracción de atribuciones
respecto a las que tuvieron los estados totalitarios españoles antes
mencionados).
Actualmente estamos asomándonos a una nueva
situación conflictiva. Hay motivos para pensar que el partido gobernante ha
interpretado su situación de poder como un mensaje del pueblo español: “Acaben
Vds. con esos nacionalismos fastidiosos”, cosa que ninguna mayoría absoluta se
había permitido pensar hasta el momento. El caso es que, sea o no cierta esa
suposición, asistimos a una espiral de confrontación dirigida desde el poder
que identifica nacionalismo con terrorismo, simplificación pavorosa que puede
costar (de hecho está costando) muy cara al país. La primera consecuencia ha
sido la aparición de una fractura social en el País
Vasco, donde dos sectores siempre existentes, pero en convivencia pacífica,
nacionalistas vascos y nacionalistas españoles, se han vuelto irreconciliables.
Continuando con las suposiciones, cabe concluir que si por ese procedimiento
logran aniquilar el nacionalismo vasco, democrático o no, siguiendo la misma
línea de confrontación les llegará más adelante el turno a CiU y otros partidos
similares.
El nacionalismo de confrontación piensa
habitualmente que remover las esencias patrias es un revulsivo infalible cuando
se trata de imponer una idea, eso sí, al precio de movilizar a unos contra
otros. Y las esencias patrias están confundidas, en la mente del gobernante
centralista, con la idea de unidad política a ultranza, (lo que no es más que
una creación del estado moderno), mientras que en la de algunos nacionalismos
periféricos tiende a ser identificada con el independentismo, otra idea surgida
al mismo tiempo que la anterior.
Es posible que ambas ideas concepciones están ancladas más en el instinto que en la reflexión. ¿Por qué no va a poder independizarse una porción del Estado si sus habitantes lo desean? ¿Y por qué no va a renunciar esa misma porción a ello si sus habitantes no lo desean? Creo que es lamentable que haya personas, en el centro o en la periferia, que no estén dispuestas siquiera a someter a diálogo la posibilidad de que una parte del país decida en su momento seguir o no seguir su propia ruta. Unas apelarán al arma devastadora que les supone la fuerza del Estado constituido, los otros pueden caer en la tentación la guerrilla urbana terrorista: en ambos casos se ha entrado en un callejón sin salida.
Los cívicos ejemplos de países como Noruega, Quebec o tantos otros que han decidido independizarse o renunciar a ello según la voluntad de sus habitantes, deberían eliminar toda duda al respecto. Lo ciertamente lamentable es la abundancia de ejemplos en que se ha aplicado y se aplica la violencia tanto para conseguir esa autodeterminación como para impedirla: la lista, en este caso, sí que sería interminable.
Barcelona, enero 2001