TURQUÍA EN LA ENCRUCIJADA
De pronto Turquía se ha puesto de moda. En la Europa tanto política como social se han formado dos partidos, el proturco (en el que estamos) y el antiturco (al parecer, en él no está nadie, pero existe). La Unión Europea ve el ingreso del país islámico con recelos, en los que bajo apariencias pueriles a veces (¿está Turquía en el “continente” europeo?) se esconden, para los antiguos otomanos, prejuicios religiosos y hasta racistas.
Visité por primera vez Turquía en 1965, en mi viaje de fin de carrera, en tiempos en que los viajes al extranjero eran difíciles y todos, especialmente los jóvenes, nos sentíamos ansiosos de comunicación con otros europeos, y abundaron las ocasiones de conversar abundantemente con otros estudiantes indígenas. Me sorprendió en ellos la frecuente insistencia en remarcar que “Turquía era un país europeo”, que me recordaba nuestro secular complejo de exclusión (“África empieza en los Pirineos…”).
En posteriores viajes he afinado lo suficiente en la historia y cultura turcas para comprender esta actitud. De hecho, España y Turquía comparten muchas analogías: ambas se hallan en un rincón europeo, y por este motivo sirven de puente entre culturas, pero a la vez suscitan dudas en cuanto a su real pertenencia a Europa. Ambas han pasado por serias crisis de identidad nacional a raíz de las pérdidas de sus imperios coloniales, que las redujeron a potencias de segundo orden, y ambas arrastran el mal secular de ver sus democracias tuteladas por el Ejército. Todavía más: en los tiempos de la guerra fría, uno y otro país jugaron a un anticomunismo exultante que rindió ciertos frutos a sus regímenes gobernantes para ser “admitidos en sociedad”, aunque no tanto como esperaban, lo cual acabó traduciéndose entre sus pueblos en un permanente sentimiento de decepción y desconfianza. Ciertamente, Turquía fue admitida en la OTAN y España pudo firmar el Pacto de Defensa Mutua con USA, pero los habitantes de ambos países adquirimos el sentimiento de haber acabado envueltos en los peligros de una guerra nuclear sin la adecuada compensación. No olvidemos que la Crisis de los Misiles de noviembre de 1962, que situó al mundo al borde la catástrofe, vino de hecho provocada por el establecimiento de cohetes nucleares estadounidenses de Turquía, desequilibrio estratégico que la URSS intentaba compensar en Cuba.
Es innegable que Turquía ha hecho unos esfuerzos sobrehumanos para pasar de simple país asiático a sociedad europea. Es sobradamente conocida la revolución de Atatürk, que, vencedor en la Guerra de Independencia turca, una vez elegido presidente impuso al país un cambio en la organización política, ¡en el alfabeto!, ¡en el vestir!, siempre acercándose al modelo de aquende los Dardanelos. Más aún, impuso un Estado laico a un país regido hasta el momento por la ley islámica. Las consecuencias de esa revolución son todavía hoy visibles, e irreversibles. Turquía es un Estado que participa en los modos occidentales, y una mirada incluso superficial revela formas de organización, de relación y hasta de imagen propias de un país europeo.
Pero esta actitud debe ser soportada por unas fuertes muletas. La primera es la constante presencia militar, siempre atenta a manifestarse en cuanto los políticos se “desmandan”, entendiendo por “desmandarse” el manifestar actitudes excesivamente izquierdistas o fundamentalistas. Sólo desde 1950, por tres veces se han adueñado los espadones del poder, y no es seguro cómo acabará la actual experiencia (elecciones de noviembre de 2002), que ha otorgado el mando a un partido semiconfesional. Paradójicamente, esta situación es fruto de una reglamentación política sin igual en el mundo, que obliga a un partido, para poder estar presente en el Parlamento, a obtener nada menos que el 10 % de los votos disponibles. En estas elecciones, algunos de los que habían llegado a gobernar en otras épocas no lejanas (como el de la Madre Patria, de Turgut Ozal) se vieron reducidos al extraparlamentarismo. Lo curioso es que los turcos —tuve ocasión de comprobarlo personalmente— ven en general bien esta situación, desconfiados ante la dificultad de gobernar un país fragmentado en micropartidos, alguno de los cuales conquista de golpe una súbita popularidad que le permite gobernar, para caer seguidamente en el casi olvido en cuanto sus votantes se desencantan. E incluso los golpes militares son bien vistos cuando acaban con la anarquía.
En suma, se trata de un país que se ha dotado de unas fuertes estructuras ademocráticas institucionales o fácticas para poder asegurar el funcionamiento de la democracia. El problema es que Europa no ve con buenos ojos esta “democracia con muletas” y quiere que las formas políticas del país respondan a un auténtico sentimiento popular.
Pero, no nos engañemos, esto tardará bastante. De hecho, Turquía continúa siendo una nación fuertemente anclada con sus tradiciones, de forma paradójica en virtud del kemalismo, que fundó la recuperación en la cohesión nacionalista del país, cimentada en hechos como la resistencia de Gallípoli o la expulsión de los italianos, que conseguiría la revocación de los acuerdos de Sèvres tras la I Guerra Mundial, y en la extensión con mano férrea del nuevo Estado a todos los confines del rincón europeo y del subcontinente asiático, sin excluir la exclusión de sus grupos sospechosos, fundamentalmente los kurdos.
Con lo cual hemos llegado a uno de los obstáculos fundamentales para el ingreso de Turquía en la UE. Es curioso constatar cómo en todos estos casos en que la comunidad internacional se permite criticar un “asunto interno”, esto revuelve las esencias más ocultas de éste. Para los turcos, las matanzas de kurdos de 1918 y de fines de los años 20 son falsedades, en todo caso fueron provocadas por hechos previos todavía más atroces, y su líder Oçalan y sus secuaces no son más que vulgares “terroristas”. Es aquí inevitable comparar este punto de vista con el que aplicamos a nuestros propios problemas, para los que solicitamos “comprensión” al resto del mundo.
Otro escollo importante es la creación en 1974 del Estado del Norte de Chipre, previa invasión de la isla como respuesta a un golpe de Estado prohelénico en la isla, hecho que sigue gozando de la aprobación turca, como demuestra que el entonces presidente de gobierno, Bülent Ecevit, sea hoy Jefe de Estado. Este episodio hay que relacionarlo con la tradicional enemistad con Grecia, Estado que tiene pendiente con Turquía seculares agravios. Como es sabido, tras la Guerra de Independencia turca, dirigida por Atatürk, los griegos fueron expulsados de las orillas egeas, lo que supuso un “retroceso” para la Enosis, aspiración griega de unificar los territorios que un día formaron la Grecia clásica. En este proceso guerrero secular, asimilable a nuestra Reconquista, cabe inscribir la tensión existente en zonas con las dos poblaciones, como es el caso de Chipre.
El caso es que Europa continúa sintiéndose en deuda cultural con Grecia y ésta ha gozado siempre de la debilidad continental (por ejemplo, la tolerancia ante el “Gobierno de los coroneles” o la admisión de Grecia en la UE mucho antes que otros países como España). Este factor ha jugado en forma de veto permanente de Grecia para la entrada de Turquía. Pero finalmente este país ha decidido jugar a fondo los privilegios que le otorga su férrea alianza con USA, lo que está dando sus frutos.
Hay más motivos para la desconfianza europea.
Hace poco estuve en un bar en Bursa (antigua capital de Turquía) donde un
espectacular mural glorificaba a Bin Laden, y fui testigo del regocijo de la concurrencia ente
su figura. De todo hay, pues.
Lo curioso es que también el europeísmo de Turquía le está causando problemas entre sus colegas islámicos, siempre recelosos de un país que ha andado por su cuenta en la historia. Gadhaffi y otros dirigentes reprochan esta “inmersión” en la “blasfema” Europa, que ven como una traición al verdadero mundo en que debiera desenvolverse Turquía. Aquí tenemos otra analogía más con España, que sacrifica, en pro de Europa, su tradicional orientación a los países hispanoamericanos, motivando las protestas de éstos cuando exige visado a sus habitantes para poder entrar en nuestro país, es decir, en Europa.
¿Cuál es el futuro de la actual situación? Creo que la UE continuará demorando el ingreso de Turquía en la UE, pero éste es seguro a medio plazo, posiblemente antes de diez años. Con ello se compensará una injusticia histórica y Europa demostrará su carencia de prejuicios religiosos, aunque también el ingreso de un país de 70 millones de habitantes con una bajísima renta per capita aumentará más la desestabilización económica que habrá empezado a padecer la Unión en cuanto ingresen en ella esa decena de países del Este de Europa. Mucha imaginación y sentido del sacrificio va a necesitar la UE para sobrevivir a esta crisis de crecimiento.
Josep M. Albaigès
Barcelona, diciembre 2002