Un plan para Cataluña-2

 

Mi anterior artículo provocó, no del todo inesperadamente, encontradas reacciones. Entre las muchas cartas que recibí, fueron directas a la papelera algunas agresivas o injuriosas; no considero a sus autores como representantes de ninguna España, salvo quizás una muy marginal, que todavía pulula (también en Cataluña tenemos esta clase de ejemplares).

 

Las cartas válidas, tanto de un lado como de otro, comentaron en sentido crítico o laudatorio mi artículo. Curiosamente, entre las catalanas, muchos me comentaban que había dado en el clavo denunciando unos problemas en español; los catalanes tenemos la no siempre acertada costumbre de escribir en catalán, es decir, para nosotros mismos. Así el asentimiento es más fácil, pero no hay que convencer al amigo, sino al oponente.

 

Otras, procedentes en general del resto de España, me hacían reproches diversos, entre ellos, que miraba sólo una parte del problema. Algunos puntos de vista se resumían en que “hubo boicot contra Cataluña, pero eso no fue más que el resultado de una actitud inamistosa de los catalanes para con España”, etc. Quizá, pero obsérvese que en mi artículo rehuí razonamientos genéricos de este tipo para centrarme en hechos y cifras concretos. Será por mi cualidad de ingeniero, pero ese 8 % no me lo ha rebatido nadie, y ahí permanece, tozudo.

 

El caso es que el artículo fue escrito en 2006, antes de una serie de acontecimientos que han incrementado notoriamente el malestar —el desapego, que diría Montilla— de los catalanes. Es inevitable referirse a la crisis de las infraestructuras, que no fue más que el estallido de una desidia centralista en invertir en Cataluña que ya se denunciaba en mi anterior artículo; la situación se estaba larvando desde hacía veinte años por lo menos, y su punto de catástrofe matemática era de esperar. Las torpezas ministeriales en la gestión del TGV (o AVE) fueron creciendo en bola de nieve y remataron en ese tan español sostenella y no enmendalla de mantener a la cabeza visible de tanto despropósito a la ministra partía pero no doblá; no hay que olvidar que Andalucía proporciona más votos a los socialistas que Cataluña, y mantener la cara ante esa región-nación-nacionalidad era más importante que calmar el cabreo catalán.

 

Y han continuado los actos en la misma línea. El PP también ha optado por declararse enemigo total de Cataluña con ese recurso de inconstitucionalidad cuyo resultado sólo puede ser funesto, tanto para españoles como para catalanes. También ahí se ha optado, por lo visto, por el “mal menor político”, en la peor acepción de la palabra.

 

Y sólo faltaba la crisis del agua para rematar la faena. Esa exhibición de particularismo peninsular ante las sequías y las amenazas de restricciones de Barcelona ha hecho preguntarse a los catalanes, atónitos, cómo es que la solidaridad sólo parece funcionar en un sentido. La nueva torpeza del ejecutivo —tratar de esconder con palabras el hecho de la captura del agua del Ebro, llámese trasvase, cesión o como se quiera—, ha aumentado las alas militantes de los que se consideran, nadie sabe por qué, los dueños del río, a la vez que sueñan con un nuevo Las Vegas, cuya sed sería más importante que la de Barcelona.

 

No vendrá mal hacer aquí un inciso. Llámese trasvase o como se quiera, el agua del Ebro no es más que el sobrante de unas concesiones a los regantes del delta que datan de los tiempos de Alfonso XIII. Cuando, en los años 70, se habló del trasvase del Ebro, muchos aragoneses se opusieron cerradamente, y algunos, más paladinamente, sugirieron que lo que había que hacer era llevar la industria barcelonesa a Zaragoza. Pero, como las concesiones de los deltas eran más antiguas, no pudieron revocarse. Entonces alguien tuvo la idea de aprovechar el agua sobrante de esa concesión para la industria de Tarragona, pagando, claro está, las obras y un canon (los catalanes estamos muy acostumbrados a pagar por cosas que en de España son gratuitas, desde las autopistas a las grandes inversiones portuarias). En fin, quien sienta curiosidad que lea mi artículo El Minitrasvase del Ebro (http://www.albaiges.com/ingenieria/minitrasvaseebro.htm).

 

En los primeros días de mayo hubo agua de ídem, llovió un poco y el fantasma de las restricciones empezó a alejarse. Nuestros vecinos, siempre atentos, exigieron enseguida que se suspendieran todas las obras del trasvase-sí-trasvase-no amenazando, si no se les hacía caso, con acudir a los tribunales. Hay que ver cuánto amor por el agua de un río que también pasa por Cataluña (un 30 % del país está situado en su cuenca). “La maté porque era mía” habrá que decir, como en la copla.

 

En fin, todo esto es descriptivo, y los datos y las cifras que se dan son objetivos; están en las hemerotecas y hasta en los tratados de geografía. Todo lo cual nos lleva una vez más al tema de partida. ¿Por qué Cataluña debe permanecer en un Estado en el que causa tantos problemas de propiedad y de convivencia? ¿No sería mejor una separación amistosa? Nada de violencias; no olvidemos la cantidad de familias mixtas, dentro y fuera de Cataluña, que no desean ser interferidas por decisiones políticas. Lo único que con ello quedaría claro es quién administra de unos fondos, de dónde salen, a dónde van a parar. Todo lo cual sigue en el limbo: ni las balanzas fiscales se publican, y al menor amago de crisis el gobierno se apresura a insinuar que los fondos de que tan necesitada está Cataluña como consecuencia de su insuficiente política de inversiones “habrán de esperar”… pero no, claro, las peonadas, las inversiones y tantas otras lancetadas con que se drena a Cataluña.

 

Lo bueno del caso es que esta situación también se previó y recuerdo haber hablado de ella hace ya al menos cinco años. Entonces España nadaba en la abundancia con los fondos de compensación intereuropeos —de los que Cataluña vio alguna migaja, al parecer—, pero, terminado este maná benéfico, y creados unos hábitos de consumo, se veía venir que alguien tendría que continuar siendo exprimido en cuanto las vacas gordas pasaran. Y, ahora como en tiempos del conde-duque de Olivares, Cataluña parecía el candidato más idóneo.

 

Por ello se hace urgente llevar a la práctica un plan, que se resumiría en lo siguiente:

 

 

En fin, ahí queda lanzado este segundo mensaje. Su propósito es el diálogo.

 

                                                                                  JMAiO, BCN, may 08