Madrid-2016

El affaire de los JJOO en Madrid-2016 me ha recordado el de la guerra de las Malvinas. Para los más jóvenes, que no la tengan presente, recordaré que la dictadura militar argentina, deseosa de distraer la atención del pueblo sobre su crisis, decidió resucitar una de esas guerras potenciales en conserva que todos los países tienen a propósito de algún territorio irredento. Las islas Malvinas (Falkland para los anglosajones), en realidad nunca habían sido poseídas por Argentina (que se limitó a hacer declaraciones formales tras la evacuación española, de la cual pasaron a Gran Bretaña por simple poblamiento). En 1982, siguiendo las órdenes del dictador y presidente de facto Leopoldo Galtieri fueron ocupadas en una operación sorpresa por las fuerzas argentinas.
El país del Plata asistió sorprendido e incrédulo a esa bofetada a la soberanía de la Gran Bretaña, pero el “patriotismo” obligaba: nadie se atrevió a criticar la disparatada operación. “Siempre con los míos, con razón o sin ella”, pareció ser el tácito lema. La situación se fue complicando, y, pese a la astronómica distancia, el Reino Unido aplastó sin misericordia la insolente iniciativa, y el caso acabó reafirmando más en su sillón a la première británica Margaret Thatcher a la vez que hundía la dictadura del país austral: Galtieri se fue a la porra, y mira por dónde, no hay mal que por bien no venga, Argentina recuperó sus instituciones democráticas.
Las comparaciones son obvias: un megalómano alcalde decide arriesgarlo todo en una operación condenada al fracaso como medio de reafirmar su maltrecho prestigio y quizá sacudirse una espinita que llevaba clavada desde el 92. Curiosamente, tanto en Chicago como en Japón las candidaturas habían sido recibidas con protestas: unos JJOO son más apropiados para países en desarrollo ansiosos de notoriedad que para los ya consagrados, capaces de imponerse a las elucubraciones de sus dirigentes. Así, no valen ni las advertencias de un gato tan viejo como Samaranch, ni la implacable lógica de la alternancia continental. Adelante con los faroles. ¿Qué va a hacer Madrid y España entera? Pues apoyarlo, claro, por “patriotismo”, como se entiende aquí y en Argentina. A fin de cuentas, igual suena la flauta. Los siguientes JJOO, en el 20, tienen ya muchos aspirantes europeos, y por lo visto un comentario de cortesía, que “la alternancia continental no era decisiva”, se usa como clavo ardiendo. Pasa el tiempo, se encaramela al pueblo, se gastan millones de euros (se dice que 600, esperemos que algún día se hagan las cuentas reales de lo que ha costado el jueguecito) y finalmente llega la previsible decepción. Crisis de nervios del depresivo Gallardón, y aplazamiento sine die de la idea.
Y ahora es tiempo de hacer examen de conciencia. ¿Ha sido lícito gastar tanto dinero, desplazar a 500 personas a gastos pagados no precisamente frugales a Copenhague para un fracaso más que previsible? Lo que sí es también previsible es que se intentará echar tierra sobre el asunto. “La intención era buena”, se dirá, y nadie pedirá cuentas de la poca prudencia de emprender una empresa tan problemática.
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Un último comentario: a mí, como catalán, me hubiera alegrado que Madrid ganara los juegos, pero tampoco dejo de respirar aliviado por la oleada de patriotería barata que nos hemos ahorrado. Y también, por qué no decirlo, de ese nuevo intento político de convertir Madrid en el único referente internacional español. Está claro que a un sector importante de nuestros políticos no les va la solución italiana, con un reparto de funciones: Roma como centro decisor, y el eje Milán-Turín como cultural y productor. No, España tiene que ser distinta, su modelo es el francés, hipercentralista. Desde el siglo XVIII, cuando por primera vez la periferia superó en población al centro, se ha esgrimido sin complejos el arma de la capitalidad para compensar todo posible centrifuguismo mediante una antinatural aglomeración demográfica en el desierto mesetario que centre y concentre todas las iniciativas ciudadanas.
Hubo un tiempo en que Barcelona jugó a ser la capital económica y cultural, pero eso no ha sido del gusto de Madrid, incluso al precio de rodearse de un cinturón rojo generador de conflictos. Las decisiones administrativas han ido siempre hacia la concentración, en perjuicio de las otras ciudades. ¿Hay que diseñar un sistema de ferrocarriles, de transportes aéreos? Madrid será su indiscutible eje, y a poner a los restantes en su lugar se ha dicho. ¿Que hay una colección de pinturas o esculturas, un fondo documental, un templo egipcio pagado por todos los españoles? A Madrid, faltaría más. ¿Qué hay que racionalizar el sistema bursátil? Bolsa única en Madrid, claro, y desaparición de las demás. ¿Deben instalarse industrias extranjeras en el país? Las gestiones se resuelven desde Madrid, no hay que decir en qué dirección. Madrid tiende a ser el sumidero de toda actividad, desde el mapa de aeropuertos hasta el diseño de la alta velocidad, incluso de la captación de las actividades culturales mediante las oportunas decisiones administrativas al servicio de una política que fija en el gran Madrid la realización de un tipo de España unitaria como dominador de las restantes ciudades periféricas, desde Barcelona hasta Lisboa, a las que se asigna la misión de competir entre ellas. ¿Puede asombrar, en estas condiciones, que cada día ganen más fuerza los movimientos independentistas? Portugal lo consiguió hace tres siglos. Otros están pugnando en una batalla que se ganará a la larga.
Y es que no hay separatistas, sino separadores.
Josep M. Albaigès, BCN, oct 09