LAS GUERRAS EN CONSERVA

 

Estos días veraniegos en que se ha visto la negativa portuguesa a las reparaciones de un puente que separaba Olivenza de nuestro vecino Estado, han constituido para muchos una sorpresa: descubrir, a poco que hayan querido leer entre líneas en la pacata prensa española, que los portugueses tienen también “su Gibraltar”, esa porción de terreno que les fue arrebatada en 1801, en la famosa “Guerra de las Naranjas”, una ridícula marcha de salón con la que Godoy, el amante de la reina María Luisa (hablamos de él hace unos meses en otro artículo) pretendió cubrirse de laureles ante el bobalicón Carlos IV y la corte en general. Hasta hace bien poco se hablaba todavía portugués en esa zona.

En la actual organización política mundial, formada por Estados de fronteras definidas en la mayoría de los casos por razones arbitrarias o de poder más que naturales o de convenio, son muy frecuentes las tensiones generadas por la adscripción de muchos grupos humanos a algún Estado en el que no se encuentran a gusto. Los ejemplos, empezando por nuestra propia casa, son numerosos.

Esto, con ser un inconveniente, puede en ocasiones tener sus “ventajas”, especialmente para los Estados dotados de cierta agresividad. Pues estas tensiones, cuando están contenidas en un Estado vecino, son la excusa formal para el mantenimiento de una situación más o menos declarada, que puede estallar en guerra “patriótica” si las necesidades lo exigen (entiéndase como “necesidades” la desviación de la atención doméstica fuera de las cuestiones de política interna).

Puede ser entretenido pasar revista a unos cuantos casos, de forma ni mucho menos exhaustiva.

Los no tan jóvenes recordarán la Guerra de las Malvinas de 1982, con que el dictador argentino de turno, coronel Galtieri, pretendió distraer la atención de su país ante la grave situación del país, sometido a una acorralada dictadura. Las islas Malvinas (Falkland en los mapas anglosajones) son reclamadas insistentemente por Argentina pese a que nunca han sido de su soberanía, sino únicamente de España en los tiempos coloniales. Un buen día de 1982 las tropas argentinas ocuparon las islas, británicas desde el siglo XVIII (un caso similar a Gibraltar), pero la ceñuda determinación de la llamada entonces “dama de Hierro”, señora Thatcher, primera ministra inglesa, terminó con la defensa de los argentinos, pese al heroísmo desplegado por sus pilotos en el bombardeo de las unidades marinas británicas. Es curioso que en 1981, diecinueve años después, se decidiera al fin pasar página al bochornoso episodio con una visita de Blair al país austral.

Más reciente y asequible al recuerdo de muchos está la invasión de Kuwait por Irak, que desencadenó la guerra del Golfo (1991). De hecho, las fronteras de los países del Oriente Próximo habían sido definidas, casi a golpe de escuadra y cartabón, al fin de la I Guerra Mundial como recompensa por la ayuda prestada a las potencias vencedoras por algunas tribus camelleras del desierto. De esa forma surgieron países definidos mediante líneas geodésicas. A fin de cuentas, ¿qué valían unos granos de arena? Pero el inesperado interés económico surgido del petróleo estimuló las ambiciones de sus vecinos que hicieron valer sus ”derechos”, reclamados desde mucho antes en razón de vagos parentescos entre los antiguos jefes de tribu. La consecuencia de la guerra es bien sabida: el derrotado Irak sufriría, hasta la reciente invasión estadounidense, el embargo económico (aunque no, desde luego, sus dirigentes), mientras la comunidad internacional consentía que Saddam Hussein formara parte de la nómina de “dictadores distinguidos” que se libraban de ese acoso internacional, en otras ocasiones tan activo.

El estado de Cachemira fue adjudicado, en la partición del subcontinente indio de 1947, a la Unión India en perjuicio de Pakistán (pues los dos tercios de sus habitantes eran de religión musulmana) sólo porque su maharajá lo decidió así. Esta “guerra en conserva” ha pasado en varias ocasiones a “guerra efectiva”, y los encuentros armados entre los dos vecinos Estados se han sucedido desde aquel momento, fomentando además una carrera de armamentos (incluido el atómico) de imprevisible final.

¿Qué decir de nuestro Gibraltar? Cuando Isabel II accedió al trono (1952), emprendió un viaje alrededor el mundo, una de cuya previstas escalas era España. Ante la intención del gobierno de Franco de reafirmar los valores patrios mediante algún feo a la reina, ésta decidió abstenerse de tocar nuestro suelo. Y mientras tanto la colonia (ahora Dominio) sigue ahí, aunque todo lo que pueda decirse de ella es repercutible a Ceuta y Melilla. En ambos casos, la fuerza de gravitación geopolítica debe acabar reintegrándolas a sus estados naturales (España y Marruecos, respectivamente), pero mientras tanto nadie sabe qué puede ocurrir.

Los kurdos están repartidos entre varios estados: Turquía, Irán e Irak. Nadie ignora la matanza de kurdos a principios del siglo XX, pero menos conocida es la que éstos habían perpetrado contra los armenios un poco antes. De todos los casos vistos, éste es quizás el más difícil, puesto que la nación kurda no tiene todavía Estado, y la comunidad internacional se ha despreocupado totalmente de su suerte. De vez en cuando algún caso sonado, como el de Oçalan, nos recuerda la existencia de ese desgraciado país, pero ninguno de sus Estados ocupantes está dispuesto a admitir su virtualidad propia.

Pasemos página, pero vayamos un poco más aprisa. Venezuela tiene en reclamación permanente la llamada “Guayana Esequiba”, extenso territorio hoy asignado oficialmente a la vecina Guyana. El territorio supone más de la mitad de la extensión de este último. Y similar es el terreno en disputa entre Ecuador y Perú, que ya provocó en 1981 un enfrentamiento militar, resuelto por la OEA. Hace pocos años se firmó un “fin definitivo de las hostilidades”, testimoniado nada menos que por Juan Carlos I. Pero ya veremos qué ocurre en el futuro.

Y dejémoslo ya por hoy. Las guerras enlatadas constituyen una de las mejores muestras de hipocresía política, pues generalmente los Estados las repudiarán en principio, temerosos de que el ejemplo trascienda a su propia casa, pero su imprudencia los llevará a manifestar simpatías, cuando no a apoyar, incluso bélicamente, las reclamaciones de otros en el mismo tema si de ellas puede derivarse algún interés político. La política española simpatizó con Argentina en las Malvinas y simpatiza con los árabes en Israel, pero seguro que vería con muy malos ojos que Portugal se lanzara a una reclamación en regla sobre Olivenza. La Historia es la Historia, parece ser el lema en algunas ocasiones, pero en otras prevalece el “sagrado derecho de los pueblos”. En fin.

Y terminemos con una noticia más pintoresca: poco sabido es que España y Andorra ¡tienen un contencioso en sus fronteras1 Un sector de bosque poco accesible de 1 km2 de extensión es reclamado por cada parte, y figura en los respectivos mapas como propio. Pero estamos seguros de que, en este caso, la sangre no va a llegar al río.

 

 

                                                                                     Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                     Salou, agosto 2001