LOS
ESTADOS PARÁSITOS
Un Estado supone un
determinado dominio o soberanía sobre una población y un territorio. Los
teóricos políticos añadirán a esa definición básica toda la carga de
intencionalidad que deseen (el Estado como forma jurídica de la patria, ésta
como unidad de destino, etc.), pero lo esencial en la idea de Estado es lo
dicho. Ni más ni menos.
Sin embargo, el mundo ofrece
abundantes ejemplos de “Estados” que sólo a duras penas nos plegamos a admitir
como tales en el concierto universal. ¿De verdad son Estados Andorra, Lichtentstein, Gibraltar? Sólo el moderno deseo de no
incitar tentaciones imperialistas puede explicar la existencia de tales
miniaturas inviables.
Quizá convenga justificar la
palabra “inviables”. Aunque no esté contenida en la anterior definición de
Estado, resulta obvio que éste debe constituir, en cierta manera, una unidad
más o menos autosuficiente para poder garantizar a sus súbditos unas mínimas
cualidades de comodidad, seguridad e independencia. No se trata de llegar a la autarquía,
concepto ya bien superado, pero sí a posibilitar un razonable grado de
personalidad y autonomía efectivas.
El Estado moderno ha
devenido un ente suficientemente complejo como para necesitar de una serie de
instituciones a través de las cuales puedan sus súbditos alcanzar una vida y un
desarrollo dignos. Un Estado necesita de universidades, medios de transporte,
hospitales, ejército, policía y en general una red administrativa capaz de
asegurar a sus habitantes la eficaz prestación de unos servicios.
¿Cumple con todos estos
requisitos un Estado de tamaño minúsculo? Obviamente, no. Un territorio mínimo
como San Marino, por ejemplo, no puede proporcionar a sus escasos súbditos los
servicios sanitarios, culturales, industriales o de otro tipo que éstos van a
precisar, y el resultado será una efectiva dependencia en esos terrenos de sus
vecinos más poderosos. Que esta independencia puede mantenerse por razones
históricas, por la “bondad” de esos vecinos o por la garantía de la ONU es lo
de menos: sus habitantes precisarán inexcusablemente estar recurriendo de forma
continua a otros Estados mayores para posibilitar su supervivencia.
Con lo cual se llega pronto
a una cuestión decisiva: ¿Quién pagará estos servicios? Un Estado grande los
financiará en base a su sistema impositivo, pero no ocurrirá así con un Estado
liliputiense. Obviamente, matricularse en una Universidad (al menos en Europa) no
supone contribuir, ni siquiera de forma proporcional (pues éstas suele ser
deficitarias) al servicio que con ello se recibe. Circular por una carretera no
supone haber pagado ni en una mínima parte su construcción. El súbdito francés
que recorre España en su automóvil consume una parte de la inversión española
realizada en carreteras, pero ésta se verá compensada, en una mayor o menor
parte, por el consumo de los ciudadanos españoles visitando Francia. O, en todo
caso, a través del precio de los productos que el francés comprará en España,
nuestro país se resarcirá del consumo que nuestro visitante habrá hecho de nuestras
infraestructuras.
Nada de eso es cierto en el
caso del monegasco que visita Francia u otro país. El súbdito de ese país de
opereta que sale fuera de sus fronteras se limitará a utilizar gratuitamente lo
que sus vecinos habrán construido. De paso, esto provocará un chusco efecto: al
no precisar estar gravado con los impuestos que paga un francés, el monegasco
podrá disfrutar de un mayor nivel de vida. Más aún, podrá implantar en su país
un sistema de leyes que no serían permisibles en Francia, y que de hecho
constituirán una competencia desleal para con el país que les permite existir.
Podrá establecer comercios más baratos al no pagarse en ellos IVA ni otros
impuestos, podrá implantar casinos de juego, quizás prohibidos en Francia, o
establecer cuentas numeradas en sus bancos, que esquivarán los impuestos que en
Francia pagarían, o vivir de actividades no productivas, sólo posibles gracias
a su especial situación, desde la emisión de series de sellos hasta la
deliberada alimentación de noticias de la prensa amarilla o del corazón. Estas
situaciones persistirán, perjudicando en el fondo a sus estados “nodrizas”, y
persistirán en tanto éstas lo consientan.
Pongamos un ejemplo, hoy
casi olvidado: hacia los años 50 se establecieron en Andorra algunas compañías
de transportes que operaban en la vecina provincia de Lleida. Las ventajas eran
obvias: los camiones de esas empresas eran más baratos (al ser comprados en
Andorra, ahorraban los impuestos de lujo y matriculación vigentes en España),
los carburantes utilizados, que se repostaban en Andorra, eran también más
económicos, los impuestos pagados a su Estado eran bajos o nulos. La
consecuencia fue inmediata: las compañías de transportes leridanas entraron en
crisis. No podían soportar la desleal competencia que se les hacía desde el
minúsculo Estado pirenaico.
Las protestas no se hicieron
esperar, y fueron transmitidas al Consell Andorrà. Pero éste prefirió ignorarlas. El tiempo
transcurría, y las empresas leridanas clamaban más y más por una solución. ¿Qué
hacer?
La “solución” aplicada fue
sólo posible en el seno de un Estado franquista. Un buen día el gobernador
civil de Lleida, ignoro si con o sin permiso de Madrid, cerró la frontera con
Andorra. ¡Imaginemos una situación similar hoy! Pero en aquella época las cosas
eran distintas. Los días transcurrieron, la situación se invirtió y Andorra,
privada de los compradores procedentes de España, entró pronto en crisis.
Finalmente, tras unos meses, se llegó a un acuerdo, la frontera fue reabierta y
el casi arruinado comercio andorrano pudo al fin abrir sus puertas de nuevo.
Un episodio similar se vivió más recientemente, cuando en 1968 nuestro Estado, todavía franquista, cerró la frontera con Gibraltar, harto del contrabando que desde allí castigaba la vida económica española. También la situación duró unos años, pero la llegada del gobierno socialista terminó con el cierre. Obviamente, no era nada favorecedor para España el mantenimiento de una frontera cerrada, en el mejor estilo de Berlín. Nuevamente las presiones internacionales han impuesto la tolerancia de un microestado cuya principal “actividad” es vivir a costa de su vecino.
¿Son lógicas estas
situaciones? Independientemente de todo lo expuesto, se opone a la existencia
de esos enclaves un razón más poderosa, si cabe: la
geopolítica. ¿Puede tolerar un gran país la existencia de un Estado menudo,
dotado de plena soberanía, que puede utilizar para actividades que perjudican
al gran vecino? Y digo “tolerar” no en sentido moral ni de Derecho más o menos
internacional, sino puramente fáctico. Los equilibrios geopolíticos se
establecen a través de la delimitación de fronteras de influencia de los
Estados, motivadas por razones históricas, de distancia y, naturalmente,
étnicas y nacionalistas. En ese proceso las entidades menores son
irremisiblemente arrastradas, y la perviviencia de
algunas por excepción histórica resulta cada vez más incongruente. En
determinados casos (Gibraltar por ejemplo) se ha aducido la “voluntad” de sus
ciudadanos, expresada en referéndums o como sea.
Pero, ¿es válido incluso esto? ¿Se iba a conceder la independencia a Villacascajos de Arriba sólo porque sus habitantes lo
desearan? Las fuertes razones de equilibrio geopolítico pesan más incluso que
la voluntad de las personas, y la actual organización política mundial arrastra
inevitablemente a las entidades menores, incapaces de imponer esa voluntad. Sin
duda algunos lo lamentarán, pero las cosas son así. Qué le vamos a hacer.
Josep
M. Albaigès i Olivart
Salou, agosto 2001