LA TOPONIMIA, CIENCIA DEL
ESPACIO
(Prólogo de la ENCICLOPEDIA
DE LOS TOPÓNIMOS ESPAÑOLES, por Josep Maria Albaigès i Olivart, Ed. Planeta)
¿Qué es lo que dura más? Cuando los humanos, tan envanecidamente deseosos de la inmortalidad, deseamos perpetuar nuestra memoria o la de lo que nos afecta, utilizamos el papel, la tela de los cuadros, y sobre todo la piedra. Cuadros, libros, placas, lápidas, esculturas, monumentos, templos, megalitos nos ofrecen el patético recuerdo de quienes, tan conscientes como pesarosos de su finitud terrena, desearon que la posteridad recordara un hecho, un personaje, un lugar.
Pero hay algo más duradero que la piedra, que un cuadro, que un libro, incluso que la memoria humana misma. Es el nombre de una cosa, esa segunda y definitiva existencia que, como narra la Biblia, Adán daba a los seres, incorporándolos al mundo humano, el que verdaderamente cuenta. El nombre, que saltando de generación en generación vive en sus hablantes, preservando del olvido ese mágico instante en que la cosa obtuvo verdadero ser.
Y dentro de la palabra ocupa un lugar especial el topónimo, que inicialmente emanado del común para ser aplicado a un lugar concreto, va siendo trabajado a su modo por cada generación, que lo transformará, pulirá y construirá su propia versión para uso de la siguiente. Pueblos que pasan a habitar los mismos lugares recogen el nombre de éstos, y con el paso de los siglos, extinguido su significado primigenio, transmiten fascinantes mensajes desde generaciones traspapeladas de la memoria actual, en lenguas ya incluso desaparecidas, permaneciendo a menudo como un orgulloso misterio que hay que saber descifrar. En algún idioma hoy perdido, la banal palabra "agua" fue ibar, y con este nombre sus hablantes designaron la mayor masa líquida para ellos imaginable, el Ebro. Llegaron luego nuevas avalanchas humanas, oyeron que ese gran río, el enésimo visto por ellos, era el Ibar, y llamaron Ibaria a la tierra que regaba. El germen ya estaba lanzado, y el nombre Iberia, saltando a través de los milenios, ha sido adscrito a lugares, a continentes en los que nunca soñaron sus primeros creadores, pasando a designar escenarios muchos más vastos que los regados por el río: desde la totalidad de la península Ibérica se ha extendido a lugares tan alejados como Iberoamérica, a distancias de vértigo.
Mas, paralelamente, los descendientes de los primitivos ribereños siguen usando la palabra, puliéndola y hallándole nuevos usos. Si el río es ibar, ¿qué más natural que extender el calificativo al valle que lo contiene? Y del valle pasará a todos los valles, a las casas construidas en éstos, a las poblaciones surgidas alrededor de esas primitivas casas, a los habitantes de esos lugares. Algunos de esos habitantes se llamarán Bolibar o Bolívar (“molino en el valle”), y emigrados a América, difundirán allí nuevamente su nombre y apellido, que recaerá sobre un presidente americano. Aparecerán poblaciones (Ciudad Bolívar) y aun países con este nombre (Bolivia), y de este suerte el trasiego del nombre de lugar al de persona sigue perpetuándose como en un emocionante partido de tenis.
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Hay quien va por el campo cazando perdices o conejos; otros cazamos topónimos. El placer de descubrirlos, examinarlos y desentrañarlos es algo de lo que no se puede prescindir en cuanto se ha catado. No por habitual es intelectualmente menos pasmoso que algo tan nuestro, cotidiano e inmutable como los nombres de los lugares que nos rodean pasen inadvertidos a nuestra misma interpretación. Ser consciente de esta paradoja y aplicarse en eliminarla es todo uno.
Cada día nos ofrece variadas ocasiones para ello. Va uno por la carretera y el rótulo de un cercano pueblo señala Fuenteheridos. ¿Qué se esconderá tras ese nombre? La imaginación empieza a trabajar, y generalmente lo hace por la línea más fácil. Lo primero que surge a la mente es lo que ya los naturales del lugar habrán hecho, la llamada etimología popular. Los habitantes de un paraje, dotados de una natural curiosidad, intentan conjeturar el origen del vocablo, y para ello recurren a parecidos, analogías e incluso anécdotas que aparecen y se tejen con gran facilidad, llenando los huecos de una tupida malla que acaba siendo una magnífica historia. Pronto se hablará de un caballero que junto a la fuente hirió a unos sarracenos, relato que en pocas generaciones aparecerá unido al topónimo mismo como explicación de su esencia.
Cuando en otro momento es Vinaixa la placa viaria que suscita nuestra curiosidad y poco después otra anuncia Vimbodí, quien conozca el catalán quizá concluya que aquélla es tierra de vino (catalán vi). Alguno, más perspicaz, observará que las sílabas finales de Vinaixa, se parecen mucho a atxa, “azadón”, y elaborará un pintoresco romance en el que se mezclan el vino y las azadas: de hecho, alguien recogió esta historia en el mismo escudo municipal del lugar.
Pero el experto, provisto de herramientas más potentes, y, sobre todo, de un repertorio más extenso de topónimos, relacionará estos dos con otros similares, investigando si es preciso en el léxico de otras lenguas. No dejará de recordar la cantidad de pueblos que en el País Valenciano empiezan con Bin- o Beni- (Benicássim, Benicarló, Benidorm, Beniatjar y tantos otros), y concluirá que no puede ser casual la repetición de tanto prefijo idéntico. Sus averiguaciones le llevarán por el camino del árabe, donde Ben significa “hijo”, y averiguará que en la cultura agarena una forma muy habitual de formar nombres de persona era Ibn- o Beni-, “hijo de…”, de la misma forma que nosotros perpetuamos el nombre de nuestro padre con una partícula de igual función, -ez, en este caso pospuesta al nombre: Pérez (hijo de Pedro), Rodríguez (hijo de Rodrigo), Suárez (hijo de Suero). Y, nada más revisar los onomásticos árabes, tendrá por fin la clave del apellido: Ben Aixa, “hijo de Aixa”. Si se molesta en estudiar los registros civiles de la zona, hallará que en ella muchas personas se apellidan todavía Botí, ciertamente un nombre árabe. Y esto le dará la clave de Vimbodí, “hijo de Botí”, con las ligeras variaciones que los hábitos articulatorios imponen a lo largo del tiempo: en este caso, cambio de la n por m por ir antepuesta a la consonante b.
Acabamos de ver como en un ejemplo tan simple se combinan diferentes instrumentos necesarios para el análisis de un topónimo: su relación con otros, el conocimiento de lenguas, los hábitos de formación de nombres personales e incluso una familiarización con las circunstancias locales. El trabajo del investigador de laboratorio que desde su despacho intenta extraer conclusiones sobre un lugar sin tomarse la molestia de visitarlo está condenado al fracaso.
Acabamos de citar otro instrumento de alcance local: los hábitos articulatorios de la zona, decisivos a la hora de investigar una palabra y su posible procedencia. Las vocales largas o y e del latín son deformadas habitualmente en castellano a ue o ie, respectivamente. Estará claro que una Huesca debe proceder de una Osca, como un suelo procede de un solis. El conocimiento de la evolución de la lengua es decisivo, pero su estudio no se limitará a las españolas. Ante un pueblo como Polop, tanto tiempo habitado por mozárabes, deberá saber que en árabe no existe la p. Tendrá que recurrir a un largo camino. El latín populus, “chopo”, por inversión pasa a Polopulus. Relajada la consonante y suprimido el final se llega finalmente a Polop. Observemos que otro proceso, entre otros hablantes con distintos hábitos, produjo Plopus, y el grupo pl Acaba en ch. Todavía en otros lugares la misma componente produce Populetum, “lugar poblado de chopos”, que fácilmente evoluciona a Poblet, el famoso monasterio, que algunos creen que se refiere a un “pueblecito”. En fin, el conocido castillo de Púbol, refugio del pintor Dalí y su esposa Gala, tiene el mismo origen.
Pero todo esto son especulaciones, en definitiva similares a las del etimologista popular, si bien a un nivel más elevado en la espira. El elemento básico es la documentación antigua. Una legión de eruditos están sometiendo a revisión desde hace siglos cuantas escrituras, censos y demás documentos medievales aparecen en antiguos desvanes, archivos y bibliotecas para listar en ellos todos los nombres propios de lugares. Y las indicaciones que estos datos sueltos y desperdigados pueden proporcionar, sometidos a un proceso de ordenación serán preciosas. Todavía estamos en la fase inicial del proceso, que no culminará hasta el final de un largo análisis, obra de un ejército de estudiosos.
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Establezcamos las inevitables definiciones. Un topónimo, término derivado del griego topos, “lugar”, y onoma, “nombre” es toda palabra aplicada para designar un lugar, paraje, ciudad, río, accidente geográfico o en general cualquier lugar que se desee singularizar. El proceso se aplicará, en el caso más corriente, definiendo el sitio por sus características físicas, hablando así de un río Rubricatus, o sea “rojo”, por el color de sus aguas. Posteriores evoluciones llevarán esta palabra a Lubricatus, a Lubrigatus y Llobregat. De esta forma el nombre propio emana del común, haciéndose adjetivo abstracto.
En otras ocasiones prevalecerá la costumbre, tan antigua como el hombre, de halagar la vanidad de los gobernantes, y una ciudad será llamada Caesar Augusta en honor a Julio César. Nueva evolución, y la ciudad acaba en nuestra actual Zaragoza. En fin, a menudo se aludirá a una circunstancia anecdótica o histórica, y de esa forma un campamento romano, llamado Legionum, pasará al actual León.
Pero ese acto de singularización es relativo, referido a los que van a utilizar el topónimo: cuanto más reducido sea ese ámbito, mayor será la frecuencia con que aquél tenderá a repetirse. Si el bien elocuente Monteagudo identifica una cumbre sin dudas para los habitantes de una comarca, nada preocupará a éstos que los de otra situada a cincuenta leguas usen el mismo para referirse a otro punto de parecidas características. En ocasiones, esa insuficiente singularización puede precisar una nueva resingularización, y así las incontables Villanuevas, Villafrancas o Riba-rojas presentes en nuestra geografía necesitarán apellido para poder ser distinguidas, especialmente cuando la ampliación del horizonte geográfico de los usuarios lo hace inevitable. Esas características del lugar, etiquetadas en sus denominaciones, deben ser complementadas con nuevas cualidades por excesivamente frecuentes.
Incluso a menudo la repetición es consciente, como ocurre con las Barcelona, Madrid, Toledo, Guadalajara o tantas otras ciudades repetidas en el Nuevo Mundo e incluso, aunque sea menos conocido, en el Viejo. El grado máximo de esa repetición sobreviene cuando el topónimo se transforma en un nombre común, cerrando el círculo iniciado a su partida. Mucha gente ignora que los meandros de un río proceden del río turco Meandro, arquetipo de tales fenómenos, o que hablar del averno es referirse a un antiguo río de la antigüedad clásica, que conducía a las regiones infernales. Baiae, famosa estación estival de los romanos, se generalizó para designar cualquier lugar de descanso poblado de lagos: "lugar de baños", e incluso "sala de baños", y ha dado nombre a la comarca catalana del Bages.
Este proceso llega a su expresión más curiosa con el tautotopónimo. Decir “desierto del Sáhara” es una repetición, pues Sahara significa precisamente “desierto”. Este fenómeno es frecuente cuando, aplicado sin mayores calificativos por sus iniciales usuarios, para los que el significado era meridiano, pasa a otros que conocen otros desiertos pero no la lengua de sus antecesores, y así acaban hablando del “desierto del Sahara”, como del “valle de Arán” (valle del valle), del “puente de Alcántara” (puente del puente) o tantos y tantos otros términos, la variedad de los cuales es uno de los mayores atractivos del presente diccionario.
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De todos modos, no siempre la investigación sigue unos caminos tan fáciles como los de estos ejemplos. Una parte muy considerable de nuestros topónimos proceden de lenguas anteriores al latín, de las que apenas queda historia y conocimiento, y sobre ellos poco puede hacerse más que emitir hipótesis. ¿No es fascinante la frecuencia con que se repiten nombres como Segobriga, que hallamos en Segovia, Segoyuela, Saelices y Segorbe? ¿O Iluro, presente en Mataró, Álora, Alhaurín, Lleida e incluso en la francesa Oloron? En unos casos parece que la terminación -briga, asociada a otros nombres de ciudades, cabe conjeturarla como equivalente a “poblado”, pero en otros, en coincidencia con Iluro, hay que asociarlo a “altura”, cosa que encaja con la situación de los primitivos poblamientos en sitios elevados, adecuados para la defensa.
Podríamos multiplicar los prefijos y sufijos enigmáticos, como -ona (“¿poblado, ciudad?”), presente en bastantes poblaciones catalanas (Barcelona, Tarragona, Gerona, Badalona, Solsona, Cardona) pero también en zonas más alejadas, como Sasamón. O bien -iego, que hallamos en Álava (Elciego, Samaniego), la aragonesa -ena (Sijena, Sariñena, Cariñena) y muchas más. Es de prever que jamás podrá dilucidarse del todo el significado primigenio de la mayoría.
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Nos hemos asomado ya a un fenómeno omnipresente en el mundo de la toponimia: el constante flujo y reflujo de unos a otros campos lingüísticos, particularmente el de la antroponimia. Un antropónimo (del griego anthropos, “hombre”) es toda palabra que designa una persona concreta. Cabe hacer aquí, aumentadas, las mismas digresiones sobre su repetición que vimos en los topónimos: el José bíblico acaba siendo el nombre de pila del 25 % de los españoles, y la María, madre de Dios, del 50 % de nuestras mujeres. Tal abundancia repercute inevitablemente en la toponimia. Incontables nombres de lugar proceden de alguna persona relacionada con él por fundación, historia, dedicación o mera anécdota. Varios estados mundiales soberanos llevan el nombre de una persona (las islas Filipinas, por Felipe II, Bolivia por el libertador Simón Bolívar, Colombia por el descubridor Cristóbal Colón, &c.). Pues, ¿que no ocurrirá con los topónimos menudos, los más próximos a nuestra vida? Pensemos en las ciudades de San Sebastián o Pamplona (Pompaelo, por el general romano), e incluso los pueblos de Miguelturra o Constantina. Infinidad de poblaciones recuerdan una persona, y en América este fenómeno es omnipresente.
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Antes hemos comprobado la circunspección que hay que mantener con los llamados “falsos amigos”: ni Poblet viene de “pueblecito”, ni en Fuenteheridos resultó lastimado nadie, ni en Hiendelaencina ningún rayo hendió ninguna encina. Esos miles de palabras que parecen sugerir directamente su significado son esculpidas por sus mismos usuarios a lo largo del tiempo en dirección hacia sus presuntos referentes, y esa no confesada aspiración llega a modificar su fonética para aproximarlos. Cuando los españoles llegaron a México hallaron una ciudad llamada Quaugnáhuac, “lindero del bosque”, palabra muy difícil de pronunciar. Pero, ¡oh, fortuna!, ésta sonaba a cosas más conocidas: ¿qué más intuitivo que transformarla en Cuernavaca? Y así persiste el pintoresco nombre de la pujante ciudad mexicana. En España tenemos ejemplos no menos contundentes: ya hemos visto que León nada tiene que ver con el animal, sino que procede del latín Legionum, ni el pueblo de Oliva con la planta oleícola, sino que es derivación de un nombre bereber parecido, Awriba.
Los parecidos físicos del nombre con un objeto concreto incluso llegan inspirar, aparte de leyendas e historias, simbologías y escudos. ¿Quién no ha visto el cisne de Cisneros, el león de la ciudad homónima que acabamos de comentar y otros muchísimos esparcidos por innumerables pueblos españoles? A mediados del siglo pasado, cuando una orden ministerial fijó la obligatoriedad de disponer de un sello municipal en cada ayuntamiento, las fantasías a veces delirantes de los encargados de su realización, no expertos en heráldica ni en historia ni en lingüística, llevaron a cometer pintorescos disparates, la mayoría de los cuales campean todavía en los escudos municipales: un pueblo llamado Alcanó (del nombre personal árabe al-Qannún) luce un cañón en su escudo (catalán el canó), otro llamado Arbeca (árabe are- becc-a, “la punta”) exhibe un animal con un gran pico (cat. bec), y Lopera (del latín luparia, “guarida de lobos”), dos lobos y una pera.
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Pero los topónimos no se limitan a nacer y transformarse. También, como cualquier ser vivo, desaparecen y son sustituidos por otros, y a veces incluso resucitan. El antiguo Morvedre pasó, por la voluntad de sus habitantes, a Sagunt, e Illiberis se transformó, andando el tiempo, en Granada. Iruña se convirtió en Pamplona pero vuelve a ser hoy Iruña, y una población como Bayona recobró su ya olvidado nombre romano de Titulcia para evitar ingratos recuerdos en su distinguido huésped Fernando VII, que había estado prisionero en la población francesa homónima.
El ajuste geográfico es una fuente constante de cambio de topónimos, especialmente nombres de población. En cuanto el Servicio de Correos fue extendido a toda la Península se hizo necesaria la precisión en ciertos apelativos, como Priego de Córdoba o Artesa de Lleida en poblaciones que hubieran podido confundirse con otras de nombre coincidente. Ello acarreó, curiosamente, algunos cambios de nombre. Así, Solana de Béjar es Solana de Ávila desde 1979. Pero, curiosamente, en Salamanca permanece Guijo de Ávila, y en Ávila, San Bartolomé de Béjar. No hablemos de algunos casos históricos, como Molina de Aragón, que desde hace siglos pertenece a Castilla, o Petilla de Aragón, enclave navarro. A nivel comarcal, ocurren cosas parecidas. Bellcaire d’Urgell está en la comarca de la Noguera, Cassà de la Selva en la del Gironès, y les Borges d’Urgell tuvo que cambiar su nombre a les Borges Blanques tanto para evitar la confusión con les Borges del Camp como para adaptarse a su nueva realidad comarcal, que es ahora les Garrigues, no el Urgell.
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Los topónimos, antes lo hemos dicho, son siempre singularización de algún rasgo distintivo del lugar. En el caso de los de población, figuran como más frecuentes:
· Accidente natural del terreno: montaña, río , cordillera, mar, llanura, valle, fuente…
· Fenómeno natural de la vegetación: bosque, matorral, arbusto, calvero, plantación.
· Antropónimo, usualmente el propietario de alguna finca.
· Hecho histórico determinado: batalla, reunión, campamento.
En cuanto al origen lingüístico, en los topónimos españoles se dan fundamentalmente estas variedades:
· Prerromano. Entre éstos ocupan lugar especial los ibéricos, aunque no es siempre fácil encasillarlos como tales, vista la variedad de lenguas del dominio indoeuropeo que rechazan este calificativo en el sentido con que lo concebimos hoy. Salpican toda la geografía hispana, pero si incluimos en ellos los vascos (tema fuertemente discutido), su dominio se extendería fundamentalmente por la cornisa norte de la península, incluidos los valles pirenaicos, donde la penetración romana fue menos intensa.
· Latino. Constituye la base la la toponimia, especialmente si incluimos en dichos nombres los expresados directamente en las lenguas españolas derivadas. Particularmente, son la mayoría en las Castillas, Aragón y Extremadura.
· Germánico. Presente especialmente a través de antropónimos, especialmente en la Catalunya Vieja.
· Árabe. Aparecen en toda la zona ocupada por la dominación sarracena, pero muy especialmente en las zonas de más marcada presencia de esta cultura, como el litoral valenciano, Andalucía y algunas zonas castellanas.
Dentro de estos orígenes, la evolución pude haberse realizado a través de cualquiera de las lenguas o dialectos españoles, persistentes o extinguidos. Son numerosas las palabras acotables a los dialectos leonés, bable o andaluz.
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Quizás el mayor encanto en el estudio de los topónimos radique en las frecuentes etimologías populares, ya comentadas. Los habitantes de un paraje, dotados de una natural curiosidad, intentan conjeturar el origen del vocablo, y para ello recurren a parecidos, analogías e incluso historias que surgen y crecen con gran facilidad, llenando los huecos de una tupida malla que acaba siendo una magnífica historia. Algunas no pasan de inocentes chistes que ni sus mismos relatores creen, como la que asocia la población de Yeste a la frase de un diablillo: “Y éste cómo no se me entrega?”. Pero otras gozan de tal “respetabilidad” que se han ganado crédito incluso en ambientes cultos. ¿Quién no ha oído decir que Barcelona o Mahón son recuerdos de los generales cartagineses Amílcar Barca y Magón, respectivamente? Sólo cuando existan testimonios serios o documentación será posible dar crédito a tales tradiciones, que, eso sí, enriquecen el folklore sobre la toponimia, aunque el científico debe acotarlas severamente.
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Entre toda esta variedad de datos el toponimista avanza con prudencia, buscando ante todo cuantas fuentes escritas le sea posible, en diferentes series de archivos, en los mapas o los planos catastrales de todas la épocas, pues es especialmente importante apoyarse en las formas antiguas, especialmente la medievales. No sólo debe saber guardarse de las etimología populares o “latinas” sino desconfiar de las reflexiones pseudosabias forjadas por ciertos intelectuales y saber superar las grafías erróneas. Es muy necesario saber recoger sobre el terreno las informaciones de los naturales del país, sin dar tampoco a éstas un valor supremo. Deberá dirigirse especialmente a “los viejos del lugar”, que a veces son los últimos usuarios de un dialecto amenazado, y tomar muy buena nota de sus pronunciaciones, que pueden estar en estado más puro que las adaptaciones de la toponimia local a la lengua corriente y estandarizada. Y, desde luego, observar y anotar muy atentamente las características del paisaje y del país, sin olvidar documentarse muy bien de su historia: muchos episodios cobran su explicación a través de ella.
Tener en cuenta el ambiente toponímico regional es de la mayor importancia. La herencia germánica, presente en Catalunya más que en otras partes españolas, se nota claramente por la frecuencia de topónimos terminados en -à, resto del gentilicio latino -anus. Innumerables poblaciones, como Flassà, Cassà, Premià, Corçà, testimonian los dueños de la finca en aque dichos pueblos se originaron; Flacianus, Cattianus, Primianus, Cortianus… En Valencia se produce un fenómeno similar con los numerosos pueblos en Beni-, resto del árabe Ibn, “hijo de”. Pero, ¡cuidado! Pues la misma ley de atracción hacia lo familiar funciona también en estos casos, y hallamos nombres como Benicarló o Benidorm que nada tienen que ver con el árabe, sino que son el simple resultado de la atracción de un nombre distinto por la familiar forma valenciana.
Seguidamente llega la fase más delicada, la de la interpretación. Todos los factores deberán jugar en ella: las posibles formas antiguas, la documentación acumulada, las características físicas del lugar, la historia, la evolución regional… y se deberá confiar en la suerte, en forma de documento inesperado, referencia procedente de campos alejados o el conocimiento de topónimos similares, a veces en zonas muy lejanas.
Este trabajo puede convertirse en un verdadero rompecabezas. En ocasiones el nombre aparece como un galimatías sin sentido, que habrá que descifrar. En la provincia de Zaragoza existe la laguna de Gallocanta, en Girona las localidades de Cantallops y Ullastret (en catalán, respectiva y literalmente, “canta-lobos” y “ojo estrecho”), y en Barcelona Palau de Plegamans (“palacio de plegamanos”). Es posible que un gallo cante, pero más difícil es que lo haga un lobo. Aunque un ojo puede ser estrecho, no parece éste un incidente capaz de dar nombre a un lugar. Y menos aún que los habitantes de algún pueblo sean aficionados a plegar las manos. Las explicaciones pueden venir por variados caminos: Gallocanta y Cantallops pueden relacionarse con cant-, “piedra”, Ullastret puede ser un derivado de “olivo”, y Palau de Plegamans aludir a algún paraje frecuentado por los plegamans (mantis, así llamados popularmente en catalán por su actitud oratoria).
Tratándose de voces vascas,
la dificultad es a veces sobrehumana. El carácter de lengua viva del vasco y su
presunta inmutabilidad durante milenios inducen a interpretar los topónimos con
arreglo a su significado literal, y así nos encontramos a veces con resultados
francamente extraños. Afirman algunas especialistas que Valdegobia deriva de la
palabra gaubea, traducible como
“balido, voz de animal nocturno”. ¿Tiene esto mucho sentido? Quizá mejor sería
moverse dentro de la máxima prudencia y admitir paladinamente nuestra
ignorancia, que verosímilmente es definitiva por la ausencia de documentos
escritos sobre las formas antiguas de esta lengua. Pero es difícil resignarse a
actitud tan impotente, y así, siempre que sea posible, intentamos dar siquiera
una aproximación a lo que puedo ser el significado inicial del topónimo.
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En el siglo pasado la toponimia conoció importantes avances, pero a menudo se lastró con errores que todavía hoy perviven. La causa estaba en la formación académica de las personas en condiciones de interpretar la información. Veamos un ejemplo archirrepetido a través de la geografía hispana: el cura del lugar, una de los pocos locales con esa capacidad interpretadora, se dedicaba a la tarea de descifrar determinado topónimo. Pero para ello su único bagaje lingüístico era el latín, y con arreglo sus conocimientos de esa lengua trataría invariablemente de interpretar las informaciones. Así, un pueblo como Juneda provocaba enseguida una pregunta: ¿Cuál es la palabra latina que más se le parece? Y a falta de nada mejor, surgía la hipótesis de una tal Junieta, hija o pariente de un Junius, quien —continuaba fantaseando nuestro cura— sería el possessor de una villa más hipotética todavía. El invento hacía fortuna, y con el tiempo surgían en el pueblo orquestas, instituciones y hasta comercios con esos nombres pseudolatinos. Sería precisa la intervención de personas con formación árabe para preguntarse si realmente no era posible hallar otros antecedentes, como la palabra djunaina, “jardín”.
Pero, en todo caso, tanto una como otra hipótesis quedan como meras posibilidades si no es factible apoyarlas en algo más tangible que las especulaciones de un profesor universitario, por competente que éste sea. Entendámonos: de los muchos casos imaginables, algunos son tan claros y evidentes que no puede caber duda alguna, incluso faltando elementos de interpretación. Un Navaza procede sin duda alguna de una nava (tierra sin árboles y llana, a veces pantanosa), pero ya es más dudoso si una Torrefeta es realmente una “torre hecha, terminada”. Todo apunta a que se trata de una turris fracta, “torre rota”.
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Con lo cual entramos en otro interesante capítulo: las traslaciones de nombres. Estamos acostumbrados a los Toledo en USA, Guadalajara en México, Barcelona en Venezuela o Santiago en Chile, y la explicación es bien conocida: naturales o al menos simpatizantes del lugar español homónimo que desearon inmortalizarlo en las nuevas tierras americanas. Curiosamente el mismo fenómeno se había dado mucho antes en nuestro país, pero muchas veces no sabemos reconocerlo. Un buen ejemplo es el Manzanares de Castilla La Nueva, donde los cristianos procedentes de Castilla la Vieja u otras regiones peninsulares reconquistadoras dejaban su impronta. Lo mismo ocurría en la Catalunya Nueva, donde hallamos nombres procedentes de la Catalunya Vieja, como el de Bell-lloc (literalmente, “bello lugar”), motivo de cavilación en su día para el cura del pueblo, quien, no acabando de ver qué bellezas del sitio pudieron merecer este eufónico nombre, buscaba otras explicaciones más traídas por los pelos como bellum-locus (“lugar de guerra”). La explicación era mucho más sencilla: la familia de los Bell-lloc, procedentes de un lugar gerundense de ese nombre, repoblaron la nueva conquista y le dieron su nombre, con lo que éste resulta ser un trasplante.
Los topónimos derivados de antropónimos forman quizás el grupo más numeroso, especialmente en el campo de la hagionimia, omnipresente en pueblos de pequeño tamaño, dedicados a menudo a su patrón. De los 8000 municipios españoles, más de 400 se denominan de esta forma, y en algunas provincias, como Barcelona, este sistema llega a representar un 20 % del total. Incluso las grandes ciudades se acogen a este sistema denominativo, como se ve en ejemplos como San Sebastián o Santander, este último procedente de Sancti Emeterii, (¡San Emeterio, no San Andrés, como algunos han creído!).
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Pero los conocimientos lingüísticos no bastan. La historia es un complemento indispensable para conocer el origen de un lugar. Si un pueblo se llama Villarreal de los Infantes, no cabe duda que que por allí anduvieron unos infantes, pero, ¿quiénes? ¿Y por qué la ciudad tomó nombre de ellos? Una Matanza de Acentejo se referirá a alguna catástrofe, pero, ¿a cuál? En ocasiones, sin el conocimiento histórico de la localidad sería imposible rastrear siquiera el significado del topónimos. Hemos citado antes el ejemplo de Manzanares, tan famosa por el manifiesto redactado allí en la Vicalvarada, que no alude a unas antiguas plantaciones de manzanos, sino a la familia Sagasti-Manzanares, procedente a Fitero, quien construyó allí un castillo, antecesor de la actual población.
Por supuesto, que un nombre tan simple como La Laguna nos dice que allí hubo en tiempos alguna laguna, y de ello nos dará fe la topografía llana del lugar, pero, ¿qué laguna era ésta? ¿Por qué el topónimo tomó nombre precisamente de ella? ¿Por qué ha desaparecido?
Éste ha sido un aspecto especialmente cuidado en el diccionario, donde cada nombre de localidad es acompañado de una breve referencia histórica, especialmente cuando ésta ilustra de algún modo sobre su forma.
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En resumen, que las trampas y dificultades que acechan al onomatólogo-toponimista son muchas y variadas. Desde las desconcertantes similitudes fonéticas o las torceduras semánticas de significación, a los trayectos meándricos del lenguaje, pasando por las desviaciones históricas, los cambios de ruta que los hablantes imprimen inconscientemente al nombre e incluso los falseamientos introducidos en lo que muchos consideran el referente básico, el documento escrito (el comentado Ullastret fue alguna vez latinizado como Oculo Stricto). La tarea interpretativa del que a machetazo limpio intenta abrir camino en esta confusa selva está expuesto a mil yerros y descaminos. Por ello esta obra debe ser considerada como un primer intento de desbrozar la tupida selva de los étimos españoles, y será urgente complementarla con nuevos análisis y aportaciones que vayan aproximándola a su vocación: servir de referente global de la rica toponimia de nuestro país.
Queda el autor confiando en el beneplácito y la colaboración de sus lectores para coronar tal empresa, no por larga menos apasionante.
BIBLIOGRAFÍA
La presente topografía contiene sólo los libros consultados de tipo general más importantes. Una bibliografía exhaustiva sería, sin exageración, tan extensa como el mismo libro, pues prácticamente cada una de las entradas del diccionario ha requerido por sí sola un viaje a una biblioteca o la consulta de un tratado, monografía, tesis doctoral o simplemente artículo. Como homenaje a los principales autores consultados, éstos han sido nombrados en algún artículo concreto, aunque ni mucho menos en todos.
Insisto en que las monografías locales sobre muchas de las poblaciones comentadas, enviadas por sus respectivos corresponsales, han sido de un valor decisivo.
· Miguel Asín Palacios: Contribución a la toponimia árabe en España. CSIC, Madrid, 1940.
· Pere Balañà i Abadia: Els noms de lloc a Catalunya. Generalitat de Catalunya, Barcelona, 1989.
· Mikel Belasko: Diccionario etimológico de los nombres de los pueblos, villas y ciudades de Navarra. Gobierno de Navarra, Pamplona, 1996.
· Manuel Bofarull i Terrades: Origen dels noms geogràfics de Catalunya. Ed. Millà, Barcelona, 1991.
· Fernando Cabeza Quiles: Os nomes de lugar. Eds. Xerais, Vigo, 1992.
· Joaquín Caridad Arias: Toponimia y mito. Oikos-Tau, Barcelona, 1995.
· Joan Coromines: Estudis de toponímia catalana (2 vols.). Ed. Barcino, Barcelona, 1970.
· Joan Coromines: Topica Hesperica. Ed. Gredos, SA, Madrid, 1972.
· Eds. Folio: La guía Repsol de Andalucía, Castilla-La Mancha., País Vasco, Andalucía, Galicia, Canarias. Barcelona, 1993.
· Benedikt S. J. Isserlin: Arabic Place names Types of the Islamic Period: Their Derivation and Distribution. Al-Masaq, 2, 1989.
· Fundació Enciclopèdia Catalana: Geografia comarcal de Catalunya. Barcelona, 1981.
· Fundació Enciclopèdia Catalana: Enciclopèdia Catalana. Barclona, 1992.
· Labordeta: Aragón en la mochila. Penthalon Ediciones, Zaragoza, 1983.
· Luis Michelena: Apellidos vascos, Ed. Txertoa, Estella, 1997.
· A. Moralejo Lasso: Toponimia gallega y leonesa. Ed. Pico Sacro, Santiago, 1977.
· Enric Moreu-rey: Els noms de lloc. Unió Excursionista de Catalunya, Barcelona, 1965.
· Enric Moreu-Rey: Els nostres noms de lloc. Ed. Moll, Palma de Mallorca, 1982.
· Enric Moreu-Rey: Toponímia urbana i onomàstica vària. Ed. Moll, Palma de Mallorca, 1974.
· Narbarte Iraola: Diccionario de apellidos vascos, Ed. Txertoa, Estella, 1997
· Alain Nouvel: Les noms de lieux: Témoins de notre histoire. Editas, Montpellier, 1981.
· Andrés de Poça: De la antigua lengua, poblaciones y comarcas de las Españas. 1587.
· Promociones Culturales Andaluzas SA: Gran Enciclopedia de Andalucía, Sevilla, 1979
· Manuel de Terán: Geografía de España y Portugal. Barcelona, 1952.
· Hugh Thomas: La guerra civil española, Eds. Grijalbo, 1976.
· Unión Aragonesa del libro, UNALI SL: Enciclopedia Aragonesa, 1984
· Selecciones del
Reader’s Digest: Guías Ilustradas de
España, 1984.
HACIA
EL FUTURO
Ésta no es una obra para uso
de eruditos, sino destinada al gran público que desea satisfacer su curiosidad
sobre los contenidos de los topónimos que hallan continuamente en su vida
diaria. Por ello no se ofrece en cada entrada las fuentes de donde se ha
extraído sus datos, lo que hubiera hecho enfadoso e inacabable el texto,
alejándolo de su finalidad fundamentalmente divulgadora.
Tampoco es, ni mucho menos,
una obra definitiva. Faltan muchos topónimos, faltan muchos datos en los que
aparecen en el diccionario, y sin duda sobran explicaciones no adecuadas a la
realidad. Por supuesto, y a pesar del cuidado que se ha puesto en la
recolección y crítica de los datos, se habrán deslizado errores y omisiones. Mi
mayor deseo sería poderlos eliminar en el futuro.
Hago pues un llamamiento a
quienes tengan interés en colaborar para que el diccionario, como ser vivo que
es, conozca mejorías y desarrollos. Me dirijo especialmente a tantos
historiadores y expertos locales, conocedores de datos sobre sus poblaciones
que serían dignos de conocimiento general. A todos ruego que me envíen sus
contribuciones, en la seguridad de que serán tenidos en cuenta en sucesivas
ediciones del libro. Desde luego, mis amables comunicantes serán citados cuando
sus aportes salgan a la luz. Pueden escribir a la Editorial o a mí
directamente, al apartado 24.016, 08080 Barcelona. Gracias por anticipado en
nombre de la toponimia española.
CRITERIOS
SEGUIDOS EN LA CONFECCIÓN DEL DICCIONARIO
El criterio seguido para la
adopción de unos topónimos frente a otros es desde luego una cuestión subjetiva
del autor, que ha sido presidido por tres factores básicos: equilibrio,
amenidad y rigor.
Se ha pretendido alcanzar un
equilibrio territorial mediante las
siguientes medidas:
· Registrar todas
las poblaciones de más de 5.000 habitantes.
· También todas
aquéllas vinculadas con nuestra historia a través de algún acontecimiento
(reunión, batalla, acuerdo, pacto) digno de ser recordada.
· Igualmente
aquéllas de etimología interesante, sorprendente o ilustrativa.
· Consignar todos
aquellos accidentes geográficos (ríos, cordilleras, accidentes marítimos,
islas) de conocimiento general.
· Se han recogido
también otros topónimos conocidos por alguna razón: edificios, barrios,
parajes, incluso los hoy inexistentes o de localización desconocida, pero de
interés histórico.
La amenidad se ha perseguido rehuyendo al máximo las digresiones
eruditas sobre la evolución fonética de los vocablos, y no vacilando en incluir
etimologías variadas, aun cuando sean populares o fantasiosas, si con ellas se
favorece una visión de la problemática ofrecida por el topónimo. Se han
incluido también en ocasiones historietas locales curiosas o explicaciones
sobre temas relatos con el topónimo, desde el escudo a leyendas sobre la
localidad o sus habitantes. Desde luego se ha indicado en cada caso el grado de
fiabilidad de las hipótesis expuestas.
A este respecto, y con el
fin de no desperdigar explicaciones históricas parciales, se han aprovechado
algunos topónimos de especial relevancia dentro de la historia española como
eje de desarrollo expositivo sobre determinados momentos de nuestra historia.
Tales topónimos tienen abundantes remisiones a lo largo del libro desde otros
relacionados con ellos.
Aspecto clave ha sido cuidar
el rigor de la obra. Sólo se han
admitido etimologías avaladas por alguna autoridad lingüística destacada,
matizando las restantes con un “parece” o palabra análoga. En ocasiones, a
falta de datos fiables o al menos hipótesis razonables, se ha preferido
confesar paladinamente nuestra ignorancia al respecto antes que embarcarnos en
suposiciones fantasiosas.
***
Se ha atendido a la
localización de los topónimos indicando la comunidad autónoma en que se
encuentran, salvo los de entidad intercomunitaria, para los que se señala
simplemente el símbolo “ESP”. Cuando son entidades de población, se indica
además la provincia y, si se trata de pedanías o entidades análogas, el
municipio al que pertenecen.
Ceuta, Melilla y los
topónimos a ellos referidos se han adscrito a Andalucía por simplicidad
informática y de símbolos.
Un contado número de
topónimos pertenecen al extranjero, fundamentalmente al mundo hispanoamericano,
por razones de historia o lingüística. Son indicados con el símbolo -E.
***
Siempre pensando en el
carácter divulgativo de la obra, se ha prescindido de los alfabetos distintos
al latino.
Para el griego se han
utilizado las transcripciones más usuales, haciendo j = ph; q = th; c = ch; z = ts, y = ps; x = x, sin distinguir entre e y h (= e), o entre o y w (= o). En cuanto al árabe,
y siempre en aras de la sencillez, nos hemos apartado de las normas del
Instituto de Estudios Árabes, desde luego mucho más precisas, transcribiendo la
ta’ como th, la djim como dj, la ha y la ha’ como h, la ja como j, la shin como
sh, la ‘ayn como ‘, y unificando
otras letras de poco uso. Esta convención, aunque se presta a algún error,
resulta mucho más clara para el lector profano.
***
Una cuestión sumamente
problemática ha sido decidir la grafía más indicada para cada población. Los
puntos de vista sobre este tema han sufrido importantes cambios en los últimos
años por razones de todos conocidas. Desde una forma rigurosamente castellana
se ha pasado a una total regionalización de los nombres, con lo que sin duda se
ha ganado en autenticidad, pero este nuevo criterio puede tener en ocasiones
sus inconvenientes al dificultar la identificación o la búsqueda de algún
topónimo tradicional.
Pensamos que una total
normalización de los topónimos, y muy especialmente los nombres de las
localidades, sólo se alcanzará cuando éstos sean conocidos por todos los
españoles en su forma auténtica, que no puede ser otra que la de su
correspondiente lengua vernácula. Pero este Diccionario está pensado para
aclarar la dudas y no para aumentarlas. Por ello se ha seguido el criterio, que
nos ha parecido el más lógico, de registrar ambas formas, la castellana y la
regional, incluso cuando la primera está abolida pero su recuerdo subsiste en
la mente de muchos.
Con ello no se pretende
llevar la contraria a las autoridades de las distintas comunidades autónomas,
algunas de las cuales, como Catalunya y Galicia, han definido como únicas
formas válidas las autóctonas, e incluso aconsejan huir de la mala costumbre de
acompañarlas de la correspondiente
castellana. Los rótulos de las carreteras como Vilagarcia de Arousa-Villagarcía de Arosa deberán ser eliminados
con el tiempo, pero de momento son necesarios en tanto no se proceda a una
necesaria habituación de sus usuarios.
Éste es la misma
justificación de la forma castellana que a menudo acompaña los nombres
regionales de las poblaciones. Debe considerarse que estamos en un período de
transición hacia la imposición definitiva de los topónimos en su forma real,
esto es, la vernácula, pero no puede olvidarse que decenios y aun siglos de uso
de la forma castellana han creado unos hábitos que no pueden desterrarse de la
noche a la mañana. Todavía muchas personas vacilan entre Lérida y Lleida. ¿Qué
no ocurrirá con Ordes (Órdenes), Alacant (Alicante) y tantos otros similares?
Un capítulo aparte merecen
los topónimos euskéricos que, eso sí, a menudo mantienen como oficial las dos
formas, pues en ellos ambas difieren de manera radical. No hace falta citar
ejemplos como Laguardia-Biasteri o incluso el archiconocido Donostia-San
Sebastián (que con todo es preferible citar con la primera forma).
Eso sí, para dejar clara la
supremacía de la forma vernácula sobre la castellanizada, la descripción del
topónimo se registra en la primera, pero con el añadido de la segunda entre
paréntesis cuando ésta difiere lo suficiente topográficamente en el
diccionario.
Este criterio es general, y
se ha extendido incluso a determinadas zonas de algunas comunidades que hablan
una lengua distinta de la habitual en su comunidad respectiva. Es el caso de la
llamada Franja de Poniente, zona aragonesa de habla catalana, o las zonas
valencianas de habla castellana, o en extensas zonas navarras y vascas. En
todos estos casos se ha considerado como forma principal la correspondiente al
habla de sus habitantes, salvo definición contraria de ellos o de su respectiva
comunidad.
Mención aparte merece el
caso de Asturias, que todavía no tiene reconocido oficialmente el asturiano
como lengua, en igualdad con las otras cuatro del Estado español.
Adelantándonos al momento de ese reconocimiento, se ha preferido dar también la
forma principal en lengua asturiana.