LA RETOPONIMIZACIÓN

 

No es un fenómeno de hoy, sino de todos los tiempos, el cambio del nombre propio usado toda la vida para referirse a algo. Malcolm Little, por razones de militancia racial, cambió su nombre a Malcolm X, y, por otras de índole religiosa, Cassius Clay pasó a llamarse Muhammad Ali. Willy Brandt se llamaba en realidad Karl Herbert Frahm, pero adoptó el nombre de guerra adquirido en los medios socialistas. Y sería incontable la lista de pseudónimos utilizados por escritores, artistas, políticos, etc.

Vamos hoy sólo a referirnos al tema de los cambios de topónimos, y más concretamente, de las localidades, prescindiendo por el momento de otros menores, como calles de poblaciones, o mayores, como regiones mundiales (¿Golfo Arábico o Golfo Pérsico?) Eduardo Tejero Robledo, en su artículo La retoponimización: cuestión interdisciplinar[1], hace una interesante clasificación de las causas más frecuentes de la retoponimización de las poblaciones, especialmente las españolas:

 

  1. Imposición regia y señorial. Así, Alfonso X el Sabio dice en documento gaditano de 1279: “…la villa y el castillo de Medina Sidonia a que nos ponemos nombre Estrella”. El mismo rey transformó, a menudo infructuosamente, Benacazón en Celada, Especilla en Quintana, Pilas en Tor del Rey. Quizás como efecto de la castellanización, varias poblaciones vascas recambiaron sus nombres en las cartas pueblas: Mondragón (1250), antes Arrasate, Azpeitia (que hasta el siglo XV había sido Garmendia de Iraurgui). Un caso realmente pintoresco fue el de Titulcia, antigua Bayona, que cambió su nombre resucitando su antiguo romano a petición del señor de aquella villa para que a Fernando VII, que iba allí a tomar las aguas, se le olvidaran las vejaciones sufridas en la Bayonne francesa. Parece igualmente un obsequio al mismo rey el cambio de la Isla de León por San Fernando, lugar inicial de reunión de las Cortes de Cádiz.
  2. Traducción de otra lengua. El árabe Guadajancil se dobló al castellano como Arroyo del Puerco. A veces la “traducción” era disparatada: el valenciano Mutxamel (inequívocamente árabe, con varias etimologías propuestas, entre las más verosímiles el adjetivo *mudjma'i, ‘relativo a un mercado o reunión’, lo que estaría muy  justificado por su antiguo mercado, o bien maudj, ‘rumor, nacimiento de aguas’) se tradujo como “Muchamiel”. Más acertadamente, Wadi al-Sal se tradujo como Río de la Miel, y al-Marya por Prado, luego del Rey, ambos en Cádiz.
  3. Motivos estéticos. Los nombres contrarios al decoro tienden a ser suprimidos. Malgrado pasó a ser Benavente (s XII), el burgalés Peñaranda de la Perra se mudó a Peñaranda de Duero, y el mentado Arroyo del Puerco volvió a cambiar su nombre a Arroyo de la Luz (1937), en honor de la patrona de los arroyanos. La población de Valderrubio, tan ligada a la biografía de Lorca, se había llamado Asquerosa hasta 1941. El conquense Belmonte, patria de fray Luis de León, había sido antes Las Chozas. Pla de Cabra (Tarragona) mudó en 1954 a Pla de Santa Maria, Utxafava (Lleida) cambió a Vila-sana en 1929, y el Malvitge barcelonés, hoy un poblado barrio de la capital, se hizo Bellvitge.
  4. Prestigio literario. La villa cántabra de Mazcuerras fue renombrada por decreto-ley con el nombre de Luzmila, tras la publicación de la novela de Concha Espina La niña de Luzmila, aunque sus habitantes la siguen designando con el nombre primitivo. Chocoyos, luego Metapa (Nicaragua), se fijó en Ciudad Darío, pues allí nació el poeta Rubén Darío. Un ejemplo curioso es el Illiers francés, aludido en las novelas de Proust como Combray. Por acuerdo municipal, hoy se llama Illiers-Combray.
  5. Memoria histórica. Tras el episodio histórico, Villalar pasó a ser Villalar de los Comuneros. Sos es hoy Sos del Rey Católico, recordando su nacimiento allí. Villarreal (Castellón), que fue donado a los hijos de Jaime I, los recuerda en el nombre oficial adoptado en 1954: Villarreal de los Infantes. Y Morvedre (Valencia) fue desplazado para recuperar el antiguo Sagunt. En otras ocasiones el recuerdo histórico trata de impedir el olvido de alguna circunstancia: así, la Academia de Historia propuso en 1952 que el nuevo pueblo de San Pedro de la Nave, cubierto el antiguo por las aguas del embalse de Almendra, se llamara San Pedro de la Nave-Almendra.
  6. Encarecimiento o desvaloración popular. Un caso curioso es la pérdida o ganancia del sintagma “altas torres”, como forma usada encarecida o irónicamente. Así, Alba de Tormes llevaba inicialmente este sufijo, perdido como reacción defensiva local cuando se vio que era usado despectivamente por los vecinos. En cambio, el abulense Madrigal lo incorporó definitivamente a su nombre en el s XIX.
  7. Imposición política y culto a la personalidad. La postguerra española está llena de ejemplos: El Ferrol, patria del Generalísimo, añadió a su nombre del Caudillo, el vallisoletano Quintanilla de Abajo fue a parar en Quintanilla de Onésimo (por Onésimo Redondo). Alcocero, de Burgos, fue Alcocero de Mola en honor del general sublevado (todos han recuperado su antiguo nombre, salvo el segundo). En este terreno se dan ejemplos realmente cómicos: el pueblo toledano de Azaña pasó a ser, por simple despecho al segundo presidente de la II República Española, Numancia de la Sagra (¡lo tomó para Franco un escuadrón de caballería del Regimiento de Numancia!), o, para enterrar sucesos trágicos en la II República, el gaditano Casas Viejas se transformó en Benalup de Sidonia. A nivel internacional, podemos citar la ciudad de Santo Domingo, que fue convertida en Ciudad Trujillo (nombre de un dictador que esquilmó al país hasta sus nombres), la argentina de La Plata, que pasó a Eva Perón, o la rusa de San Petersburgo, que durante muchos años fue Leningrado.
  8. Ajuste geográfico. Algunas poblaciones persisten con denominaciones contradictorias (Cassà de la Selva, actualmente en la comarca del Gironès, Bellcaire d’Urgell, hoy en la Segarra). Otras han impuesto cambios para atenerse a los cambios administrativos: Solana de Béjar es hoy Solana de Ávila, por el cambio de provincia impuesto, o Villanueva de la Jara, que pasó a Villanueva de Córdoba. Rivas-Vaciamadrid es el resultado de la fusión (1954) de los municipios madrileños de Rivas de Jarama y Vaciamadrid.

 

Hemos respetado la clasificación, que nosotros habríamos cambiado un poco, pero no nos resistimos a añadir por nuestra cuenta algunos detalles, a veces especializaciones justificadas por su importancia, a la ya de sí completa lista del profesor Tejero. Valgan las siguientes:

 

  1. Nombres de fantasía, conectados con una denominación anterior. Se trataría de un caso particular de (8), pero su curiosidad nos impele a tratarlos separadamente. Mencionemos Forallac (Girona), municipio formado por la fusión de los de Fonteta, Peratallada y Vulpellac. O el segarrés de Torreflor, resultante de la fusión de Torrefeta y Florejacs. El gusto popular demostrado en la acuñación de estos neologismos fue objeto en su día de encendidas críticas.
  2. La corrección ortográfica, que busca la recuperación del nombre genuino desvirtuado por grafías defectuosas anteriores, merece todo un apartado. Las variantes (ligeras, en general) podían ser resultado de unas normas de escritura hoy obsoletas (Vich, que es hoy Vic, o Ponts por el antiguo Pons, o Castellar de n’Hug, antes Castellar de Nuch). En la mayoría de los casos, sin embargo (en España) se trata de erróneas transcripciones según la fonética castellana de nombres pertenecientes a otras lenguas peninsulares. Los ejemplos son innumerables: Vilafranca del Penedès (antes Villafranca del Panadés), Terrassa (antes Tarrasa), Gernika (antes Guernica), Ourense (antes Orense) Xàtiva (antes Játiva). La retoponimización por someterse a las reglas de la lengua vernácula es ciertamente universal, y se ha puesto más de manifiesto tras las descolonizaciones: hoy Pekín ha sido substituido por Beijing, Bombay por Mumbai, etc. etc.
  3. Todavía podría añadirse un capítulo más, como un subapartado del 7. Se trata de los nombres recuperados, advirtiendo que en este caso pueden darse todo tipo de gradaciones, desde la que mantenía el nombre vivo pese a la castellanización oficial (Girona, antes Gerona; o Lleida, antes Lérida, Lizarra, antes Estella), hasta  los más extremos, en que el nombre ha sido cambiado por una forma antigua pero ya olvidada por la inmensa mayoría del pueblo.
  4. En ocasiones, especialmente en el País Vasco, se ha tratado de atenuar la confusión conservando los dos nombres cuando éstos eran muy distintos: Iruña-Pamplona, Soraluze/Placencia de las Armas, Hiriberri/Villanueva de Aezkoa, Luzaide/Valcarlos y tantos más. Esta solución es muy frecuente en algunos países a los que una determinada lengua oficial impuso durante siglos topónimos exóticos, como Bretaña o Irlanda. Baste con recordar Corcaigh (Cork), Luimneach (Limerick) o Roazhom (Rennes).

 

Merecen un comentario aparte los casos c) y d), que inciden ya claramente en la acción política, pero no hay que olvidar que todas las retoponimizaciones, al final, son de este tipo, sean impuestas por uno u otro bando. ¿Existe un período de tiempo al cabo del cual puede considerarse “consolidado” el topónimo impuesto por una decisión política anterior? Creemos que no: Leningrado ha permanecido en los mapas tres cuartos de siglo, y ello no ha impedido el retorno al primitivo San Petersburgo. Más tiempo todavía (un siglo y cuarto) permaneció Xàtiva llamándose San Felipe, por vengativa imposición de Felipe V. Y no hablemos de la actual Villanueva de los Infantes, que recobró en 1954 su primitivo nombre (simplificado a Infantes) tras cinco siglos.

¿Cuál es el criterio más razonable? En principio, en la opinión de Enric Moreu-Rey, que compartimos, debe ser el uso y costumbre de los habitantes del lugar. Cassà de la Selva fue cambiado a Caçà de la Selva atendiendo a razones etimológicas, seguramente muy respetables, del eximio Coromines. Pero sus habitantes, molestos con esa cedilla intrusa, pidieron personalmente a la Generalitat el regreso al antiguo nombre, quizá menos correcto, pero más entrañable, a lo que se accedió. Los deseos populares fueron entonces respetados.

Dijimos antes, recordemos, “en principio”. Pero, ¿quiénes son “los habitantes del lugar” cuando hay división de opiniones? ¿Hay que decidirlo mediante votación? Eso puede consagrar disparates culturales: esa regla, aplicada ciegamente, llevaría a fijar nombres chocantes o absurdos, y raramente unánimes además. Los ejemplos vistos de Torreflor y Forallac deben ponernos en guardia. Un nombre de recia fonética castellana como San Carlos de la Rápita, aunque llamado así desde su fundación por Carlos III, fue siempre visto con extrañeza por sus vecinos y por Cataluña en general, de modo que pareció muy lógico rebautizarlo Sant Carles de la Ràpita. Y los azares de la adjudicación provincial producen extraños híbridos como Peñarroya de Tastavins, en el Teruel de habla catalana.

Es  muy natural Lizarra en vez de Estella, pero, ¿es lógico Hondarribia u Ondarribia, que nunca se llamó así, sino Fuenterrabía? Quizá; recordemos que Salisbury jamás se había llamado Harare, como el antes citado Villanueva de los Infantes había adquirido este nombre despreciando el árabe Jamila. Aparte de la necesidad de estudiar esos casos uno por uno, es posible que rebasen la mera actuación lingüística (recordemos el caso de Cassà), por lo que en ellos será mejor ampliar el círculo de opiniones y sólo expresar la nuestra si nos es solicitada dentro de un espíritu constructivo. A fin de cuentas somos lingüistas, no políticos.

 

 

                                                                         Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                         Salou, julio 2002



[1] Toponimia de Castilla Y León, Actas de la Reunión Científica sobre Toponimia de Castilla y León, Burgos, noviembre 1992. Ediciones del Aula Universitaria de Filología e Historia de Burgos.