Prólogo del DICCIONARIO DE NOMBRES DE PERSONA, por Josep M. Albaigès

 

Detrás del nombre hay un hombre

(Refrán castellano)

 

 

1. UN NOMBRE PARA UNA VIDA

 

Nomen, omen: «Un nombre, un presagio», decían los antiguos, que sentían vi­vamente la subyugadora fuerza del onomástico. Han tenido que transcurrir milenios de rutina, de abandono, de despegue de las raíces vitales más inmediatas para llegar al olvido de las simples verdades que nos ligan con el entorno: entre ellas, el hecho de que el nombre tiene un significado, es un mensaje catapultado desde tiempos e idio­mas a menudo ya desaparecidos de la memoria de las personas.

En otras épocas, carentes todavía de registros civiles y pilas bautismales, la imposición de un nombre a un recién nacido era un acto natural no regulado por el formulismo de santorales, leyes ni tradiciones familiares. Y, por supuesto, a nadie se le hubiera ocurrido denominar a su hijo con una expresión carente de significado, que hubiera sonado a simple grito. El nombre designaba siempre alguna cualidad, imagi­naria o real, casi invariablemente elogiosa, que el recién nacido poseía, o que se supo­nía o deseaba que poseyera. Los pintorescos nombres de los indios del Far-West —Toro Sentado, Caballo Loco— siguen intuitivamente en nuestra época esta tradición, pero, ¿qué significan Juan, José, Pedro o Manuel? Nada en el siglo XXI: han quedado reducidos a unas meras palabras vacías, tan exentas de evocación concreta como un carácter tipográfico lo es del sonido que representa. ¡Y sin embargo, estos nombres eran llevados hasta hace muy poco por la mitad de los españoles!

Nuestra insensibilidad ante el contenido y la importancia del nombre hubiera pasmado a un guerrero «bárbaro», cuyo hijo se llamaría Gair-hard («lanza fuerte», hoy Gerardo) como buen augurio para sus virtudes guerreras futuras. O la deseada fe­mineidad de su hija destacaría más con el nombre de Milu-wit («mujer dulce», Milvi­da). Pero tal especie de nombres, simples y directos como el escenario de sus portado­res, al ser repetidos generación tras generación acabarían presos en la rutina, fosi­lizándose y perdiendo valor evocador. Algunos de ellos, por su sonoridad o fama tras­pasarían la barrera de las lenguas y serían adoptados por otros pueblos, a los cua­les poca imagen podían suscitar. Un griego llamaba, sin sentido peyorativo alguno, Phryné («sapo») a una mujer de tez oscura como la de este animal, color apreciado en la estética griega, o un romano bau­tizaba a su hijo Salvatus («salvado») en recuerdo de un parto dificultoso, pero, ¿qué podía significar para uno u otro José, onomástico importado de Galilea como resulta­do del prestigio de la nueva religión cristiana? Y así los nombres, depurados por un proceso selectivo de siglos, permanecen hoy reducidos a meras etiquetas diferenciado­ras, aguardando el momento de ser desempolvados y rehabilitados para uso y deleite de unas generaciones más amantes de lo vivo y lo auténtico.

Este momento puede estar llegando. Tal situación rutinaria, que fue norma ha­bitual muchos años, evoluciona hoy por fortuna con rapidez. Cada vez son menos los padres que imponen a sus hijos los trillados nombres de José o María meramente porque así se llamó un familiar, o de Arquipofotino porque el día de esta onomástica nació el inter­fecto. Hoy se piensa en el nombre, se es consciente de que su imposición, primer acto personalizador que recibirá en su vida el recién nacido, es un acto trascendente. El onomástico que demos a nuestro hijo le acompañará toda su vida, de alguna manera contribuirá a hacer ésta más agradable o más incómoda, e, incluso, ¿por qué no? le imprimirá carácter.

«¿Qué nombre impondremos a nuestro hijo?» se preguntan cada año sólo en España cerca de un millón de felices parejas. Y la búsqueda empieza con ilusión, casi siempre mucho antes del nacimiento. Se tantea, se ensaya, se recurre a la tradición, a la literatura, a los santorales. Para el que va a venir, ningún nombre parece sonar bas­tante bien: se le exigen cualidades eufónicas en primer lugar, pero además estéticas, ambientales... y hasta es frecuente expresar en él las tendencias sociales o políticas de los progenitores.

Algunas de estas prácticas son sanísimas, otras pueden dar lugar a abusos y deben ser manejadas con precaución. El nombre es el único atributo voluntario de en­tre los que le transmitimos que nuestro hijo deberá conservar toda su vida, y no hay que olvidar que, aunque lo impongamos nosotros, le pertenecerá a él. Y deberá sentir­se a gusto con él. Pobre favor haríamos al niño utilizándolo como mero cobaya de nuestra fértil imaginación para imponerle un onomástico estrafalario o impropio. Nuestro propio gusto debe sufrir aquí una rigurosa autocrítica. Es perfectamente legí­tima la opinión de que Judas o Caín son nombres tan dignos y respetables como cual­quier otro, pero la cuestión no es ésta, sino considerar si una persona con uno de estos nombres no se verá sometida, a lo largo de su vida, a enojosos problemas que le hu­bieran sido ahorrados con otros no menos bellos y eufónicos. Y, ¿qué decir de un Ar­mando Bronca Segura, de una Dolores Fuertes de Barriga, o de… ¿Brfxxccxxmnpcccclllmmnprxvclmnck ssqlbb11116, que habían impuesto unos padres suecos patafísicos a su hijo hasta que el juez lo anuló? Los derechos de los pa­dres son limitados.

Y por esto hasta la Ley debe intervenir defendiendo a veces a los hijos contra el capricho extraviado de sus progenitores. En realidad, defendió demasiado hasta hace bien poco, con un famoso artículo 54 de la Ley de Registro Civil que establecía la obligatoria castellanidad y ortodoxia de los nombres impuestos. Este artículo, interpreta­do restrictivamente durante muchos años, vedó toda la riqueza de los patronímicos en lenguas vernáculas y limitó en la práctica el repertorio de nombres posibles al santoral cristiano, pues todo descarrilamiento fuera de éste era rechazado acogiéndose a la le­tra legal. Todavía están recientes las desilusiones de tantos padres que encontraban su Ferran transformado en Fernando o se veían obligados a inventar una exótica Virgen de Haidée para que este nombre fuera admitido para su hija.

Todo esto cambió en 1977, cuando una reforma de la Ley del Registro Civil lle­vó al dichoso artículo a su forma actual, que permite consignar el nombre «en cual­quiera de las lenguas españolas». Pero subsistía el famoso párrafo, por otro lado necesario según lo comentado más arriba: «Quedan prohibidos los nombres extravagantes, impropios de personas, irreverentes o subversivos». Y con base a éste, todavía se re­gistró algún caso sonado como el de aquel juez madrileño que denegó la inscripción de una niña con el nombre de Libertad estimando que éste entraba en la categoría de los proscritos en el artículo 54. Seguramente a raíz de este caso, una circular de julio de 1980 tuvo que aclarar explícitamente, entre otras cosas, que «no pueden conside­rarse extravagantes, impropios de personas, ni subversivos los nombres que se refieran a valores recogidos por la Constitución». Más aún, se señaló, por vía de ejemplo, que «son admitidos los nombres extranjeros que no tengan equivalente onomástico usual en las lenguas españolas, los personajes históricos, mitológicos, legendarios o artísti­cos, bien pertenezcan al acervo cultural universal, bien al de determinada nacionali­dad o región española, los geográficos que en sí mismos, sean apropiados para desig­nar persona y, en fin, cualquier nombre abstracto, común o de fantasía, que no induz­ca a error en cuanto sexo».

Con esto quedó zanjada la cuestión, aunque no de manera total. Hoy por hoy, pocas trabas se oponen ya a los deseos de los padres, que prácticamente están en libertad de imponer cualquier nombre a sus vástagos. Esto, paradójicamente, hace más difícil que nunca la elección. La libertad, en cualquier campo, trae como contrapartida la carga de la responsabilidad en saber usarla adecuadamente. Ahora, cuando cualquier nombre es viable, ¿serán prudentes onomásticos como Alá, Kenya, Heidi o Jotaerre? ¿No seremos reprochados por nuestros hijos cuando estén en condiciones de defender­se, cuando, olvidada la moda pasajera, subsista en el Registro Civil y en el entorno so­cial una inscripción casi imposible de cambiar?

En todo caso, subsisten algunas lagunas, básicamente la norma que impide los nombres “hipocorísticos”, es decir, formas familiares de otro preexistente. ¿Es lógico que el Registro Civil se niegue a inscribir a un niño con el nombre de Paco, sólo porque se considera que esta forma es equivalente a Francisco? También fueron en su día equivalentes Robeto y Ruperto, pero se ha producido hay una “independización” de ambos. Por no hablar de casos chuscos, como esa cubana llamada Magda en su país, que al nacionalizarse española, vio su nombre trocado a la fuerza en Magdalena.

Ningún juicio de valor queremos emitir sobre los nombres. Pensamos que la adopción del nombre es privilegio y responsabilidad de los padres, y la libertad debe ser coartada lo menos posible. Pero también es cierto que difícilmente se ejercerá adecuadamente la libertad sin una información honesta y ve­raz. Y a ello quiere contribuir esta obra. Un nombre es para toda una vida. Y dema­siado a menudo la elección es motivada por modas pasajeras, por cambiantes gustos o por espejismos momentáneos. Se escoge sin seguir otros criterios que la eufonía, real o supuesta, de ciertos nombres —cuando no por un mero afán snob que apetece lo nuevo por lo nuevo—. Se actúa sin una mínima familiarización en el campo de la antroponi­mia, especialmente sin atender a uno de los factores decisivos en la elección del nom­bre: su significado, que, aparente o escondido, existe siempre. Y así vemos proliferar un año los Sergio y los Iván, otro las Sandra y las Sonia, hasta que estos onomásticos —menos exóticos de lo que se figuran quienes los imponen— acaban hastiando al fin, velozmente desgastados.

Algunos nombres poseen un significado claro y evidente: Modesto, Victoria, Rosa... pero, sin un análisis atento, la clave de la interpretación se nos escapa. Y esto es nocivo. En el momento en que seamos conscientes que Gilberto significa «famoso por la flecha», habremos ganado en comprensión, en disfrute de la belleza del nombre, y habremos cooperado en enriquecer y aumentar la riqueza de nuestra lengua.

 

 

2. NOCIONES DE ONOMÁSTICA

 

La palabra «onomástica», en su sentido etimológico, significa «cosa propia del hombre», pero el uso la ha consagrado para referirse concretamente a las relativas a su nombre. Cicerón fue el primero en hablar del onomasticon dies como aniversario de la imposición de un nombre, y esta costumbre continuó. Con más precisión podría usarse el término «antroponimia», pues el uso ha extendió la aplicación de la onomástica también al estudio de los nombres de lugar (toponimia) y de objetos concretos en general.

El nombre, «rótulo de identificación social», en la acertada expresión del colombiano López de Mesa, «emana del común, haciéndose de alguna manera adjetivo abstracto». Y en esta emanación influyen directamente los gustos, costumbres y sistemas de valores presentes en un pueblo: puede decirse que la vida, la historia de una cultura están presentes y resumidas en un onomástico. Y nosotros, como herederos di­rectos del mundo grecolatino, impregnados por la religión cristiana e injertados con las invasiones germánicas y árabes medievales, reflejamos en nuestra antroponimia todas estas culturas que, combinándose y sobreponiéndose, nos han producido. Vale la pena estudiar brevemente las características de cada una.

En el estricto orden cronológico, y descontando algunos nombres procedentes de culturas anteriores, los más antiguos entre los que hoy usamos proceden del pueblo judío, transcritos en el Antiguo Testamento, recogidos piadosamente por los primeros cristianos y transmitidos hasta nuestros días. Los masculinos poseen una característi­ca bien definida y prácticamente constante: son teóforos, es decir, aluden a Dios, aludido en ellos de distintas formas, siempre perifrásticas por el respeto que imponía el nombre de Jahvé, cuyo uso directo sonaba a sacrílego. Las partículas ia, el, abundan en ellos. Era natural esta afición en la accidentada y tormentosa vida de un pueblo tan sometido y castigado como el israelita, que buscaba en su fe la resistencia a sus desventu­ras. Sin embargo, se salvan de esta monótona invocación a la divinidad los nombres femeninos, cargados de gracia y frescura: Débora, «abeja», Tamar, «palmera», Noe­mí, «mi delicia»...

Una fuente totalmente distinta es la de los nombres griegos clásicos, tanto los mitológicos como los de la vida diaria. No siempre es fácil percibir el significado de los primeros, en general antiquísimos y sin duda heredados de otras culturas anteriores a la existencia de la misma lengua griega. Zeus, Poseidón, Marte... todos ellos deben ser considerados casi como punto de partida, más atrás del cual es imposible retroceder, y sólo en algunos casos nos serán lícitas algunas hipótesis más o menos arriesgadas so­bre su significado. Solamente los personajes mitológicos más secundarios poseen una significación más asequible, a menudo suministrada por su propia leyenda (¡o genera­dora de ella!): Edipo, «el de los pies hinchados», Calisto, «la bella», etc.

Otros nombres son los de la vida griega, donde fácilmente percibimos las virtu­des que su espíritu proyecta en sus portadores, impregnadas de valores guerreros, so­ciales y culturales: Sócrates, «sano y fuerte», Aristarco «gobernante eminente»... Poco ha sobrevivido de los nombre femeninos, alusivos en general a cualidades corporales o caracteriológicas: Aspasia, «bienvenida», Inés, «casta».

En ambas culturas, hebrea y griega, el nombre era simple. Las comunidades eran poco numerosas, y una palabra bastaba para designar, sin ambigüedad, a una persona. En todo caso, podía conseguirse una identificación más precisa, a escala translocal, añadiendo el lugar de procedencia (Zenón de Elea, Empédocles de Agrigento), o, más excepcionalmente, algún atributo (Alejandro Magno). Ello habla elocuente­mente de una gran riqueza de antropónimos y de la prolífica aparición de nuevos en todo momento.

En contraste, Roma nos sorprende por la poca preocupación, cuando no el desenfado, en la elección de los nombres, que, lejos de la altisonancia de los griegos, describen a me­nudo accidentes u objetos minúsculos o triviales: Avelina, «avellana», Fabio, «ha­ba»... e incluso atributos francamente desagradables y denigrantes: Cicerón, «verru­ga», Rufo, «el de pelo rojo». Como contrapartida a tanta llaneza, el sistema onomásti­co era increíblemente complejo, pues se necesitaban cuatro y aún más palabras para designar a un individuo. Así, por ejemplo, Publio Cornelio Escipión Africano, cuyo praenomen Publio correspondía aproximadamente a nuestro actual nombre de pila (o, quizá más exactamente todavía, a un hipocorístico, pues sólo era usado habitualmente en el estricto círculo familiar). El nomen gentilicium era Cornelio, que lo identificaba como perteneciente a la familia o gens Cornelia. Seguidamente el agnomen Escipión, algo así como un apellido. Y todavía podían unirse a él uno o más nombres comple­mentarios, en este caso Africano, evocadores de algún hecho o cualidad.

Señalemos, de pasada, la facilidad con que un nombre creaba derivados gentili­cios que portaban otros miembros indirectos de la familia: así la mujer de Mesala se­ría Mesalina, el hijo de Máximo, Maximiano... hoy todos estos derivados han pasado a nombres independientes.

El cristianismo recoge y entremezcla estas distintas fuentes, y, a la vez, utiliza las lenguas griega y latina para la formación de sus nombres específicos, casi siempre alusivos a cualidades íntimas, vinculadas con la vida religiosa. Macario, «el que descansa en paz», Renato, «el renacido en la gracia», son muestras de este estilo, que se impondrá en Roma con el triunfo de la nueva religión y la progresiva adopción de los nombres de sus mártires. La costumbre de llamar a éstos «santos» (palabra que en la época significaba más bien “bienaventurados”) se generalizará to­talmente a partir del siglo VIII, y este hecho será decisivo para el prestigio de sus nombres, que siguen hoy ocupando la mayor parte de nuestros santorales.

Pero, entretanto, ha habido nuevos acontecimientos. Las invasiones de los bár­baros producen el lógico revuelo social en el Imperio de Occidente, y el prestigio de los nuevos dominadores se va traduciendo en la progresiva adopción por el pueblo de sus onomásticos, aunque lo paradójico es que la máxima proliferación de éstos se alcanza al filo del año mil, ya desaparecido hasta el recuerdo de los visigodos. Hechos miste­riosos, que todavía hoy no han recibido una explicación satisfactoria.

El caso es que los nombres germánicos se injertan definitivamente en nuestra cultura. Recordando los de la época griega, estos patronímicos reflejan siempre cuali­dades guerreras o atléticas, propias de los pueblos primitivos inclinados hacia la acción bélica: Alberto, «noble y famoso», Sigerico, «victoria del poderoso». Los nombres femeninos suelen inclinarse más hacia cualidades caseras, pero sin omitir las referen­cias guerreras: Gertrudis, «preparación del fuerte», Raimunda, «la del consejo protec­tor». Abundan también los nombres difíciles de explicar (Oderico, «riqueza- riqueza»), sugeridores de que ya en esta época los nombres carecían de significado concreto, y eran formados mezclando, a veces deforma chocante, prefijos y sufijos previamente existentes. El proceso de «vaciado» del contenido de los nombres estaba ya más que iniciado, tanto en Roma como en las tribus bárbaras.

El caso es que, hacia los siglos IX-X, el mimetismo de las clases populares por los a la sazón exóticos nombres germánicos llega a tal punto, que por un momento los nombres griegos, latinos y hebreos desaparecen y las relaciones onomásticas de esta época que han llegado hasta nosotros registran una abrumadora presencia de los Ra­món, Gundobaldo, Ramiro, Rodrigo... Y, al mismo tiempo, va empobreciéndose el re­pertorio onomástico, lo que acompaña a la aparición del apellido como complemento indispensable para paliar la pérdida del papel diferenciador del nombre principal. Tal «apellido» es simplemente, en un principio, un aditivo al nombre propiamente dicho expresivo del oficio o posición (Herrero, Gañán, Alcalde), gentilicio (Catalán, Tarra­gona, Puente) o el nombre propio de un antepasado, tanto más frecuente cuanto más raro sea.

Por cierto que no deja de sorprender, en los mismos momentos, la poca propor­ción de nombres árabes, tras un contacto de luengos siglos. Y más aún, con el tiempo acabarán desapareciendo totalmente. Sólo algunos curiosos fósiles —Zulema, Fátima— quedan todavía por algún pueblo español. Son lógicamente la tensión religiosa, las con­versiones forzadas del siglo XV y finalmente las expulsiones del XVII las causas de esta situación, igual que la pervivencia soterrada de algunos —‘Umar, Amrus— disimu­lados bajo nombre cristiano fonéticamente parecido (Gómaro, Amorós, respectiva­mente).

¿Por qué pasa la moda de los nombre germánicos y se vuelve a los ya entonces venerables patronímicos tradicionales latinos? ¡Otra incógnita que algún día habrá que dilucidar! Pero no podemos hacerlo en este rápido galope. El caso es que hacia el final del la Edad Media los Rodrigo y los Gerardo están ya en decadencia, con excep­ción de aquellos que la Iglesia ha absorbido al santificar a sus portadores: Ramón, Guillermo, Lamberto, que resisten al embate y llegarán hasta hoy. Pero la mayoría desaparecen. Buena muestra de su progresiva rareza es la frecuencia con que quedan reducidos a apellidos, donde permanecen en la actualidad, especialmente en Cataluña. Numerosos Guitart, Armengol, Reinaldo, Berenguer, ni sospechan que su apellido sea en realidad un antiguo nombre obsoleto.

La fosilización total de esta situación se produce en el siglo XVI. La vigilancia estricta de la ortodoxia lleva al Concilio de Trento a prohibir los nombres que no correspondan a santos cristianos, y desde este mismo momento el repertorio de uso que­dará congelado, de manera que a lo largo de los años no registrará más que pérdidas. Salvo alguna que otra importación de lenguas extranjeras y algunas creaciones inspi­radas en la mariología, de tanta fuerza en España (Angustias, Nuria, Lidón...), el sur­tido de nombres irá empobreciéndose gradualmente. Y así llegaremos a los años setenta, con una cuarta parte de los españoles varones de más de veinte años con el nombre de José. Seguramente en ninguna época histórica el empobrecimiento onomástico había sido tan desconsolador.

 

 

3. LA ELECCIÓN DEL NOMBRE

 

Esta situación resultaba inconcebible en un mundo en constante eclosión comunicativa. El nuevo ambiente recuperado a partir de la Transición política española produjo, como lógico fruto, las reacciones adecuadas. Así, Hispanoamérica se había sumergido ya desde mucho antes en fuentes bíblicas, clásicas e indígenas, cuando no en el resplandor cultural del vecino del Norte. Eran allí frecuentes los Atahualpa, Yara, Conori, Ho­racio... cuando no los Sarah, Nohemí, Freddy o Charles. Y no se diga que esto es lo mismo que Sara, Noemí, Federico o Carlos, respectivamente: no lo es, de la misma forma que, para nosotros, Nora no es hoy ya los mismo que Eleonora. Pudo serlo en una época, pero en los actuales tiempos de autodeterminaciones también los nombres rehúsan identificaciones y paternidades. Dirán lo que quieran los registros civiles, pero la verdad es que un nombre, como la persona que representa, no necesita ningún tipo de legitimación para ser reconocido como tal: basta con su mera existencia. Es estéril perder el tiempo en hipotéticas identificaciones entre Luis y Ludovico. Digamos que estas formas tienen un origen común, y eso es suficiente. Aceptada la transformación, ella basta para que cada forma viva su propia vida.

Los nombres siguen unos extraños meandros a lo largo de los cuales, deformándose, adquieren personalidad propia. ¿Quién diría que Diego es un derivado de Jacob? El camino es algo tortuoso: Jacobo, Jácobe, Sant-Yago, Tiago, Diego. Como lo es a veces el tránsito del nombre a apellido, que lleva a los Berenguer, Gomá y tantos otros de una a otra situación.

Pero dediquemos unas líneas al problema concreto de la elección del nombre para un hijo. ¿Qué factores deberán tenerse en cuenta? No hablemos, por supuesto, de los de tipo familiar: no se valoran éstos con libros. Pero hay otros sobre los que sí pue­de arrojarse alguna luz y orientar por el conocimiento.

El primero es el del origen y significado, que expresará todo un sentido una fi­losofia de la vida, un deseo proyectado hacia el futuro. Un hijo llamado Hildeberto («guerrero famoso») no expresa ciertamente los mismo deseos paternales que uno con el nombre de Teófilo («amigo de Dios»). ¿Llega el nombre a influir, por su significado, en el destino de su portador? Los antiguos no vacilaban en contestar afirmativamente: re­cordemos la frase que inicia estas líneas.

No podemos nosotros aceptar tanto, pero ciertamente, algo puede haber de cier­to en esta antigua creencia... al menos en las malas consecuencias que un nombre mal elegido deparará a su portador. Y de todos modos, sigue siendo importante la consideración del significado del nombre como expresivo de una virtud deseada. Y el objeto principal de este libro es suministrar materiales para conocer aquél.

Pero, además del significado, existe otro aspecto, tanto o más importante: un nombre debe encajar. Su fonética y aspecto deben hacerlo grato, por sí solo y en com­binación con los apellidos. La búsqueda y ensayo de como «suena» el nombre es uno de los ejercicios más gratos a los padres. Pero ¡cuidado! No hay que confundir esta ta­rea con el empeño a ultranza en hallar un nombre «super original», un nombre en el que «nadie» haya pensado antes. Estos esfuerzos suelen denotar más bien una insana vanidad, un deseo de destacar nosotros en el nombre de nuestro hijo aun llegando a lo estrafalario. Ensáyense nombres, tantos como haga falta, pero no pretendamos hacer de su elección una prueba de nuestra gran originalidad o cultura.

Señalemos especialmente algunos escollos que amenazan el éxito de una elec­ción consciente. Tengámoslos en cuenta para evitar decisiones que posteriormente no­sotros (¡o nuestro hijo!) lamentaríamos.

1)      Ante todo, mucho cuidado con los nombres que no son de persona. Medite­mos mucho antes de bautizar a nadie Durandarte, Kenya, Altair o Bucéfalo. Manten­gamos la fantasía en sus justos límites: sus excesos, fruto del ardor o capricho de un momento, se pagarían toda la vida. Cuidemos los nombres que se prestan a deforma­ciones o asociaciones de ideas desagradables, que serían descubiertas y utilizadas sin piedad por los compañeros escolares del niño. Muchos traumas infantiles tienen un origen tan simple como éste.

2)      Cuidemos de la armonía del nombre en combinación con los apellidos. Generalmente si éstos son cortos, encajarán mejor con un nombre largo, y viceversa. Atención también con los enlaces entre uno y otro; una Chantal Álvarez es cacofónico, como una Audomar Martínez. Y, desde luego, de ningún modo hay que hacer combinaciones estrafalarias entre unos y otros: nada de Angustias Verdaderas ni de Martín Martín Martín. Una persona no debe ser un chiste ambulante.

3)      ¡Atención a las modas! Y muy especialmente a la TV× los nombres que los actuales media proyectan fulminantemente a la popularidad un día, sonarán raros o fuera de moda a los cinco años, y posiblemente ridículos a los veinte. ¿Qué será de las numerosas Heidi, Davinia o Suelen en el futuro? Posiblemente, además de haber vivido la chocante experiencia de coincidir en clase con varios niños de su mismo nombre, se verán obligados a explicar continuamente la cantinela de que «... hacia 1980 hubo un programa muy popular en la tele, y...

4)      Cuidemos también la grafia del nombre. De nada sirve escribir Esther por Ester, o Lydia por Lidia, si no es para causar complicaciones a quienes tendrán que escribirlo por primera vez. Y, menos aún, inventar nuevas grafías: Myriam por Míriam, Hedgar por Edgar, etc. También hay que pensárselo antes de fijar en el Registro Civil el diminuti­vo de un nombre, aun cuando vayamos a usarlo; quizá nuestro hijo, en el futuro, pre­tiera llamarse Francisco que Paquito. Y por supuesto, evitar los nombres que induz­can a duda sobre el sexo del niño/a.

5)      Finalmente, pensar en los comentarios más o menos jocosos a que puede dar lugar un nombre. Los blancos favoritos de ellos son, paradójicamente, los más cargados de significación concreta inmediata, Modesto, Amado, Bella, Perfecto, Felicísimo, Prudencia y tantos otros tienden a motivar hoy día comentarios. Y tampoco hay que olvidar el entorno sociocultural en que se inserta el nombre: quizá no acabe de ser oportuno un Gonzalo Fernández en la ciudad de Córdoba, o una Mariana en la villa de Pineda. Lo que no se contradice con la popularidad de nombres ilustres en determinadas demarcaciones: son numerosas las Teresa en Ávila o los Hernán en Medellín.

 

 

4. ALGO SOBRE ETIMOLOGÍAS

 

Sin duda, el punto más apasionante en la investigación de un nombre es su etimología. En la mayor parte de los casos ésta es sencilla y basta con un buen diccionario de la lengua de origen para reconstituirla. Pero a veces la cosa no es tan sencilla: Tecla nada tiene que ver con la tegula latina, sino que es una deformación del griego Theos kleos, «gloria de Dios». ¿Y quién será capaz de seguir, a miles de años de distancia, el pensamiento de quien bautizó a su hija con el nombre de Prepedigna, reiteración de la misma pala­bra, «digna», en griego y en latín? Resulta muy fácil, en estos casos, caer en interpre­taciones disparatadas. Y al control etimológico debe unirse un seguimiento histórico, ausente el cual podríamos caer en la tentación de creer que Teodorico es una mera adjetivación de Teodoro, o Tomé un consecuente de Tomás, cuando ambos presuntos derivados son en realidad antípodas en origen y significado de sus «primitivos».

¿Y qué decir de las «constelaciones» de nombres? Sería una simplificación apresurada considerarlos sin más equivalentes; como máximo podremos aplicarles el calificativo de «relacionados». Aunque unos nombres hayan podido derivar o ser influidos por otros, es imposible sostener seriamente hoy que Luis, Ludovico y Eloy sean lo mismo. El estudio a fondo de estas interacciones onomásticas sería apasionante, pero exigiría un libro de más volumen que éste. Un nombre extraño a los hebreos como Isabel, que recuerda prácticas idólatras, era a pesar de ello adoptado por el pueblo, seducido por la superioridad cultural del dominador babilónico, y «legitimado» después por las au­toridades religiosas judías asimilándolo a Elisabeth, nombre ya preexistente en la onomástica hebrea. En la Edad Media, similares motivos de intolerancia religiosa aconsejaban transformar los nombres árabes Amrus y Ahmet, en los cristianos Amo­rós y Amado, sin más relación con ellos que la fonética. ¿Y no son curiosamente pare­cidos estos casos a los cambios hechos por unos celosos funcionarios en nuestra inme­diata postguerra encargados de podar el Registro Civil de nombres subversivos, que transformaban un Stalin en un Estanislao, o una Acracia en una Gracia?

Si; la historia se repite. Pues el mismo impulso de llevaba a un judío a elegir Isabel pese a todos los pesares se repite hoy con la adopción de los Yuri, Arlet, Oscar y tantos otros. No es posible adentrarse demasiado en las antroponimias de las demás lenguas, pero sí hemos querido advertir de los escollos con que tropieza una investigación etimológica entusiasta pero ingenua.

Un tema especialmente cautivador es el de los «nombres perdidos». Existen multitud de nombres, hoy en desuso en España, que merecen una re habilitación urgente. Y el primer paso para ello es hacerlos conocidos. Hay que hacer que suenen otra vez los Mainario, Edelberto, Esdras, Teófanes y tantos otros. Si pres­cindimos estos nombres por su rareza no hacemos más que persistir en el proceso ini­ciado en los siglos XI-XIII. Y precisamente uno de los fines de este libro es oponerse a él, en lo que tiene de empobrecedor.

 

                                                                            Josep M. Albaigès i Olivart