EL RUNRÚN, LA VANGUARDIA, 26 1 2007

Quim Monzó

I love you, Darling

 

Con el corazón en un puño sigo el caso de la mujer colombiana (de treinta y tres años, residente en una población cercana a Madrid) a la que de momento las autoridades han denegado la nacionalidad española por llamarse Darling. Aceptaron su solicitud y todo iba viento en popa hasta que tropezaron con el nombre. La ley española prohíbe todos aquellos que resulten ridículos o que no indiquen claramente el sexo. De forma que le han dicho que por qué no se lo cambia y se pone otro: uno de santa, por ejemplo. Así podría obtener la nacionalidad sin más dilación.

 

Molesta, Darling Vélez --ése es su nombre completo-- dijo que su Darling es parte de ella, que siempre se ha llamado así y que no ve por qué debería cambiárselo. Y explica que, si le obligan a hacerlo, como venganza escogerá un nombre vasco. Esa amenaza demuestra que conoce con claridad qué prejuicios y qué recelos rigen en el rincón de Europa donde ha decidido vivir.

 

Que Darling suene ridículo, o no, es --como todo-- discutible. Yo no se lo pondría ni a un perrito chihuahua, pero ¿no suenan ridículos tantos otros nombres como se oyen por ahí, sobre todo desde que la televisión se ha convertido en el único referente cultural de una población cada vez más amorfa y sin raíces? Hace cuarenta años, Darling nos hubiese sonado a caramelo, por aquellos Darlin´s que chupábamos en la niñez. Pero, luego, por pocas películas americanas que se hayan visto, todo el mundo sabe que darling es la palabra habitual con la que los miembros de una pareja anglohablante y bien avenida se dirigen uno a otro. Darling sería, así, el equivalente a cariño, amor, cielo, querido, querida...

 

--¿Estás lista, cariño?

 

--Un momentito, cielo...

 

En la serie Blackadder, uno de los personajes (interpretado por Tim McInnerny) se llamaba Darling de apellido. En la versión catalana --L´escurçó negre--, para mantener el doble sentido lo tradujeron por Reina. Perfecto. Vestido de general, decía Stephen Fry al entrar en el despacho donde trabajaba el capitán Reina: "Bon dia, Reina...". O bien: "Què tal, Reina...?". Y, a las preguntas de éste, respondía con "Sí, Reina..." o "No, Reina...". Cada vez que oía su apellido, al Reina/Darling en cuestión se le disparaba un tic en un ojo. Un tic que se les ocurrió durante los ensayos y que (según confiesa McInnerny en uno de los extras del pack de DVD que contiene la serie completa), tras acabar los rodajes, al actor le costaba tiempo abandonar.

 

Quizá se deba a mi devoción por aquella serie, pero, a mí, Darling me parece un nombre asumible. Además de la amenaza de ponerse un nombre vasco, quizá la señora Vélez hubiese podido aportar al Registro Civil el precedente de L´escurçó negre, para dar más argumentos a la propuesta de conservar su nombre actual. La única lástima es que haya escogido España para nacionalizarse y vivir. Porque, en según qué otros lugares del planeta, Darling puede resultar --además-- útil en ciertas ocasiones. A veces, en medio de la pasión, la persona que vive entre dos amores susurra el nombre que no debe a los oídos del amante equivocado, y la cosa se lía. En cualquier país anglohablante, susurrado por error al oído indebido, el nombre de Darling no despertaría la más mínima sospecha.