NOMBRES JUDÍOS EN ESPAÑA

 

El sistema onomástico utilizado por el pueblo judío toma su origen en la Biblia, cuyos protagonistas lucen nombres de variado origen. Unos son teóforos, o sea que aluden a Dios, Jahvé. Como el nombre de éste era impronunciable por respeto, se utilizaban partículas alusivas indirectas: el, iah, ías, que hallamos en Samuel, Joel, Miguel, Elías, Jeremías y tantos otros. En otras ocasiones el nombre tiene una fuerte carga simbólica, y el legendario personaje portador expresa un valor judío importante: pensemos en Eva (hiyya, "vida", muy adecuado para la primera mujer), o en Hagar (hadchara, "fugitiva", como correspondía a la mujer caída en desgracia por haber originado el pueblo árabe, hermano pero inferior en categoría al hebreo). Los nombres femeninos suelen poseer una enorme gracia: Débora ("abeja"), Noemí ("mi delicia"), Tabita ("gacela")...

Estos nombres han continuado siendo utilizados tradicionalmente por el pueblo judío en diáspora, pero la situación perseguida y marginada en que han vivido habitualmente en los países en que han rehusado o no les ha sido permitido integrarse ha hecho habitual la coexistencia de ese nombre "bíblico" con otro, "oficial", tomado del sistema onomástico propio del país.

Por ello, aunque en la Edad Media hallamos en España multitud de nombres del primer tipo portados por judíos (Maimún, Salomón, Abdías, Sara, Raquel...), también son frecuentes los genuinos españoles, únicos registrados en los documentos oficiales. En Mallorca son muy conocidos catorce linajes xuetes, o pertenecientes a familias judías, pero ninguno de ellos es etimológicamente de origen hebreo.

Por otra parte, muchos nombres bíblicos acabaron siendo adoptados por cristianos, de manera que, finalmente, no existe distintivo externo alguno que permita distinguir un apellido "judío" de uno que no lo es.

Era muy frecuente que los judíos desempeñaran en la Edad Media oficios liberales en oposición a los cristianos, lo que hizo surgir la leyenda de que ciertos apellidos expresivos de profesión iban necesariamente vinculados al pueblo judío. Así el catalán Ferrer, "herrero". También es falsa la creencia que los asocia a los apellidos consistentes en nombre de pila (Ramón, Carlos, Juan y tantos otros). De hecho, esta costumbre se originó en aludir a la persona por el nombre del padre, y se daba en toda clase de personas, judíos o cristianos.

 

JMAiO, nov 95