EL TESTI…FICAL NOMBRE DE COJONCIO

 

A lo largo de muchos años dedicados a la recopilación onomástica, frecuentemente me habían asegurado que existe el insólito nombre de Cojoncio, perdido en la lujuriante selva onomástica castellanoleonesa. La verdad es que nunca acabé de dar crédito a estos rumores, hasta que la eficaz gestión de mi amigo el periodista José-F. Pérez Gállego pone en mis manos un recorte del libro La arboleda perdida, recopilación de memorias de Rafael Alberti (Ed. Seix Barral). Dice nuestro laureado poeta (página 267):

 

Con él [Carlos Gardel] salimos aquella misma madrugada para Palencia. Una breve excursión, amable, divertida. Gardel era un hombre sano, ingenuo, afectivo. Celebraba todo cuanto veía o escuchaba. Nuestro recorrido por las calles de la ciudad fue estrepitoso. Los nombres de los propietarios de las tiendas nos fascinaron. Nombres rudos, primitivos, del martirologio romano y visigótico. Leíamos con delectación, sin poder reprimir la carcajada: “Pasamanería de Hubilibrordo González”; “Café de Genciano Gómez”; “Almacén de Eutimio Bustamante”; y éste sobre todos: “Repuestos de Cojoncio Pérez”. Un viaje feliz, veloz, inolvidable. Meses después, ya en Madrid, recibí una tarjeta de Gardel fechada en Buenos Aires. Me enviaba, con un gran abrazo, sus mejores recuerdos para Cojoncio Pérez. Como a mí era lo que más le había impresionado de Palencia.

 

Si Alberti lo dice, punto final. El nombre existe o existió al menos. Y al hilo de la propia cita de nuestro poeta del 27, se me ocurre una posible explicación de tal insolitez. Ese Hubilibrordo es en realidad deformación de un nombre efectivamente existente: Wilibrordo. Lo mismo ocurre con otros muchos que he tenido ocasión de recoger por estas tierras: Efigenia (Ifigenia), Acísculo (Acisclo), Demótrico (Demócrito) y otros. El nombre, transmitido a menudo a través de los siglos exclusivamente por vía oral, es deformado sin conocer correctivos cultos, y acaba a veces irreconocible.

Por tanto, no sería nada raro que ese Cojoncio, de etimología impensable, fuera una simple deformación de Geroncio, o de un supuesto Codoncio, derivado de Codón, o de otro no menos supuesto Godoncio (de Godo), etc. Quede esto apuntado como hipótesis explicadora del aparente dudoso gusto de unos padres.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès

                                                                                              Barcelona, marzo 1998