De cambios
MÀRIUS
SERRA - 22/01/2004
Uno de los logros menos divulgados del pujolismo fue el celo exhibido por sus
líderes al nombrar a los cargos intermedios. A pesar de las críticas incesantes
de la oposición, cuya posición natural siempre impele al descontento, nuestro
país vivió momentos excelsos de sintonía entre cargos y encargos. No estoy
hablando del consejo ejecutivo, sino de esos segundos y terceros niveles del
escalafón que ahora, con el tripartito, se han revelado tan problemáticos de
nombrar. Tal vez el ejemplo más claro de esta sintonía gubernamental se dio en
la dirección general del Medi Natural en el Departament d'Agricultura,
Ramaderia i Pesca de la Generalitat. El responsable de los asuntos del mar fue,
durante años, el señor Jordi Peix. Para más inri, esta adecuación del
funcionario a su función se complementaba con uno de los colaboradores más
estrechos del señor Peix, llamado Josep Miralpeix. ¿Cómo no iban a coordinarse?
Estaban predestinados a ello. Del mismo modo, el director general responsable
del cambio de nomenclatura de las carreteras catalanas que nos llevó al borde
de la locura se llamaba Jordi Follia. ¿No es eso justicia poética?
La adecuación pujolista de los funcionarios a sus funciones se extendió a otros
estamentos políticos del país, e incluso a la sociedad civil. En este contexto,
a nadie le extrañó que eligieran gerente del comité económico de la Fruita
Dolça de Lleida a un señor llamado Josep Presseguer, ni que el señor Joan
Caball fuera una de las caras visibles de la Unió de Pagesos. También el ámbito
municipal se impregnó de este tono general de la función pública catalana. Sin
ir más lejos, la alcaldesa de Torres de Segre saltó a los periódicos por frenar
unas obras de regadío que debían pasar por su finca. Nadie en la comarca
entendió que alguien llamada Elvira Duaigües (literalmente “llevaaguas”)
pudiera impedir el paso del líquido elemento. Como quiera que, en su día, Pujol
tuvo una cierta influencia en la política española, incluso cabe constatar que
algunos de sus aliados le imitaron en esta cruzada del “cada funcionario a su
función”. Tres ejemplos bastarán para probarlo: un director general de Iberia
(Sr. Donaire), un presidente del Colegio de Veterinarios de España (Sr.
Borregón) y un máximo responsable del metro de Madrid (Sr. Bocanegra).
Todo eso ya pasó. El delicado equilibrio de fuerzas que sostiene a un gobierno
de coalición no permite mensajes tan claros. Tal vez por eso, en Catalunya los
nombramientos fluyen ahora con tanta dificultad y se discuten nombre a nombre.
Por ejemplo, uno que está haciendo correr más e-mails aún que el de Joan Majó
al frente de la CCRTV es el del nuevo director general del Institut Català de
la Vinya i el Vi, que ha recaído nada menos que en el socialista Joan Aguado.
Ya es mal fario. El comentario más inocuo que suscita es un travieso “no 'nem
bé”. El nombre no hace al hombre, aunque el funcionario sí se deba a su
función. No en vano el reputado doctor Pere Mata (que da nombre al centro
psiquiátrico construido por Domènec i Montaner en Reus) protagonizó una
celebrada redondilla de su compañero de tertulia literaria Mesonero Romanos:
“Vive en esta vecindad, / un doctor, también poeta, / que al extender la
receta, / pone Mata y es verdad”.
MariusSerra@verbalia.com