Apellidos ilustres

 

Mi teoría patillera sobre la sucesión de Aznar -la del imperio de la A que instituyó Fraga, entronizó Aznar y que sólo Zaplana puede mantener- ha encontrado eco en mi vecino periodístico Màrius Serra, gran pope de la enigmística, que es para las palabras lo mismo que el jefe de CSI para los crímenes. Claro que Màrius Serra no se limita a buscar aes, sino que aplica en los nombres y apellidos claves numéricas. Después pone las letras en su coctelera mental, de tal modo que Rato y Rajoy, sumados, componen el temible anagrama "roja y rota", lo que les aleja del patriotismo constitucional y, por ende, de la sucesión. (Yo también me animo: Artur Mas, "Surt a mar"; Maragall, "Gall a mar"; tiene algún sentido, pero no sé cuál.)

Es un bonito juego, pero inaplicable. Sólo faltaría que tuviéramos que escoger a nuestros representantes a base de sopas de letras. Ya puestos, preferiría basarme en la semántica, y buscar para cada alto cargo el apellido más acorde. Así ocurría en los tebeos: el ricachón se llamaba Millonetis y el guardia urbano, agente Múltez. El compañero empollón de Zipi y Zape era Cepillín Peloto, y la vecina pesada, Feldespata Plómez; en las aventuras de Astèrix, el espía galo se llamaba Cerocerosietix, el jefe bretón Bigbos, y los guerreros normandos -en la versión catalana- respondían a nombres tan sugerentes como Batiscaf, Aiguanaf y Mercatdecalaf.

La realidad no supera la ficción, pero a veces lo intenta (cómo olvidar aquel célebre gobernador civil llamado Armando Murga). La Generalitat, sin ir más lejos, ha aplicado el criterio onomástico en su política de nombramientos. Paradigma: Jordi Miralpeix, que fue director general de Pesca. Pero también es destacable el caso de Francesc Xavier Marimon, antiguo conseller de Agricultura, Ramaderia i Pesca (exactamente eso, "mar i mont"). Sin olvidar al hasta hace muy poco titular de Justícia -responsable, por lo tanto, de las fugas carcelarias-, apellidado justamente Guàrdia.

Actualmente, tenemos a un Teixidó al frente de Comerç, Treball i Indústria; a un Jordi Follia al frente de la dirección general de carreteras (el tráfico, qué locura), y también un Jordi Penas en la dirección de Industrias Culturales, un ámbito que ciertamente invita a la compasión.

Hay criterios mejores para formar equipos; pero al menos éste tiene la virtud de identificar automáticamente el cargo con su titular. Los consellers de la Generalitat no andan sobrados de popularidad, hasta el punto de que muy poca gente sabe, aún hoy, quién es quién en el Gobierno catalán. Así que una ayudita no les vendría mal; si en Economía hubiera un tal Guardiola, y en Interior un tal Porras, la gente haría memoria con mucha más facilidad. Ocurriría lo mismo si el ministro de Medio Ambiente, en lugar de Arias Cañete, se llamara Pierre Nodoyuna, como el cenizo personaje de dibujos animados.

Y quien crea que los apellidos no importan -al menos en Cataluña- va muy equivocado. Basta leer "L'oasi català" (Planeta), de Andreu Farràs y Pere Cullell, para darse cuenta del enorme pe-so que todavía conserva, en todos los resortes del poder, el partido transversal formado por un puñado de apellidos con pedigrí. Éstos no suenan a chiste, pero sí a coche oficial.

 

LA VANGUARDIA - 03.46 horas - 23/11/2002