Crónica multinombrable
(Huerta de Rey)
No es que las circunstancias de mi llegada a Huerta de Rey el día 9 de agosto fueran las óptimas: en Clunia me habían hurtado mi equipo fotográfico, que luego, por un azar novelesco, volvió a mis manos. Mis cavilaciones iban en torno a la bondad y la rapacidad humanas cuando encaré la recta final que conduce al pueblo, y entonces todo cambió. La densidad del aparcamiento en las calles me recordó la de Barcelona, y el mar rojiblanco de los asistentes al encuentro me hizo pensar en los días en que somos invadidos por los simpatizantes del Atlético de Madrid. Mi humor cambió en el acto, y me apresuré a preguntar por los organizadores de todo el cotarro.
¿Alarico? No se le encuentra. ¿José Ángel? Está muy ocupado. Y así con el resto, todos sumidos en la vorágine, desbordados por atender a los trescientos visitantes con nombre singular y sus centenares de acompañantes extras. Alguien puso en mis manos un mechero y en mi cabeza una gorra, y me sumé a la alegre multitud. Ahí era nada, ¿cuándo yo, coleccionista impenitente de nombres, iba a encontrar una ocasión como ésta? Imaginad un aficionado a la caza entre uno de esos rebaños de búfalos que antaño poblaban el Far-West americano hasta perderse de vista, así me sentí. Por mi lado desfilaban los Otilios, los Apolinos, las Terencias, los Telesforos, y cada uno era como una llamada de la historia y de la belleza.
Sí, de la historia y de la belleza, amigos, porque, para mí no existen nombre “raros”, sino, en todo caso, “singulares”. Todo nombre es un elogio, una meta a alcanzar señalada a alguien por sus padres (nomen, omen, ‘un nombre, un destino’, decían los romanos), a menudo en una lengua ya perdida, de la que sólo emerge, cual punta de iceberg, la alusión a la riqueza, a un dios, al campo, a los mensajeros…
¡Cuánta belleza encierra un nombre! El griego Onesíforo significa “útil, provechoso”. El germánico Sindulfo nos habla de lejanas épocas guerreras al componerse de sind, ‘camino’, y wulf ‘lobo’, palabra todavía hoy presente en inglés y alemán; el lobo era un animal sagrado para los antiguos pueblos de las selvas de Germania, expresivo de la fiereza y el valor. Por tanto, metafóricamente se aplicaba a un guerrero. Resultado: Sindulfo = Expedición de guerreros.
¿Qué ocurre con Burgundófora? Nos habla de la casta de los burgundios, ese pueblo del que surgió la actual Borgoña, que tanta fama alcanzaría por sus vinos. ¿Hierónides? En griego significa ‘heroico, fuerte, sublime’. Otro nombre: Macrino. ¿Quién no conoce que el griego makro significa ‘grande’?
El estudio de los nombres supone un repaso a las lenguas que, de manera más directa o indirecta, han conformado la castellana, con otras ocho más, repartidas por el mundo mediterráneo, desde Portugal a Rumanía. El latín es nuestra base, y de él proceden la mayoría de los nombres, desde Constantino a Octavio, desde Marco a Rufino.
Pero el hebreo, aunque más alejado, tiene también una importancia excepcional al ser la base de los bellos nombres de la Biblia, que ganarían difusión mundial cuando el Imperio romano aceptó como religión la cristiana, hija de la judía. Los nombres de origen hebreo no forman mayoría en el diccionario, pero sí en la sociedad, por la enorme abundancia de los José, Juan, Jaime, Rafael, Raquel, Sara y Débora.
El griego era una lengua de cultura ya en tiempo de los romanos, y su prestigio continúa informando nombres como Apolo, Minerva, Sócrates, Helena y tantos otros. Nunca se marchita el sello culto y venerable que transportan los nombres inspirados en la Ilíada o adoptados en el Nuevo Testamento, escrito, no lo olvidemos, en esa lengua: pensemos en Dámaris, Priscila, Onésimo y tantos otros.
En fin, todavía quedan las lenguas germánicas, cuyos nombres son siempre portadores de lejanas resonancias guerreras. Gonzalo, Ramón, Berta, Linda… no acabaríamos. Los nombres germánicos llegaron a ser casi exclusivos en determinado momento de la Edad Media, y nuestros mismos reyes no los desdeñaron: Alfonso, Carlos, Luis, Fernando.
Y no olvidemos la avalancha de nombres nuevos que actualmente nos invaden, desde los procedentes de otras lenguas españolas (Laia, Iker, Brais), que añaden riqueza al repertorio y cohesionan la piel de toro, hasta otros no siempre tan afortunados, copia de los habituales en otros países cuando no simple adaptación de las modas cinematográficas o televisivas. De toda esta diversidad de fuentes emana nuestro actual sistema onomástico, que se repite, en sus líneas básicas, prácticamente en todos los países de la cultura occidental.
Todos estos nombres estuvieron, en presencia física o en evocación, en Huerta del Rey gracias a la formidable iniciativa de José Ángel Sebastián Rica, Alarico Rubio Tello y otros colaboradores cuyo nombre lamento no tener presente. Se vivió una jornada de convivencia, amistad y cultura, que estamos seguros de que va a tener continuidad. No diré que fuera para mí una sorpresa la hospitalidad y simpatía de los huertaños, pues la conocía ya por nuestros previos contactos epistolares, pero el calor —metafórico y real— y la alegría vividas en esa jornada superaron mis mejores expectativas. Pues no sólo disfruté con los honores con que fui honrado, que recordaré siempre, sino que tuve ocasión de cerciorarme, a través del documentadísimo libro Huerta de Rey, paraíso de aroma y sabor[1], de la inquietud y alto contenido cultural de un pueblo que sabe divertirse, acoger a los forasteros y demostrar en todo momento su alto nivel cívico y cultural.
Huertaños: ¡Muchas gracias! Tengo el orgullo de contarme entre los muchos amigos que hicisteis ese día. Y hasta el año que viene.
Josep Maria Albaigès i Olivart
[1] Autrores: Gabriel Molinero Moreno, Ignaco Rica
Molinero, Alarico Rubio Tello. Editado por la Colonia Huertaña en Madrid, 1986.