CURIOSIDADES CON LOS GRANDES NÚMEROS

 

Adolfo Maruri acaba de ingresar en el club y ya participa en nuestra mensa redonda. ¡Así se hace! Su artículo debate un viejo tema: la inencontrabilidad entre ciencia y fe, que la mayor parte de las veces postulan los fideístas. Ocurre con esa incomunicabilidad de vasos como con la cuarta dimensión: nadie puede demostrar que ésta no exista, y están construidas geometrías  perfectamente coherentes que la toman como escenario, pero el hecho es que vivimos en un universo de tres dimensiones.

Renuncio a entrar en el tema, especialmente tras lo que digo en otro artículo sobre la conveniencia de poner en el congelador una temporada los temas religiosos. Pero sí quisiera mirar con cierta circunspección esa inaprehensibilidad de la vivencia íntima, sea religiosa, artística, amorosa, que le atribuyen los que afirman haberla vivido como si fuera algo fuera del alcance del común de los mortales. Y como mi duda en ese campo es tan personal como la del campo opuesto, me valdré festivamente del mismo ejemplo que Adolfo utiliza: la gota de agua. Se me ha ocurrido realizar unos cálculos sobre al suceso tan “sumamente raro” de aquella molécula que toma consciencia de su estado a través de la evaporación. Pero, ¿es tan extraordinario este suceso? Vamos a ver ahora mismo que no.

¿Cuál es el volumen de agua evaporado anualmente en toda la Tierra? Suponiendo que las  lluvias caídas en todas las tierras emergidas suponen cada año del orden de un metro de altura, simplemente recordando que la superficie de éstas es 175 millones de kilómetros cuadrados, obtenemos fácilmente que V1 = 175.000 km3.

¿Cuál es el volumen total contenido en los océanos? Si éstos tienen una extensión de unos 350 millones de km2, y su profundidad media es de unos 5 km., con no menos facilidad que antes  vemos que dicho volumen total es V2 = 1.750 millones de kilómetros cúbicos.

Un simple cociente entre ambas cantidades nos indica que toda el agua del océano pasa a vapor cada 10.000 años. Por tanto, no es tan raro que una molécula de agua marina se convierta en vapor: le ocurrirá, por término medio, cada 10.000 años. Una insignificancia a escala geológica.

 

 

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Viene esto a cuenta de los curiosos resultados que podemos obtener comparando cantidades muy grandes con oportunidades que brinda la naturaleza para su repetición. Por ejemplo:

Cada vez que respiramos, exhalamos unas doce moléculas del mismo aire que espiró Julio César al decir Tu quoque, fili?

Todos sabemos el fantástico valor que toma la constante de transformación de masa en energía: E=mc2, siendo c el cuadrado de la velocidad de la luz. Pues bien, cada segundo se transforman en energía en el Sol unos cuatro millones de toneladas de materia. Pese a lo cual, no vemos que su diámetro aparente varíe.

 La humanidad, puesta en fila, daría unas 120 vueltas a la Tierra. Pero para alimentarla diariamente bastaría con un cubo de comida de unos 100 metros de lado.

Cuando canta un ruiseñor en un día tranquilo, su débil garganta mueve continuamente mil toneladas de aire.

Si alguien hubiera impuesto en un banco una peseta al 6 % cuando nació Jesucristo, hoy retiraría un lingote de oro de un volumen igual a un trillón de veces el de la Tierra.

Si no se hubieran descompuesto los cuerpos de los seres vivientes que han existido sobre la Tierra, formarían hoy sobre ésta una capa de 100 km. de espesor.

 

                                                                                              JMAiO, may 97