LAS PARADOJAS DE LA DECISIÓN RACIONAL
En lenguaje llano, se
entiende por decisión la elección de un “decisor” de una entre varias
alternativas. La decisión racional será aquélla basada en un análisis racional
de los hechos. Y dentro de las decisiones racionales juegan un papel
especialmente importante aquéllas en que los propios hechos generados por la
decisión no son enteramente conocidos, sino que forman parte de un “universo
aleatorio” sólo previsible de manera no unívoca. En este caso (que es el más frecuente)
resulta una gran ayuda en la decisión racional el hecho de que las distintas
alternativas sean probabilizables, es
decir, que puedan calcularse (o al menos estimarse) las respectivas
probabilidades de su aparición.
Ya situados en este caso, un
criterio generalmente ace€do es el de la maximización de la esperanza
matemática del resultado de la decisión. Por ejemplo, sea el caso en que la
decisión entre las alternativas A y B conduce, con probabilidades respectivas
de 1/3 y 2/3, a “premios” de 3.000.000 y 1.200.000 €. En un caso como éste, las
esperanzas matemáticas respectivas son
€ y
€. Luego, la
alternativa A deberá ser preferida a la B.
Sin embargo, este tipo (u
otros que iremos viendo) de “decisión racional” conducen pronto a fuertes
paradojas. Quizá la más conocida sea la de San Petersburgo. En ella dos
jugadores contienden con una moneda. En cada partida se lanza ésta tantas veces
como sea necesario para que aparezca una cara. El primer jugador entrega
siempre al segundo la cantidad fija de 1000 €, mientras que el segundo entrega
al primero 2N €, siendo N el número de veces que tarda en salir la
primera cara. Es decir, que si por ejemplo la primera cara aparece a la primera
tirada, el segundo jugador entrega 2 €, y el saldo, favorable a éste, es de 998
€. Si la primera cara aparece a la quinta tirada, el segundo jugador paga 32 €,
y el saldo, nuevamente favorable a éste, es de 968 €. Sólo a partir de que la
primera cara aparezca a la 10ª tirada o más allá, el primer jugador empieza a
percibir beneficios.
Este juego parece netamente
favorable al segundo jugador, y sin embargo el análisis matemático arroja para
el primero una esperanza matemática:
, es decir, superior, no ya a 1000 €, sino a cualquier valor.
Sin embargo, pocos arriesgarían su dinero jugando en el papel del primer
jugador.
Podemos clasificar las
paradojas surgidas como consecuencia de diversos modelos de decisión racional
en tres tipos principales:
Paradojas
lógicas. Son quizás las más “duras”, porque ponen en evidencia contradicciones
en el sistema lógico utilizado, y para salir de ellas a menudo el único camino
es la ampliación del campo operativo lógico (lo que, de paso, suele
proporcional el beneficio colateral del conocimiento
de nuevos sistemas lógicos). Son muy conocidas la del mentiroso, la de Aquiles
y la tortuga, etc.
Un caso especialmente
interesante en este tipo de paradojas es la de la “optimización”. En ella un
decisor optimiza su comportamiento optando por la acción que le proporciona la
mayor utilidad. Pero esta determinación exige unos cálculos que tienen
obviamente un coste (v. gr., el presupuesto que hay que pagar para saber si
sale a cuenta reparar el televisor o es mejor tirarlo). Hay que proceder
entonces a una meta-optimización aplicada a estos costes (“¿Cuánto me costaría,
más o menos, el presupuesto?”), en la
que surgen nuevos elementos optimizables, pudiendo generarse al así un “bucle
decisional” no siempre convergente.
Otro caso ciertamente
interesante es la “paradoja de Nash”, donde un matrimonio debe decidir entre
ir, cada uno o juntos, al fútbol o al ballet. El marido prefiere fútbol (valor
1, valor 0 para el ballet), y la mujer al contrario. Pero cada uno de ellos
concede valor superior (2, por ejemplo) al hecho de ir en compañía del otro. El
bucle generado es:
|
Marido®Mujer¯ |
Fútbol |
|
Ballet |
|
Fútbol |
(3,2) |
¬ |
(1,1) |
|
|
|
|
¯ |
|
Ballet |
(0,0) |
® |
(2,3) |
Los puntos (F,B) o (B,F) son para cada uno de ellos menos favorables que
los (B,B) o (F,F), por lo que ambos huirán de los primeros tendiendo a uno de
los otros dos. La solución final es indeterminada, y depende de otros factores
(la capacidad de persuasión de cada uno, por ejemplo), distintos de la mera
racionalidad.
Paradojas
conceptuales. Son un tipo más “suave” de paradojas, pues resultan de la aplicación
de un “experimiento mental” a un proceso, por el que se llega a resultados
difícilmente admisibles. La paradoja de Langevin, el demonio de Maxwell
constituyen ejemplos bien conocidos en la Física. La malignidad de estas
paradojas reside en el hecho de que ponen en contradicción los conceptos con su
utilización, obligando a revisar las reglas operativas que los rigen, u obligan
incluso a concluir que tales reglas no son más que la expresión de la
imposibilidad de aplicar con todas sus consecuencias el modelo lógico postulado
al fenómeno que se está estudiando.
Un caso bien conocido por
los aficionados a la matemática recreativa es la llamada “paradoja de Newcomb”.
En ella se supone que el decisor, puesto delante de las cajas A (transparente,
que contiene 1 M€) y B (opaca, que puede contener 0 € o 5 M€) puede elegir
entre tomar la B o ambas. Un ser “divino”, al que llamaremos “el demiurgo” es
capaz de adivinar la decisión, y situará 0 M€ en la caja B (antes de la elección del jugador) si
prevé que el decisor va a tomar ambas, y
5 M€ si prevé que tomará sólo una de ellas.
El esquema decisorio es
ahora:
|
El decisor escoge |
El demiurgo anticipa 1 caja 2 cajas |
|
|
1 sola caja |
5 |
0 |
|
2 cajas |
6 |
1 |
Cualquiera sea lo que ha
hecho (“ha jugado”) previamente el demiurgo, sale más a cuenta al decisor
escoger 2 cajas. En efecto, puesto que en la B hay ya… lo que haya, no cambiará
por el hecho de decidir una u otra
posibilidad. ¿A qué, pues, renunciar tontamente al contenido de la caja A?
¡Sin embargo, si hace tal
cosa, hallará la caja B vacía! Aquí juega el hecho lógico de que la
anticipación del futuro implica la modificación de éste, por lo que es
lógicamente contradictorio.
Paradojas
empíricas. Se trata de una nueva forma “suave” de paradojas, que en ocasiones
sólo ponen a la luz nuevos aspectos a mejorar en las teorías (en Física, el
experimento de Michelson-Morley para medir la velocidad de ella luz), pero en
ocasiones revelan mecanismos de decisión humanos de una “racionalidad” distinta
a las más elementales. Un caso muy sencillo, que se contradice con lo hablado
anteriormente sobre la optimización de la esperanza matemática, sería formular
al decisor la pregunta: “¿Prefiere e Vd. 1.000.000 € o el 50 % de probabilidad
de 3 M €? Mucha gente optaría por la primera posibilidad.
Una forma más compleja de
este tipo de contradicciones es la “paradoja de Allais”, en la que un decisor
debe efectuar dos decisiones sucesivas entre las parejas de loterías A1 y B1
por una parte, y A2 y B2 por la otra, con un esquema de
probabilidades-ganancias como el siguiente:
p = 0,08; G = 150 M € p = 0,8; G = 150 M €
A1 í A2
í
p = 0,92; G = 0 € p = 0,2; G =
0
p = 0,1; G = 100 M€
B1 í B2
í p = 1; G =100 M €
p =
0,9; G = 0 €
La mayoría de decisores preferiría A1 a B1,
pues se opta con ello a una ganancia mucho mayor con una probabilidad apenas
inferior, lo que está en contradicción con el criterio de maximización de la
utilidad de la ganancia, que impone elegir simultáneamente A1 y A2,
o simultáneamente B1 y B2.
Salou,
abril 1998