EL JUEGO DEL HEX...
Y ALGO SOBRE DEMOSTRACIONES MATEMÁTICAS
El juego del Hex fue inventado por el matemático-lúdico
danés Piet Hein en 1942. Se juega en un tablero rómbico formado por celdillas
hexagonales dispuestas como en la figura. Se considera cada par de lados
opuestos como pertenecientes a cada jugador; las celdas de las esquinas son
comunes. En los casos más corrientes, el lado del rombo tiene alrededor de 11
celdas.

Los dos jugadores están provistos de una serie de fichas
blancas y negras, respectivamente, y cada uno de ellos, por turno, coloca una
de ellas en una celda vacía. Sale el blanco.
El objetivo es completar una cadena continua que una sus
dos lados (al estilo de la de la figura, que conecta los negros); el primero en
conseguirlo gana.
Observemos que el juego es finito, y no puede terminar en
tablas, pues sólo puede impedirse al contrario que complete su cadena
construyendo una propia.
Es fácil el análisis de la estrategia para Hexes de un
número corto de casillas. Para el H(2) la victoria del blanco es inmediata.
También para H(3), jugando éste en la casilla central. Para H(4) gana
igualmente el mano jugando en una de las cuatro casillas vecinas a la central.
Y puede aún demostrarse que gana también para H(5) saliendo igualmente en la misma
casilla central.
Sin embargo, para valores superiores del lado la
estrategia no está tan clara. Desde luego, para n=11 no ha podido diseñarse
ninguna, ni siquiera con medios informáticos. Las sutilezas, celadas y
contraceladas son tan abundantes que resulta imposible su estudio
sistematizado.
Sin embargo John Nash, un estudioso del Hex, elaboró en
1949 una prueba de que existe una estrategia ganadora para las blancas en
cualquier caso. Éstas son las líneas maestras de la prueba:
1.
Uno u otro debe
ganar; luego existe una estrategia para uno de ellos (la demostración de este
aserto, bastante plausible, se realiza con todo rigor en teoría de juegos).
2.
Supongamos que es
el negro quien tiene esa estrategia. Entonces el blanco puede adoptar esta
otra: sale con cualquier jugada, y tras la preceptiva del negro, asume el papel
de éste, jugando lo que debería ser
primera jugada de la estrategia ganadora del negro. Y así sucesivamente (si
en algún momento su jugada debiera ser la que hizo en primer lugar, hace una
segunda arbitraria).
2.
3.
Es decir, que el
primer jugador pasa a asumir el papel del segundo, siempre con una pieza extra
en el tablero. Luego, el blanco acaba ganando, lo que se contradice con la
asunción de que el negro tenía una estrategia ganadora.
4.
Luego es falso
que exista una estrategia ganadora para el negro: debe haberla pues para el
blanco.
¿Qué tal esa demostración? ¿Le ha convencido?
Pues la verdad es que a mí no, y para demostrar su falacia voy a poner un
contraejemplo, basado en un juego ridículamente sencillo, al que llamaré
"de los cuatro peones".
REGLAS DEL JUEGO DE LOS CUATRO PEONES.
Se
juega sobre las columnas TR y CR de un tablero de ajedrez. Cada jugador dispone
de dos peones, que coloca en su primera fila (blancos en f1, g1; negros en f8,
g8). Cada jugador puede avanzar uno cualquiera de sus peones cuantos pasos
desee hacia delante o atrás, sin saltar sobre el adversario. Pierde el primero
que se ve incapaz de mover.
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La estrategia ganadora para el negro es muy
sencilla: jugar "simétricamente" al contrario, menteniendo entre sus
peones y los del adversario las distancias mínimas. He aquí una posible partida
ganada por ese procedimiento:
B N
1. f3 g6
2. f2 f7
3. f6 g3
y ganan negras
Este juego cumple con los requisitos
iniciales del hex: es finito y no puede terminar en tablas. Luego debería
existir una estrategia ganadora para las blancas, y ocurre lo contrario. ¿Por
qué?
Observemos que el blanco jamás puede llevar a
cabo su maquiavélico plan de usurpar su papel al negro. Pues la segunda jugada del blanco debería ser precisamente la que él ya
hizo en primer lugar, y la tercera debería ser su segunda, etc. Por tanto,
aguardando el momento de aplicar su estrategia ganadora, acaba perdiendo antes.
¿Ocurrirá lo mismo en el hex? A ver quién lo
estudia.
Barcelona,
enero 1989