Preciosidades

 

He llamado así a las frases abruptas pero no sin gracia que nuestro profesor del curso de Iniciación (antiguo ingreso a las escuelas de ingeniería), Eladio Precioso y Precioso, pronunciaba a veces en clase, especialmente cuando algún alumno le sacaba de sus casillas. Era licenciado en Físicas y nos impartía esa asignatura.

Muchas de sus expresiones son hoy moneda corriente, pero en tiempos franquistas de timidez y represión tenía su mérito ser capaz de pronunciarlas en una clase. Desde luego, yo no había oído ─ni en muchos años oí─ a nadie que se atreviera con ellas en una cátedra.

Lamento no haberlas apuntado todas entonces, pero veamos una pequeña muestra.

 

Cuando algo le era indiferente:

Me lo paso por el arco del triunfo.

Esto es hoy casi una banalidad, pero entonces no se oía nunca.

 

Una vez se equivocó en clase, proclamando que los parámetros directores de una recta en el espacio eran las componentes de “el vector asociado con dicha recta”, lo que es una barbaridad, pues éstos pueden ser muchos. Un alumno, para hacérselo ver, insistía en que, por ejemplo, si se multiplicaban los tres parámetros por -1, obtendríamos un vector distinto para la misma recta. Tras un rato de forcejeo, éste fue su argumento final:

¿¡Y para qué coooño quiere Vd. multiplicar por -1!?

Todo el mundo, empezando por el objetor, calló. Con tal argumento…

 

Cuando estaba festivo, también era muy gracioso. Hablando de composición de fuerzas, tenía una frase favorita:

─¡No me confunda Vd. el momento con el instante!

 

Y, en cálculo diferencial, otra:

¡Ni el incremento con el excremento!

 

Tenía un niño de corta edad, a quien formaba en su asignatura, y nos comentaba sus hazañas:

Cómo se lo sabe el tío: “Peso es la fuerza con que la tierra atrae a los cuerpos”.

 

Cuando se enfadaba, era temible. Una vez, ante una clase ignara, exclamó irritado:

¡Claro, no saben nada, porque el domingo, en vez de estudiar, se van restregar la cebolleta por ahí!

 

Una de las más divertidas la soltó a un compañero a quien sacó a la pizarra, pidiéndole que dibujara el triángulo formado por dos puntos dibujados en el plano y el origen de coordenadas. El muchacho, azorado, no entendió que dicho origen era uno de los tres puntos, y exclamó compungidamente:

Es que no tengo más que dos…

A lo cual, con sorna, comentó Precioso para la clase:

Je, je... dice que no tiene más que dos.

Una monumental carcajada colectiva remató la frase.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès, sep 08