Balón
de fútbol
Hacia la esfera perfecta
Aficionados o no al fútbol, todos hemos reparado
en los dibujos que en la trayectoria de un balón fuertemente chutado dibujan
sus partes oscuras: curvas veloces que prenden en el espacio una breve fracción
de segundo y desaparecen para siempre.
Pero el impacto visual permanece. Y su recuerdo
puede inducirnos a observar atentamente la geometría del balón. Una mera ojeada
a su superficie nos revelará que el entramado poligonal que recordábamos
vagamente es en realidad una red de pentágonos y hexágonos, imbricados de modo
que cada uno de los primeros esté rodeado por cinco de los segundos. Y si
tenemos la paciencia de contarlos todos, constataremos que su número es de doce
y veinte, respectivamente.
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Los que ya peinen alguna cana recordarán
también el modelo antiguo de balón de fútbol, hecho de seis tiras de cuero
cosidas entre sí, y quizá se pregunten el porqué de la actual moda. Se sorprenderán
al saber que el esférico que presidirá el Mundial ’82 no es más que un paso de
un camino iniciado hace, por lo menos, 2.500 años. Sócrates, en su diálogo Fedón, se refiere así al aspecto de la
Tierra vista desde el espacio exterior: «coloreada como las pelotas hechas de
doce trozos de fieltro».
¿De
qué modo se combinaban entre sí esos doce pedazos de cuero? La respuesta no es
difícil cuando sabemos que los griegos conocían ya la existencia de los cinco
poliedros regulares, los únicos cuerpos geométricos que se pueden construir
utilizando sólo como caras polígonos regulares iguales entre sí, y dispuestos
siempre del mismo modo. Pero su belleza ya era conocida y apreciada mucho
antes, como testimonia un juguete en forma de dodecaedro hallado en una tumba
etrusca del Monte Loffa, cerca de Padua,
fechada en 3.000 años antes de Cristo.
Los
cinco poliedros son llamados también sólidos platónicos, al ser
nombrados explícitamente en un diálogo de Platón cuyo personaje central, Timeo, llega incluso a asociarlos con los cuatro elementos
que según las ideas de la época formaban el Universo. El agua, el aire, la
tierra y el fuego eran simbolizados, respectivamente, por el icosaedro, el
octaedro, el cubo y el tetraedro. Y como faltaba un elemento, el dodecaedro se
consideraba como símbolo del Universo todo.
Otra
vez el dodecaedro. Este símbolo eterno, el más misterioso y bello de los
poliedros regulares, era también el cuerpo adoptado por los protofutbolistas helénicos como más aproximado a una esfera.
Las ventajas de su uso para balón eran evidentes: las doce piezas pentagonales
son idénticas, lo que simplifica el proceso de elaboración y hace que su
ensamblado carezca de error posible. Basta coser las respectivas aristas, una
con otra. Cerrado el cuerpo, salvo por una ventana, se rellenaría con trapos
para darle forma totalmente esférica, se completaría el cosido y... a jugar se
ha dicho.
Por
cierto que la preferencia de los helenos por el
dodecaedro hace nacer una duda en los aficionados a los cinco sólidos
platónicos. Pues el icosaedro, aun teniendo el inconveniente de su mayor
número de caras (contrarrestado, eso sí, por la mayor sencillez de éstas), parece
como más redondeado. ¿No hubiera sido mejor la construcción de balones icosaédricos?
El
cálculo desmiente pronto esta intuición. El porcentaje de volumen ocupado por
el dodecaedro respecto a su esfera circunscrita (es decir, la que centrada con
él pasa por todos sus vértices) es del 66,49 %; mientras que la cifra correspondiente
al icosaedro es sólo del 60,55 %. Tenían, pues, razón los contemporáneos de
Sócrates.
Pero
los tiempos cambian. Y si el icosaedro pierde la competición como candidato a
la mejor pelota de fútbol, es capaz de producir un hijo suyo cuya utilidad
es hoy reconocida. Si efectuamos apuntaduras en los
vértices de un icosaedro, aparecerán en ellos sendos pentágonos, los
triángulos iniciales se convertirán en hexágonos y la figura ganará en grado
de redondeo. Si llevamos a cabo con tino el apuntamiento podremos conseguir
que tanto los pentágonos como los hexágonos sean regulares, obteniendo así el
icosaedro truncado semirregular que, con una
posterior presión interna —conseguida esta vez con aire en vez de
trapos
apretados—, se convertirá en nuestro balón de fútbol.
Las
ventajas del nuevo cuerpo frente al dodecaedro son evidentes: su mayor redondez
se traduce numéricamente en un porcentaje de ocupación del 86,74 % de la esfera
circunscrita. Por contra, tiene el inconveniente de su mayor número de caras —32—
y de que éstas sean de dos tipos distintos, pentágonos y hexágonos.
Por
cierto, que la contemplación del hexágono induce a formar poliedros regulares.
Pero tales intentos se saldan en fracaso cuando se advierte que con hexágonos
solamente se puede cubrir un plano pero, por la misma causa, jamás se logrará
cerrar un volumen. Los mosaicos que cubren el Paseo de Gracia barcelonés son
una buena muestra de ello. El biólogo D'Arcy Wentworth Thompson cuenta la
anécdota de un colega que sostenía haber visto el caparazón de un erizo de mar,
esférico, formado por escamas hexagonales perfectas.
—No
puede ser —objetó D'Arcy—, el matemático Euler demostró hace tiempo que es imposible la construcción
de un poliedro de esta especie.
—Pues
entonces —replicó el colega— eso demuestra la superioridad de Dios sobre las
matemáticas.
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Sería
muy dudoso que Dios contradijera las leyes de la lógica, que son su propia
obra. En realidad, si observamos atentamente un dibujo de la Aulonia hexagon al
cual se refería el entusiasta amigo de D'Arcy,
comprobaremos que siempre hay alguna cara de menos (o más) de seis lados.
¿Cuántas debería haber como mínimo? Un curioso teorema geométrico nada difícil
de probar, sostiene que todo poliedro formado por hexágonos y pentágonos debe
contener precisamente doce de éstos, independientemente del número de hexágonos
con que cuente. Obviamente, sendos casos particulares de ese hipotético
poliedro son el dodecaedro regular, con cero hexágonos, y nuestro moderno balón
de fútbol, con veinte. Ocurre lo mismo con el icosaedro truncado, que
pertenece a la familia de los poliedros semirregulares:
menos conocidos que los sólidos platónicos pero, en algunos aspectos, más
bellos incluso. Pitágoras describió once de los trece cuerpos existentes de
esta clase. Todos ellos tienen sus caras formadas por polígonos regulares de
dos o tres clases distintas, todos iguales entre sí respectivamente y
dispuestos del mismo modo en cada vértice. Desde el sencillo tetraedro
truncado, con sólo ocho caras, al gran rombicosidodecaedro,
con 72, todos son un prodigio de armonía geométrica. Por cierto, que el estudio
de estos cuerpos nos permite aventurar cuál será el siguiente modelo de balón,
más perfeccionado. No cabe duda de que el candidato con más posibilidades es
el rombicosidodecaedro, formado por veinte
triángulos, treinta cuadrados y doce pentágonos. Este cuerpo —que se forma
truncando las aristas y vértices de nuestro eterno dodecaedro— une al tamaño
más o menos igualado de sus caras la propiedad de la máxima compacidad obtenible:
un 94,33 % del volumen de la esfera circunscrita. Claro que este ocho por cien
adicional sobre el icosaedro truncado se consigue a costa de casi duplicar el
número de caras de éste e introducir, además, una tercera variedad de polígonos.
Pero quizás veamos el modelo en los mundiales del 86. ¿Quién se anima a
presentar un prototipo?
José
M. Albaigès
(Artículo publicado en MUY
INTERESANTE, no 13, junio 1982)
N. del A:
Todavía el rombicosidodecaedro espera su oportunidad
futbolística.