CUESTIONES
LINGUÍSTICAS
Sexo vs. número
Volviendo a la cuestión lingüística, yo he visto incluso discutir
frases como "el hombre es un animal racional", parece que deberíamos
decir "el hombre y la mujer son racionales". Aquí es claro que la
palabra "hombre" se usa para referirse a la especie humana en su
conjunto. Algunos animales tienen nombres de género femenino, como la rana, la
rata, la comadreja, la serpiente, etc., pero en español, la especie humana se
llama "hombre". Además, por la misma regla de tres tendríamos que
decir "el león y la leona son fieros", "el toro y la vaca son
reses", etc.
La cuestión del género es polémica, pero hay otro asunto igualmente
discutible que no parece haber dado lugar a tanto jaleo. Me refiero al número.
Cuando un grupo puede contener uno o más individuos es costumbre referirse a él
usando el plural. Por ejemplo, "los alumnos que aprueben el examen de
ingreso serán admitidos". Me pregunto por qué nadie insiste en que se diga
siempre: "el alumno o los alumnos que...". Y combinando con las
consideraciones sobre el género, habría que decir: "el alumno, o la
alumna, o los alumnos o las alumnas que...", o quizás "el alumno, o
la alumna, o los alumnos, o las alumnas, o los alumnos y la alumna, o las
alumnas y el alumno, o los alumnos y las alumnas que apruebe o aprueben el
examen, será o serán, admitido, o admitida, o admitidos, o admitidas, o
admitido y admitidas, o admitidas y admitido, o admitidos y admitidas".
Como es bien sabido, las reglas de nuestra gramática establecen que
cuando en un grupo hay elementos de género masculino y femenino, se alude al
conjunto usando el género masculino. Lo mismo se hace habitualmente cuando en
una frase nos referimos a un elemento genérico de un grupo que contiene (o
puede contener) individuos de género masculino o femenino. Por ejemplo:
"los ciudadanos tienen derecho a vivir en libertad", "el alumno
que apruebe el examen será admitido", etc. La influencia de las feministas
ha llevado a que en frases como esas ahora se diga cada vez más: "los
ciudadanos y ciudadanas...", "el alumno o alumna...", etc.,
evitando así usar el género masculino para referirse a ambos sexos.
Yo estoy fundamentalmente de acuerdo con la mayoría de los postulados
feministas, pues considero que es positivo eliminar de nuestra sociedad toda
clase de prejuicios, tengan que ver con el sexo, la raza, las creencias, la
edad, o cualquier otra característica que lleve a juzgar a un individuo no por
sus capacidades y realizaciones personales, sino por características atribuidas
a un grupo humano. Sin embargo me parece ambicioso y algo incómodo pretender
cambiar la gramática para ello, y además creo que muchas de las propuestas
feministas están fundamentalmente equivocadas. Por un lado es prácticamente
inevitable que la Lengua arrastre arcaísmos y condicionamientos de viejas
características culturales, que en mi opinión hoy son bastante inofensivos. Por
ejemplo, tengo entendido que la palabra "ojalá" significa "Alá
lo quiera", pero la usamos sin problema aunque no seamos musulmanes. Por
otro lado, la insistencia en usar el género femenino en palabras como
"médica" y "jueza" creo que produce un efecto contrario al
pretendido. Puede que el uso del femenino en títulos profesionales contribuya a
divulgar la idea de que muchas mujeres consiguen acceder con éxito a
profesiones que antes parecían terreno exclusivo para hombres, pero por otro
lado podrían dar la impresión de que hay algo diferente en que dicha profesión
sea ejercida por una mujer en vez de un hombre. Como ejemplo, ilustrativo de lo
que quiero decir, supóngase que en Sudáfrica llega al poder un gobierno
decidido a terminar definitivamente con los prejuicios raciales, y para ello
decide imponer algunos cambios en las denominaciones profesionales. De ahora en
adelante, si un negro consigue un título de doctor en Medicina, no se dirá que
es un "médico" sino un "medinegro", los que lleguen a juez
serán "negrijueces", y así sucesivamente. Lo que está claramente
equivocado en esta estrategia es que los prejuicios no se combaten acentuando
la característica que distingue a las víctimas, sino convirtiéndola en
irrelevante. Si un día acudimos a una consulta profesional, y el hecho de que
nos atienda un blanco o un negro, un hombre o una mujer, es tan irrelevante
como que nos atienda una persona de pelo negro o rubio, entonces podremos decir
que los prejuicios raciales y sexuales han desaparecido en esa área de la vida
social.
Miguel
Ángel Lerma, 1994