EL FERROCARRIL Y LA LENGUA
Lógicamente, es un fenómeno constante la
delantera de los hechos sobre su interpretación humana. Primero es siempre la
experiencia, el acontecimiento; luego viene la observación, el intento de
aprender lo que de sí escapa al control directo.
Vienen estas casi perogrullescas reflexiones
a cuento del retraso con que la consciencia colectiva encaja cualquier cambio
tecnológico, ante el cual adopta actitudes correspondientes a épocas
anteriores. Tuvieron que transcurrir decenios antes de que las salas de cine
dejaran de decorarse como teatros, los automóviles de carrozarse como coches de
caballos o las lámparas eléctricas de diseñarse como quinqués. Resulta
sorprendente la dificultad con que cada uno de estos nuevos avances fue capaz de
encontrar su forma expresiva propia.
Pero en realidad, subsisten campos donde esta
«provisionalidad» se prolonga indefinidamente. Por ejemplo, el aspecto lingüístico
del ferrocarril y todo su mundo. Vale la pena observar cómo la nomenclatura de
los abundantísimos elementos ferroviarios ha tenido que ir siendo improvisada,
pellizcando confusamente en la existente con anterioridad referida al ambiente
del camino y la posta, cuando no adoptando terminología procedente de otras
lenguas con menos timidez y prejuicios que la nuestra.
¿Puede darse hecho más irónico que la no
existencia de una palabra adecuada para nombrar el elemento central de todo el
mundo ferroviario, el propio ferrocarril? Porque, obviamente, esta palabra
designa etimológicamente el camino por donde el ingenio avanza, pero no a éste.
¡El invento sigue huérfano de nombre a estas alturas! Y tiene que conformarse
con usurparlo de otros elementos «vecinos». Porque tampoco es solución el
término «tren» que designa en realidad un conjunto de elementos marchando
correlativamente por el mismo camino (francés train, del verbo traîner,
‘tirar’), ni menos aún el también de origen francés «convoy», con el mismo
significado (con-voie, de voie, ‘camino’).
Parece que pasó ya la oportunidad de buscar
un nombre adecuado para el ferrocarril y los citados prometen perdurar. Claro
es que la expresión adecuada sería algo así «convoy articulado autopropulsado
sobre vía férrea», que resulta algo difícil de acortar en una palabra que
conserve todo el significado. Si buscamos una fórmula griega, no parece posible ir a algo más corto
que «Sínodo ferrocarrilado autopropulsado», ciertamente algo incómodo todavía...
aunque quizá resultase el socorrido expediente de recurrir a las iniciales,
que daría SAF.
Y si esto pasa con el capitán, ¿qué no será con
los marineros? Para seguir próximos al tema, veamos que el camino de rodadura, huérfano
del nombre que le ha usurpado el convoy, tuvo que recurrir al genérico de «vía»
—que puede referirse a cualquier camino en general— o, más precisamente, «vía
férrea», cuando no al horrendo «camino de hierro», calco literal del chemin de fer francés. Es curioso ver como la lengua
vecina penetra también en el nombre de la pieza metálica constitutiva, muchos
años denominada «rail», aunque por fortuna este nuevo barbarismo parece hoy en
retroceso frente al más castellano de «riel», que habría que preferir a
«carril», por ser éste mucho más genérico y tomado, como tantos otros, del mundo
de los vehículos con tracción de sangre.
Y ya que en este campo estamos, observemos,
cómo, curiosamente, la palabra «carruaje», de cierta profusión en el léxico ferroviario
en el siglo XIX y transmisora de tradicionales valores semánticos, ha tenido
poca fortuna frente a otras. El famoso «coche» (procedente nada menos que del húngaro
kutxi, hoy aplicada preferentemente
al paralelo mundo del motor de explosión) y la más familiar «vagón», (inglés wagon, a su vez del verbo wag, ‘balancear’, aludiendo a las
contorsiones de los carromatos). Resulta notable que la RENFE y la Academia
Española, con esforzado acuerdo, intenten aplicar el primer término a los carruajes
de pasajeros y el segundo sólo a los de mercancías, en notable contracorriente
del léxico popular, que llama vagones a unos y otros indistintamente.
Pasando al elemento tractor, tampoco andan
muy de acuerdo el significado etimológico y el convencional. La voz «locomotora»
se aplica meramente a algo dotado de locomoción, sin mayores precisiones sobre si
ésta es propia o comunicada por otro elemento. En realidad, el término completo es
«máquina locomotora» que a veces se ve simplificado por el otro lado para
quedar en «máquina» a secas, que puede significar casi cualquier cosa. En
definitiva, «grupo tractor» o «vehículo motor» parece más adecuado, aunque destilan
un cierto tufillo tecnicista, no se sabe muy bien por qué.
¡Y cuánto podría divagarse sobre muchos otros
términos! «Estación» parece adecuado para los lugares donde el tren se detiene
por breve tiempo («estacionarse» conlleva siempre un sentido temporal, no
permanente, lo que obligaría a buscar otro nombre para las toscamente llamadas
«estaciones término»). Un «apeadero», es también un «montadero». Las palabras
«agente» (griego agein, ‘obrar’) y «factor»
(latín facio, ‘hacer’), significan en
realidad lo mismo, y serían aplicables a cualquier empleado ferroviario no
excesivamente vago. «Coche dormitorio» sería preferible a «coche cama»… por no
hablar de algunos términos extranjeros usados literalmente, como «bogie» o «ténder», que
esperan todavía su versión adecuada al castellano.
¿Pues qué decir de la pintoresca nomenclatura
que la RENFE introduce en sus dominios, con más imprecisión etimológica si cabe
todavía? Los términos «tren ascendente-tren descendente» revelan ingenuamente
un pintoresco espíritu centralista, habituado a ver nada más que trenes que van
o vienen de Madrid... «tren ómnibus» (en latín «para
todos») pudiera ser un término adecuado en lugares o períodos de intensa
segregación social, pero no acaba de verse su significado concreto en el día de
hoy. «Tren automotor» es en realidad una tautología, lo mismo que «tren articulado»,
pues ambos calificativos se refieren a propiedades —autopropulsión, conexión
articulada de las distintas unidades— que debe en realidad poseer todo tren
para merecer el nombre de tal… y no hablemos ya de los frecuentes contrasentidos
fácticos en que incurren trenes con !a denominación de «expresos» o «rápidos»...
aunque quizá la perla más preciada se dé en la archiprecisa denominación TER,
«tren español rápido» (!), antiguo TAR, creada un tanto atolondradamente para
evitar explicables confusiones fonéticas con el TAF.
Podríamos seguir, pero con los botones; de muestra citados creemos que basta para confirmar la idea de
que el mundo ferroviario, en su aspecto lingüístico, nos aparece conformado de
manera totalmente deslavazada y aluvionaria, recordando algunos campos
científicos como la mineralogía o las matemáticas clásicas. Su desarrollo ha sido
tan rápido y espectacular que la realidad terminológica ha ido teniendo que adaptarse
trabajosamente a los nuevos conceptos, surgidos velozmente de ese mundo
trepidante que en medio siglo cambió los conceptos milenarios sobre transporte
y ritmo de vida. No cabe, probablemente, lamentarse por ello. ¿No resultaría
excesivamente deshumanizada una terminología etimológicamente perfecta pero
vacía de jugosas llamadas a la intuición y la experiencia cotidiana? Quédense
las palabras creadas ex novo,
matemáticamente precisas, sacadas de la fría cantera del latín y el griego, para
los asépticos quirófanos o los laboratorios de química inorgánica. Los amantes
de los trenes, sin duda alguna, nos inclinaremos más siempre al pintoresquismo
de los términos inexactos e incluso divertidos, que contienen sin embargo una
llamada a la fantasía… como sin duda algunos prefieren el ruidoso y familiar
vapor a la eficaz y silenciosa corriente eléctrica.
Josep Ma Albaigès
Publicado en Carril, no 6/7, enero 1981