¿SE ESCRIBE EL CASTELLANO COMO SE PRONUNCIA?

 

 

Mi artículo LA NUEBA ORTOGRAFÍA ha despertado un inusitado interés. En una reciente conversación, Juan Moreno, de Albacete, aportaba interesantes puntualizaciones sobre la virtualidad propia de la lengua escrita, "otro tipo de lengua". Rafael León, de Málaga, en carta adjunta se pronuncia por la permanencia de "las molestas virgulillas", como él las llama. Y Rafael Barranco, de Lorca, llama la atención sobre palabras como guión o fié, que sugieren en el tema más dificultades de las previstas.

En ambas posturas late un viejo orgullo (y servidumbre) de la lengua castellana: el afán por ceñir sus reglas de escritura a las de pronunciación de la forma más unívoca posible. Hablando en términos matemáticos, que entre el sonido /x/ y la representación gráfica [x] se dé /x/ <=> [x].

Apresurémonos a desmentir este prejuicio. De ser cierto, no hubiera tenido que exprimirse los cascos T. Navarro Tomás, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, para escribir su obra MANUAL DE PRONUNCIACIÓN ESPAÑOLA. Permítaseme una larga cita de este libro (los subrayados son míos):

 

Señálase como norma general de buena pronunciación, la que se usa corrientemente en Castilla en la conversación de las personas ilustradas, por ser la que más se aproxima a la escritura; su uso, sin embargo, no se reduce a esta sola región sino que, recomendada por las personas doctas, difundida por las escuelas y cultivada artísticamente en la escena, en la tribuna y en la cátedra, se extiende más o menos por las demás regiones de lengua española. Siendo fundamentalmente castellana, la pronunciación correcta rechaza todo vulgarismo provinciano y toda forma local madrileña, burgalesa, toledana, etc.; y siendo culta, rechaza asimismo los escrúpulos de aquellas personas que, influidas por prejuicios etimológicos y ortográficos, se esfuerzan en depurar su dicción con rectificaciones más o menos pedantes. Esta pronunciación, pues, castellana sin vulgarismo y culta sin afectación, estudiada especialmente en el ambiente universitario madrileño, es la que en el presente libro se pretende describir. Llamámosla correcta sin otro objeto que el de distinguirla de la pronunciación vulgar... Fuera de esta espontánea inclinación hacia un uso que en el ambiente general tiene actualmente la preferencia de las personas distinguidas, las ideas más corrientes en España sobre esta materia se reducen a una fórmula pueril, que consiste en creer que la lengua española se pronuncia como se escribe.

 

Tocante al primer subrayado, me permitiría añadir que la lengua "correcta" no lo es por aproximarse (¡ojo!, sólo aproximarse) a lo escrito, sino que su forma escrita había sido elegida en su día precisamente tomando un determinado patrón canónico, que la vox populi apunta hacia el vallisoletano.

En realidad, la cosa no difiere de lo ocurrido en otras lenguas: desde luego hubo un tiempo en que los franceses decían roi (/roy/). El sonido fue evolucionando /roy/ > /roe/ > /roa/ > /rwa/, aunque la inercia tipográfica mantuvo la grafía inicial, donde sigue. En los últimos siglos, la abrumadora presencia de la lengua escrita fijó y mantuvo en todos los idiomas cultos estas grafías fósiles, agravando día a día la discrepancia entre la forma escrita y la hablada.

Añadamos a esto que el extendido uso del alfabeto latino obligó a convenciones para representar gráficamente los sonidos de otras lenguas, y se comprenderá que el "sistema escrito" se halle hoy tan decididamente divorciado del hablado en la mayoría. ¿Tiene salida esta situación? De hecho, sólo alguna que otra lengua se ha atrevido a "reactualizar" modernamente su ortografía. Así el catalán, que tuvo la "suerte" de no gozar de una codificación ortográfica universalmente aceptada hasta 1913, lo que, en cambio, posibilitó un sistema más moderno y racional... aunque la presión ambiental obligara a mantener viejas momias como la molesta h etimológica, que los italianos, más audaces, sí se atrevieron a proscribir.

La actitud adoptada por el castellano ante esta situación es inconsecuente e ilógica. Por una parte se han venido manteniendo reliquias como las mudas h o u (en gue, gui, que, qui), pero en cambio se ha prescindido de lastres etimológicos en otras cuestiones, como las sílabas qua, quo, que sin misericordia se han convertido en cua, cuo. Esto choca con el mantenimiento de los grupos homófonos b/v o g/j (¡o c/s/z, no olvidemos que las variantes hispanoamericanas son habladas por la mayoría de hispanoparlantes!). Conviven numerosas formas en tránsito, como inscripto/inscrito, hexágono/exágono, transporte/trasporte, pero se han suprimido otras antiguas como redención/redempción). Resulta chocante la fobia por la k, que no se acepta ni en palabras griegas, transcribiendo por ejemplo kiróptero como quiróptero, lo que obliga a la absurda introducción de una adventicia u muda.

Segundo subrayado: el propio Navarro Tomás pone en guardia contra el afán de ceñirse a la etimología o a la escritura en determinados casos. Claro es que sería ridículo pronunciar /philosophía/ (es decir, con p aspirada, que no es exactamente lo mismo que una f), pero el afán por reproducir fonéticamente la fórmula escrita puede llevar a aberraciones bien alejadas del castellano auténtico: ¿cómo pronunciar mnemotecnia, psicología y tantas otras?

Y, a todo esto, no hemos entrado en el campo de la fonología, distinguiendo s sonora y sorda, d apical o alveolar, y manteniéndonos siempre en el campo puramente fonémico. Atenerse estrictamente a la fidelidad entre escritura y estricta pronunciación requeriría un alfabeto prolijísimo.

Dejemos pues estos vericuetos. Pero, más sencillamente, si el castellano se escribiera como se pronuncia, ¿a qué la presencia de la u en guerra? ¿Acaso chocolate no debiera pronunciarse /kokolate/? No está claro el valor de la x, que según las palabras suena /s/, /ks/, /gs/. Por no hablar de las numerosas excepciones en torno a la forma de pronunciar letras como c, g, r.

Queda pues abandonada la ingenua pretensión de esa correspondencia biunívoca entre escritura y pronunciación. Pero, al menos, quizá podríamos salvarnos de la quema conformándonos con una correspondencia unívoca a secas en sentido grafema-fonema: dada una palabra escrita, podría siempre saberse como hay que pronunciarla. Eso parece insinuar Rafael en su carta, hablando de los acentos.

Advirtamos que, situados en este plano, el castellano no se diferencia ya de otras lenguas como el francés o alemán (decir que gue debe ser pronunciado /ge/ no es cualitativamente distinto a decir que oi debe ser pronunciado /ua/). Nuevamente, sin embargo, la respuesta es negativa: tampoco se da la correspondencia en el sentido grafema-fonema. Quizá se dé en el 95 % de las palabras, incluso en el 99 %, pero las imprecisiones son numerosas, y la sola forma de obviarlas es estableciendo una retahíla de excepciones a la pronunciación canónica. Sólo por citar algunos ejemplos, todo el mundo sabe que, en la realidad, invitar =/imbitar/, ex-primir = /esprimir/, álbum = /álbun/. No hablemos ya de las palabras adaptadas de otros idiomas, como Sabadell = /Sabadel/. Claro que siempre pueden añadirse subreglas y más subreglas, pero eso no es muy distinto a lo que hace el inglés con sus particulares palabras, casi ideográmicas.

Quizás el tema más conflictivo sea el de las "virgulillas" de Rafael, cuyas normas de aplicación son en principio muy fáciles, pero que conocen fastidiosas excepciones y aun excepciones de las excepciones. No hablaremos de las palabras acentuadas innecesariamente por convenciones de "claridad" (él, éste, más, sólo, cúyo y tantas otras), ni de aquellas otras con acentos fósiles, como encarguéle, marchéme, cortésmente (¡pero no asimismo!) e incluso, en mi niñez, décimoséptimo. Pero, ¿por qué acentuar bíceps o fórceps si terminan en s? En cambio, antiguamente no se acentuaban Rúbens o trémens, galimatías hoy ya afortunadamente superado.

Pero con el tema del diptongo y sus roturas, marcadas en principio por un acento, llegamos al desconcierto general. Quizás una leve digresión ayude a enfocar el tema: el castellano, que yo sepa, es la única lengua que registra diptongos ascendentes, es decir, con la secuencia vocálica débil-fuerte, como en historia (en catalán, por ejemplo, se escribe història, pues esta palabra es esdrújula). Hay razones para creer que antiguamente sucedía lo mismo en castellano, de donde las antiguas grafías dió, vió, fué, que todavía he usado en mi niñez. El proceso histórico de monosilabización que han sufrido los diptongos ascendentes no ha sido total ni mucho menos, y así vemos vacilaciones idiomáticas, especialmente en ciertas formas verbales: verbos como anunciar hacen su presente de indicativo en anuncio, otros como enviar siguen partiendo el diptongo (envío), y en otros (historiar, gloriar) se da un claro desconcierto. Por no hablar de vaciar, cuya forma clásica es vacio, aunque todo el mundo dice hoy vacío.

La Real Academia de la Lengua (sedicentemente Española) llega a detallar algunos casos concretos en que, pese a no venir indicado expresamente de forma gráfica, no existe diptongo: así el famoso verbo criar (pues el latín creare marca su huella en la antigua partición silábica) o piar (latín pipare), o fiar, o tantos otros. ¿Y que decir de la partícula atómica p, que nadie sabe si escribir pion o pión?

Otras palabras, con prefijos (como reunión) o sin ellos, como huir, fruición, tedéum, dual, mué, no forman tampoco diptongo, y de hecho se escribían hasta los años 50 con diéresis, elemento que la Academia suprimió por esas fechas (salvo en güe, güi, donde por cierto no hace ninguna falta, como se ha visto por las notas de Miguel A. Lerma y de Harry B. Partridge).

Los verbos en -uir forman un capítulo aparte, lleno de pintorescas contradicciones. Claro es que no forman diptongo, y la mejor prueba, es la forma verbal huyó, donde la y marca su unión adventicia con la vocal siguiente y el rechazo de la anterior. Sin embargo, el DRAE, en su edición de 1970, dice "La combinación ui se considera (el subrayado es mío) para la práctica de la escritura, como diptongo en todos los casos".

Otra divergencia se da en la forma de pronunciar este grupos y el iu. ¿Cuál de las dos letras actúa como vocal y cuál como consonante? Hay que recurrir a manuales ya un poco especializados para leer que la vocal es siempre la segunda, pero eso no impide que en ciertas zonas, como por ejemplo Cataluña, palabras como cuidar, viuda, se pronuncien  /kuydar/, /biwda/, y no /kwidar/, /byuda/.

A estas alturas ya nos vamos dando cuenta que, pese a ser la base teórica de reglas de acentuación muy simple, el bosque de reglas complementarias, excepciones, singularidades e indeterminaciones es tan extenso, que desde luego resulta una vana ilusión pretender que gracias a las molestas tildes queda unívocamente determinada la pronunciación de la lengua. Voto, pues, por su supresión (de las tildes, claro) en aras de la simplicidad. ¿O es que las necesitó Cervantes?

 

Josep M. Albaigès

Barcelona, julio 1991