¿Qué
es lo que conforma un fonema?
Finalizando el primer cuarto del siglo XX,
permanecía intocado un dogma lingüístico de los tiempos de Saussure. El maestro
ginebrino, como es bien sabido, definió su fecundo concepto de fonema como
entidad fonéticamente opositiva, dotada del mismo papel significante que el que
observan los vocablos entre sí en el plano gramatical. Como el concepto “rojo”
se opone al “verde” en el campo cromático, así la e la a castellanas se oponen
en el par caso/queso, o en rata/reta. La percepción de las
distintas significaciones en cada componente de la pareja opositiva confiere
entidad propia al fonema, al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, entre la n de canto
y la de pongo, que, aunque distintas
fonéticamente, no son percibidas como tales a un nivel significativo precisamente
por carecer de capacidad de oposición.
Saussure otorgó el carácter de “átomo
lingüístico” al concepto de fonema, afirmación que fue aceptada sin discusión y
mantenida durante años. Pero los avances de la lingüística en el siglo XX
pondrían en discusión este punto de vista.
Roman Jakobson (1896-1982) tiene plaza de
honor entre los lingüistas de nuestra época. Nacido en Moscú pero pronto trasladado
a Checoslovaquia, tomó parte activísima en la fundación y desarrollo de la
Escuela Lingüística de Praga, cuya labor es en tantos puntos todavía actual. Posteriormente,
a raíz de la segunda Guerra Mundial, se
trasladaría a los Estados Unidos, donde prosiguió su labor hasta su muerte.
De toda su vasta y original obra, llama
particularmente la atención el desarrollo de sus ideas sobre las correlaciones
fonológicas, integradas por “una serie de oposiciones binarias, definidas por
un principio común al que puede concebirse independientemente de cada pareja de
términos opuestos”
En la línea seguida en el desarrollo de esta
concepción, Jakobson concibió la audaz idea de enmendar la plana nada menos que
al maestro Saussure, negando radicalmente el carácter de indescomponibilidad
del fonema. Al fin y al cabo, ya el profesor de Ginebra opinaba que no eran los
fonemas, sino sus elementos, los que formaban “une valeur purement
oppositive, relative, négative”. Para Jakobson la llave que conduce al
desvelamiento del carácter compuesto del fonema es el estudio de las
conmutaciones posibles en un determinado paradigma fonético.
Así, procedamos con el francés[1]:
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El examen de este paradigma revela que el fonema /b/ del primer elemento puede descomponerse en seis elementos conmutables: b/m, b/p, b/v, b/d, b/g, a su vez transmutables a otros campos de experimentación, por ejemplo:
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Una vez descubierto este “universo”, la observación define en él proporcionalidades fonémicas. Así, al oponer la nasalidad a su ausencia, obtenemos la proporción:
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Análogamente, oponiendo el carácter sonoro al sordo:
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Entre la labialidad y la dentalidad se
obtiene:
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En fin, la oposición entre el carácter labial y el velar da estas dos posibles series:
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A través de este desarrollo, por lo demás habitual en Lingüística, los fonemas consonánticos del francés muestran sus rasgos distintivos, en la apreciación de los cuales, por cierto, Jakobson difiere de lo convencionalmente admitido aceptando, por ejemplo, la oposición nasalidad-ausencia de resonancia nasal, pero hablando en cambio de saturación alta-baja en vez de articulación atrasada-adelantada, pues considera que “la saturación alta [que corresponde a una articulación atrasada] presenta un único rasgo indivisible en la estructura del consonantismo francés, y la parte del paladar hacia la que se dirija esta articulación es fonémicamente irrelevante”.
Pero lo que aquí nos importa es la sistematización que este método permite a Jakobson de las entidades opositivas, que él configura como los auténticos átomos lingüísticos. No será el fonema, sino la oposición, el rasgo fonémico mínimo. Saussure llega a distinguir hasta trece propiedades binarias en las lenguas de todo el mundo:
1. Consonántico/no consonántico.
2. Vocálico/no vocálico.
3. Grave/agudo.
4. Difuso/no difuso.
5. Compacto/no compacto.
6. Bemolizado/normal.
7. Sostenido/normal.
8. Nasal/oral.
9. Tenso/flojo.
10. Sonoro/sordo.
11. Continuo/interrupto.
12. Estridente/mate.
13. Glotizado/no glotizado.
Una clasificación de este tipo sólo estaba al alcance de Jakobson, provisto de unos exhaustivos conocimientos de las fonéticas comparadas de las más variadas lenguas en el mundo. Y su establecimiento dota de operatividad a la audaz idea de sus “átomos lingüísticos”, pues será posible estudiar a partir de ellos, por un mero proceso de análisis combinatorio, las posibilidades de una lengua. Por ejemplo, W. F. Twaddell ya observó que el mayor número posible de diferencias fonológicas significantes dentro de una determinada gama articulatoria en una lengua sería:
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Donde x es la máxima cantidad de fonemas dentro de la gama citada, que proporcionan n-1 relaciones fonológicas consecutivas en la gama. Podríamos añadir que, grosso modo, la clasificación de Jakobson proporciona una primera estimación del número total posible de fonemas a escala mundial. Un breve razonamiento matemático conduciría a:
N = 213 = 8192
Desde luego son más los registrados en la actualidad, pero habría que tener en cuenta que ello es debido a que las oposiciones funcionan en zonas fonéticamente distintas entre una y otra lengua, aunque, como entidades opositivas, dos fonemas pueden ser idénticos de una a otra lengua a pesar de “sonar” de forma muy distinta.
Y no terminan aquí las consecuencias de la concepción y la clasificación jakobsonianas, pues, por otra parte, permiten responder una de las cuestiones más cruciales de la Lingüística: ¿Qué es lo que constituye un fonema como tal? ¿En virtud de qué criterio agrupamos sonidos análogos baja la caracterización fonémica común? Por volver al ejemplo inicial, ¿por qué admitimos como un solo fonema, en castellano, el par n/ŋ, cosa que no concurre en inglés, donde se da, por ejemplo, la oposición thin/thing?
Las consideraciones anteriores nos han desbrozado el camino para contestar esta pregunta: sólo se entiende la afirmación suassureana de que los fonemas son “entités oppositives” cuando se llega al nivel de los rasgos distintivos. Un fonema no es una entidad que deba inevitablemente oponerse a ninguna otra, pero sí los son sus rasgos distintivos, pues sin ellos no existiría tal fonema. El análisis estrictamente lingüístico de los fonemas especificará todas las operaciones subyacentes en ellos, distinguiéndolos de lo que podríamos llamar”pseudooposiciones”: así, en castellano será una oposición el carácter no mojado/mojado, que distinguirá la l/ļ (ralo/rallo), pero el mismo carácter no es opositivo referido al par t/ţ, que en cambio forman un par en vasco al darse la opositividad en dicha lengua en este terreno. La d oclusiva inicial no se opone a la intervocálica đ (en la palabra dado aparecen ambas, fundidas en un solo fonema), ni la n a la ŋ, como hemos visto que ocurría en inglés. Mediante este análisis riguroso, la identificación fonemática deja de basarse en un criterio tan ingenuo como el de “semejanza” (física, fisiológica o acústica) para adquirir bases absolutamente científicas. Como dice Jakobson: “El análisis lingüístico, al llegar a la noción de las entidades fonémicas últimas viene a coincidir con la física moderna, que ha resuelto la estructura granular de la materia en sus partículas elementales”.
Barcelona,
enero 1986
[1] Como es habitual, designaremos fonéticamente una palabra por su transcripción fonológica entre barras, seguida, si lo exige la claridad, por su escritura ortográfica en el idioma respectivo. Los símbolos utilizados son:
/š/ X catalana, ch francesa.
/ž/ J catalana, O francesa.
/ō/ O nasalizada francesa.
/ŋ/ N velar, como en el inglés thing.
/μ/ Ñ.
/ļ/ Ll.