Catalán/valenciano

 

Los españoles, y especialmente los no catalanes ni valencianos, han asistido en los últimos años a una sorprendente polémica en torno a la identidad del valenciano como lengua, que se ha contrapuesto a menudo al catalán. Como solución salomónica, se ha resuelto, en algunos casos, emplear la denominación catalán/valenciano para el conjunto.

El problema tiene dos niveles. Primero: ¿Se trata de dos lenguas distintas? Segundo: En caso de ser una sola, ¿cuál es la denominación más acertada para ella?

La primera pregunta tiene una respuesta clara: lo que se habla desde Perpinyà hasta Alacant y desde Fraga hasta Ciutadella es una sola lengua, se denomine como se denomine. La pretensión contraria sólo ha calado en algunos ambientes culturalmente ínfimos, entre los cuales, como es desgraciadamente habitual, están muchos de los políticos. No es necesario esforzarse en recurrir a muchos argumentos: incluso la Real Academia de la Lengua Española, contestando consultas, ha tomado cartas en el asunto mediante un dictamen inequívoco a favor de la unidad de toda la lengua que se halla en las zonas orientales peninsulares e incluso insulares. Las diferencias de léxico, fonética o sintaxis alegadas por los defensores de la “lengua valenciana” no pasan de ser secundarias, y desde luego muy inferiores entre las que existen entre el español hablado en Argentina, en Andalucía o en México y el español de Castilla. Creemos por tanto que no merece la pena entrar en un tema tan de lingüística elemental.

Otra cosa, desde luego secundaria, es la denominación. Se habla del gallego-portugués o del flamenco-holandés. Por tanto, ¿por qué no catalán-valenciano? Los dos primeros casos aparecen justificados por el nacionalismo: los idiomas citados son hablados en distintos Estados, y entre los tics de estas instituciones suele hallarse el ansia de exclusividad para lo propio. Pero hablar de catalán-valenciano, aparte la innecesaria complicación, es equivalente a hablar de castellano-argentino o de mexicano-venezolano (!)... o, en otro terreno, de catalán-valenciano-balear. A principios del siglo XX el intelectual valenciano Nicolau Primitiu propuso designar los territorios de habla catalana con el nombre de Bacàvia, chusco anagrama de Baleares-Cataluña-València. La ocurrencia motivó la rechifla desde todas partes, e incluso alguno sugirió llamarlos más bien Barocàvia (por el Rosselló) o incluso Albarocàvia (por l’Alguer, en Cerdeña). Claro está que automáticamente desaparecería la polémica que encabeza este articulo: hablaríamos del bacavés (¡o del albarocavés!).

Volviendo al castellano-argentino, no es ocioso recordar que no han faltado intentos en el gran país austral por “independizar” su “lunfardo” del castellano, ante los cuales se han movilizado las fuerzas lingüísticas de la Academia Española con un afán que no se ha visto igualado en caso presente. De hecho, las Academias de los países hispanoamericanos, velando por la unidad de la lengua, han cerrado siempre filas ante esas pretensiones centrífugas que perjudicarían a todos los hablantes.

Quizá, para centrar el tema, convenga recordar algunos conceptos, pidiendo perdón por lo archiconocidos. El primero es que una lengua no tiene un “núcleo correcto, verdadero” alrededor del cual, como satélites, se sitúan los dialectos. Esta idea errónea ha sido inducida a menudo por la petulancia de la “lengua oficial” frente a las habladas en sectores “periféricos”. En realidad, una lengua es el conjunto de las formas dialectales con que es hablada en función de la geografía, la historia o incluso el estrato cultural. Nada tiene que ver en ello el hecho de que casi siempre uno de los dialectos es tomado como forma normativa escrita, lo que genera a menudo un insensato sentido de superioridad por sus hablantes. Insistamos: la lengua es el conjunto de los dialectos como un país es el conjunto de sus regiones.

De nuevo en el “bacavés”, éste se escinde en cuatro dialectos principales: catalán oriental, catalán occidental, valenciano y balear. Obsérvese que uno de ellos lleva el nombre de “valenciano”, mientras que el idioma en su conjunto es llamado “catalán”. ¿Por qué? Sencillamente por razones históricas, como los andaluces llaman castellano al idioma que ellos hablan, que no se contrapone a la existencia de un dialecto andaluz ni mucho menos de una personaludad andaluza propia.

Pero este hecho, totalmente anecdótico, ha tenido consecuencias históricas, al ser interpretado por algunos aproximadamente como “en Cataluña  se habla el catalán como en Valencia se habla el valenciano”, y de esta defectuosa interpretación se ha pasado a una búsqueda del reconocimiento del carácter de lengua propia para el dialecto valenciano. Certamente, no es de hoy este sentimiento: ya Francesc Eiximenis (ss XIV-XV), gerundense afincado en Valencia, declaraba que, pese a su origen, este pueblo no se llamaba “pueblo catalán”, sino que, “per special privilegi ha propri nom es nomena poble valencià”. De aquí a pasar a la “llengua valenciana” no había más que un paso, y los ejemplos son numerosos e ilustres. El sentimiento de afirmación de lo valenciano frente a lo catalán es constante en toda esta época, y para muchos se consolida en la guerra civil del siglo XV, en la que Cataluña se alineó con el Príncipe de Viana, mientras que Valencia lo hacía con Juan II. Tendría que llegar el renacimiento de la lengua (s XIX) y el análisis desapasionado de las cosas para que un poeta de Valencia, Vicente Wenceslao Querol, osara proclamar que escribía unas Rimas catalanas (1877), atraído por la Renaixença catalana que estaba tomado cuerpo en aquellos años. A partir de ese momento, vencidos los particularismos, los lingüistas de uno y otro país se fijarán más en lo que une que en lo que los separa.

La actual polémica, renacida con el apoyo de fuerzas que buscan consolidar una personalidad propia basada en una oposición inexistente, ha llegado ha afirmar que “el valenciano existía un siglo antes que el catalán”, olvidando que el origen de la lengua hablada en los territorios no castellanoparlantes de la antigua Corona de Aragón tiene unos orígenes bien sencillos: las Islas Baleares fueron conquistadas por caballeros procedentes de la Cataluña Vieja (Girona y parte de Barcelona), lo que se marca claramente en su fonética y léxico con dato tan palmarios como la conservación del artículo salat (es/sa frente a el/la), tan propio de la Costa Brava. Mientras que la conquista del actual País Valenciano fue llevada a cabo en su mayor parte por caballeros de la Cataluña Nueva (Lleida, Tarragona y parte de Barcelona), lo que se patentiza en palabras tan claras como el valenciano eixir (‘salir’), que se pretende oponer al catalán sortir, cuando ese verbo, que algunos reivindican como característicamente valenciano, es usado con toda normalidad en mi tierra (soy de Lleida). Análisis practicados por lingüistas tan prestigiosos como Germà Colón (valenciano) no han conseguido hallar ni media docena de palabras exclusivamente valencianas.

No hay tiempo, en este corto artículo, de hablar del romanç ni del llemosí, creaciones con las que se ha pretendido echar leña al fuego dentro de la polémica. A estas alturas, el tema está lingüísticamente zanjado, y sólo la pertinacia política lo continúa artificialmente, con el lógico malestar de quienes creen que desde luego, Cataluña y Valencia tienen dos personalidades distintas, aunque no necesitan del rebajamiento de ninguna otra para afirmarse, como no la afirma Andalucía pretendiendo imponer un idioma “andaluz”, ni siquiera pretender que allí se habla el “andaluz”, como no sea a niveles lingüísticamente precisadores.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                    Torredembarra, agosto 2006