BREVE
NOTA SOBRE EL ALFABETO LATINO
Para algunos, el alfabeto latino fue recibido
directamente de los griegos en su colonia de Cumas en Campania, para otros
fueron los etruscos quienes actuaron como intermediarios. La inscripción latina
más antigua se ha encontrado en un fragmento de cerámica de Gabii en el Lacio
de 800 aJC.
Inicialmente constaba inicialmente de 20 letras: A B C D E F H I K L M N O P Q R S T V X,
con valores distintos a los actuales, en ocasiones de forma marcada. La C
sonaba siempre como la actual K ante cualquier vocal, una K articulada en la
parte delantera del paladar como en /kilo/,
mientras que la Q era gutural, como en /cuatro/.
Las letras G Y
Z fueron añadidas más tarde en la antigüedad, respondiendo a distintas
novedades articulatorias. La más importante fue la existencia de la C sonora,
sonido que los romanos consideraban plebeyo, pero que fue imponiéndose
(obsérvese que la G gráfica no es más que una C modificada). Análogamente, la Z
correspondía a la sonorización de la S, y la Y respondía a la consonantización
de la I.
Más tarde, en la Edad Media, fueron adoptadas la U y la W. La primera marcaba una distinción entre el sonido V,
diferenciando sus valores vocálico (como en PLVS VLTRA) y consonántico (como en
VALERE). La W, posterior, respondía a una reconsonatización de la U similar a
la de la I/Y.
Todavía más tarde fue adoptada la J, llamada “I holandesa”, simple
variante gráfica en principio de la I, pero que resultaría de mucha utilidad
para representar diversos sonidos. En general, tiene el valor /zh/ o j francesa, pero en castellano
representa la /h/ gutural fuertemente
aspirada, en las lenguas eslavas una variante de I, etc.
Otras evoluciones fonéticas dejaron el alfabeto
intacto, pero obligaron a extraños convenios de pronunciación: así, al perderse
la oclusividad de la C ante E, I (vocales anteriores), el sonido C difiere del
original ante esas vocales. Similarmente ocurre con GE, GI. En cambio, la
relajación de la U en palabras como GUERRA, convirtió esa vocal en muda (aunque
no en italiano). Se operaron
monoptongaciones, que asimilaron AI = E (francés), AW = O (inglés), IE = I (alemán),
etc. En algunas lenguas, como español y catalán, han convergido los sonidos
B/V, K/Q. En alemán ocurre otro tanto con V/F, en el español de Sudamérica con
S/Z, etc.
Muchas lenguas adoptaron nuevas variantes de las
letras latinas para representar sus propios sonidos: el castellano la Ñ (n mojada), el catalán y el francés
la Ç (en la Edad Media, TS, hoy S),
el alemán la ß, que no es más que
una aglutinación de la doble S, el danés la Ø y el sueco la Å
(variaciones de la O), etc. Además, muchas lenguas observan el convenio de dar
un determinado sonido a ciertos grupos de letras (pensemos en la CH castellana e inglesa, la NY catalana, la GN francesa, la SCH
alemana, etc. etc.). Y todo ello sin hablar de los numerosos signos diacríticos
que complican más todavía el bosque de los “alfabetos postlatinos”.
Desde un punto de vista exclusivamente fonético, lo
natural sería que cada lengua dispusiera de su propio alfabeto, y el latino
debe ser violentamente retorcido para ajustarse a cada caso. Pero las ventajas
comunicativas de emplear un solo alfabeto son obvias, por lo que la
complicación actual sigue soportándose en aras de una mayor facilidad comunicativa.
Josep
M. Albaigès
Barcelona,
julio 2000