¿EL ALFABETO UNIVERSAL?

 

Todos hemos escuchado innúmeras conversaciones y leído innúmeros artículos en los que se proponen alfabetos universales, que recogerían todos los sonidos fonéticos posibles. Más aún: no falta quien proponga que las actuales lenguas sean vertidas a tales alfabetos, lo que las haría, sin duda, más cómodas e inteligibles.

Se trata de un bello deseo, pero, por desgracia, irrealizable, a menos que nos resignáramos a utilizar un alfabeto con decenas de miles, quizás millones, de símbolos, pues tal es la riqueza de sonidos emisibles por el aparato fonador humano. Todo dependería del grado de exactitud que deseáramos.

En realidad, cualquier idioma debería tener su propio alfabeto, pues su sistema fonético suele ser intrasplantable a otros. De hecho, la mayoría de los idiomas europeos han adoptado el alfabeto latino, pensado, no lo olvidemos, para una lengua de una determinada fonética (más bien pobre), y con el tiempo, en aras de la uniformidad alfabética se ha sacrificado la  claridad fonética. Pero, por ejemplo, la g y la j francesas no suenan igual que sus respectivas castellanas. Sin movernos de nuestra lengua, sobran signos para un determinado sonido (c, q, k), pues la c, que los romanos pronunciaban k, y la q, con un sonido más velar, han convergido hacia un sonido único, de la misma forma que en el castellano hablado en Hispanoamérica las letras c/s/z han hecho lo mismo por la misma razón: relajación fonética.

Esta hiperabundancia de símbolos para un solo valor fonético contrasta en otros campos, ya que faltan letras para determinados sonidos propios del castellano. Ha habido que inventar la ñ y los dígrafos ll, ch, rr, con sonidos muy distintos a los que corresponderían a meras geminaciones de estas letras. Eso por no hablar de la j y la w, ideadas en la edad media como variantes respectivas de la i y de la v en determinadas lenguas; el castellano usa la primera para un sonido totalmente distinto de la i.

Todos los idiomas adolecen de problemas similares, como constata enseguida quien desea aprenderlos. Hay en ellos letras que se pronuncian de forma distinta a la latina (pensemos en las é, è francesas, las ä, ü alemanas, la ı turca), dígrafos y aun trígrafos con personalidad propia (el eu francés, el ch italiano, el sch alemán, el zs húngaro), o letras nuevas (la citada ñ castellana, la ç francesa, la ß alemana, la š checa, la ø danesa, la å sueca, la ł polaca, la ŀl catalana, etc. etc.). Casi siempre estas “anomalías” son el resultado de la evolución fonética de una lengua, no correspondida por cambios paralelos en la gráfica. En francés se siguió el camino /roi/  > /roe/ > /roa/ > /rua/ hasta el sonido actual; en castellano se suprimió la pronunciación de la u en los diptongos gue, que, etc. etc.

En fin, no hablemos de las lenguas con otros alfabetos, que conocen peripecias semejantes (el ruso tiene 33 letras, el árabe 28 sin contar las vocales, etc.). Es cierto que en los tratados de fonología se utiliza un amplio repertorio de símbolos para representar los sonidos de cada lengua, pero, aparte el volumen ya crecido de dicho repertorio, éste ni siquiera recoge habitualmente más que los europeos, y aun así omite muchas peculiaridades en la pronunciación (musicalidad, geminación, apertura, sonoridad, etc.).

Pero además, dicho alfabeto universal, en caso de ser factible, complicaría enormemente la lengua, al no recoger un concepto fundamental en ella: el fonema, considerado como la “unidad fonética agrupatoria”, que se define por la oposición significante entre palabras. Por ejemplo, en castellano no suena igual la letra n en “puente” (/puénte/) que en “tango” (/taŋgo/); en la segunda palabra tiene un sonido mucho más velar. Pero el conjunto de ambos sonidos forman un solo fonema: si alguien pronunciara “tango” como /tángo/, con una n similar a la de “puente”, no daríamos a esa extravagancia más valor que el de una pronunciación incorrecta o regional, como ocurre cuando los catalanes pronuncian la l castellana final (“celestial”, /zelestiáļ/ en lugar de /zelestiál/) en la forma palatal propia de su idioma (ļ). Pero otra cosa ocurre en inglés, ya que los dos sonidos n/ŋ son dos fonemas distintos: compárese las palabras thin (/zin/, ‘delgado’) con thing (/ziŋ/, ‘cosa’): aquí la oposición entre ambos sonidos tiene un valor significante, lo que no ocurría en castellano.

¿Qué sucedería si se pretendiera representar cada palabra con arreglo a su valor fonético, no fonemático? Se aclararía mucho la lengua para los extranjeros, sin duda alguna, pero al precio de complicarla innecesariamente para nosotros, que de golpe pasaríamos a no reconocer multitud de palabras que utilizamos habitualmente (quede esto como aviso para los que todavía hoy opinan ingenuamente que “el castellano se escribe como se pronuncia”). En definitiva, que pese a que nuestro sistema representa en principio el habla, no lo hace más que de una forma aproximada; de hecho cada palabra es en realidad un ideograma más que una fórmula conversora de grafema a significado.

Todo ello nos lleva a concluir que, con todo lo mal que están representados los sonidos en los idiomas en su forma escrita actual, es mejor dejarlo así. ¡Incluso cualquier conato de racional reforma ortográfica tropieza con oposiciones irreductibles! Esto ocurrió con la que los franceses propusieron hace diez años, en realidad bien moderada, o con la que los alemanes quieren introducir ahora. La forma escrita de una lengua es un “escudo de armas”, y suscita unos factores de adhesión sentimental bien alejados de todo aspecto meramente lingüístico.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès  Olivart

                                                                                    Torredembarra, septiembre 2004