Recordando un viaje a Oxford

 

En agosto de 1988 un grupo de mensistas emprendimos una “peregrinación” a Oxford, para frecuentar los mismos lugares que Lewis Carroll. El viaje, previamente preparado con los contactos con varias personas que nos facilitaron el acceso a las habitaciones privadas de LC y la visita a lugares interesantes de Oxford, resultó un éxito.

            El college de Christ Church, donde diera sus clases durante casi medio siglo LC, fue el primer objetivo de ese grupo de admiradores. Todos los colegios oxonianos tiene como elemento más vistoso su quad o patio cuadrado (a unos lingüistas como nosotros no se nos escapa que la palabra es simplificiación de quadrangle). Recorrimos triunfalmente el de Christ Church, el mayor de los 23 existentes en la ciudad. Y también la catedral, anexa al college (de ella toma éste su nombre). Nos extasiamos ante el gótico perpendicular de la sala principal y visitamos el refectorio, donde los retratos de LC y de H. G. Liddell, padre de Alicia, penden en rincones opuestos, quizá como sutil alusión a la poca simpatía existente entre esos personajes.

            Pero el momento más interesante fue la visita a la Biblioteca, lugar habitualmente cerrado al público, y que gracias a la amabilidad de su cuidador nos fue permitido recorrer. Desde su ventana, sentados en el lugar de trabajo de LC, vimos el mismo jardín donde antaño jugaban las niñas Liddell, y pudimos figurar las sensaciones del imperturbable profesor siguiendo sus evoluciones infantiles. A la salida, pose para la inmortalidad ante el edificio de la biblioteca, todos abrumados por la emoción.

 

            Pero no terminó aquí, ni mucho menos, el peregrinaje. ¡Más lugares carrollianos aguardaban nuestra visita! El primero, el embarcadero de Salter, en el Folly Bridge, donde algunos de los audaces expedicionarios decidimos emular el célebre paseo en barca del 4 de julio de 1862. Casualmente, también en esa ocasión fueron cinco los tripulantes, pero aquí acaban las analogías. Nuestras evoluciones por el río Támesis (que los oxonienses llaman Isis) fueron bastante más torpes que las del reverendo Dodgson y sus amigos, pues no pudimos pasar de describir círculos y estrellarnos una y otra vez contra los juncos de las márgenes. ¡Suerte que apenas existe corriente, y suerte de la habilidad de los restantes nautas, que evitaron abordarnos una y otra vez! Nuestra admiración por Carroll y Duckworth aumentaron: ¿cómo pudieron llegar hasta Godstow, situado tres o cuatro kilómetros aguas arriba? Resulta, según parece, que nuestro buen amigo LC no sólo era un experto narrador, sino un atleta consumado.

            Todavía hubo tiempo para una fugaz estancia en el pub Eagle and Child, sede de Tolkien, al que tan aficionado es Joan Manel Grijalvo, uno de los asistentes. Dos días más tarde la visita continuó a  Guildford, población donde Carroll había pasado bastantes temporadas con sus hermanas, y donde terminaría sus días el 14 de enero de 1898. Allí nos reunimos nada menos que con Lionel L. Ware, fundador de Mensa, que nos hizo el señalado honor de acompañarnos al museo de la ciudad, donde se conservan abundantes huellas del paso de Carroll, así como a Chestnuts, la residencia de LC en sus visitas. Todavía hubo tiempo de visitar Loseley, una espléndida mansión inglesa. Mr. Ware, con su trato encantador y exquisitas maneras, nos reafirmó nuevamente en la satisfacción de pertenecer a un Club como Mensa.

            ¡Y más cosas todavía! El mismo día, de regreso, tendríamos tiempo todavía de llegarnos hasta Binsey, sede el famoso treacle well, o pozo milagroso de Santa Frideswida, en el que se inspiró LC para el célebre y delirante diálogo del Sombrerero Loco y las tres hermanas que vivían en el "pozo de melaza". Allí, disfrutando de uno de esos largos y sosegados crepúsculos ingleses, nos pareció sentir la presencia de aquella "tarde dorada", intentando imaginar en qué punto exacto de la contigua ribera del Isis se desarrollaría el famoso relato. ¡Ay! El tiempo se ha llevado la huella del lugar concreto, pero un extraño soplo invade todavía el lugar, y nos pareció, en el silencio vespertino, oír unas risas infantiles pidiendo incansablemente "más relato" a un profesor tan sosegado por fuera como febrilmente alocado por dentro, que sin cesar extraía más y más material disparatado de su fértil imaginación.

            Todavía hubo un digno remate: el día siguiente fuimos acompañados al Museo de la Universidad por Mary Bosdêt, simpática mensista cuyo infatigable ritmo de marcha puso a prueba nuestras ya menguantes fuerzas. El Dodo nos esperaba en su urna de cristal, y pareció guiñarnos el ojo maliciosamente a la vez que nos ofrecía un dedal por nuestra heroica carrera. Por si acaso, nos apresuramos a comprar uno de recuerdo en la Alice's Shop, la misma tienda dibujada en el capítulo de Alicia a través del espejo, que subsiste hoy convertida en comercio para turistas.

Y, colorín colorado…

 

                                                                                              JMAiO