EL MATEMÁTICO Y LA REINA
Nació Victoria en el
año 1819, hija de Eduardo, duque de Kent, y de María
Luisa, duquesa de Sajonia-Coburgo. Eduardo había sido
compelido al matrimonio por su hermano el rey Guillermo IV, que no tenía hijos,
para facilitar la sucesión al trono de Gran Bretaña. Cumplida su misión, falleció
al poco tiempo de nacer la niña, de manera que ésta se crió entre las mujeres
en el londinense palacio de Kensigton. Se dice que su
propia madre, la duquesa de Kent, intrigaba en
palacio con el rey Guillermo para que Victoria accediera al trono de Inglaterra
frente a posibles competidores. ¿No podría ser la duquesa fea de Alicia (foto
izquierda) su retrato en vivo o, al menos, su caricatura? Conservamos
también el recuerdo del día en el que Victoria aún niña, supo, después de una
larga lección de historia inglesa, que iba a ser reina. Parece que la niña
contestó con aplomo: “¡Seré una buena reina!” También Alicia, en la segunda
parte de sus aventuras, se entera de que convertirse en reina “al llegar a la
octava casilla”. Dos niñas, Victoria y Alicia, educadas según los más rígidos
principios de la época, aplicadas, sensibles y
“buenas”, conocen a temprana edad su real destino.
El 18 de junio de 1837 moría el rey Guillermo, dejando el trono a su sobrina Victoria, que acababa de cumplir los 18 años. La joven reina, no se limita a reinar, sino que pretende también gobernar, apoyándose para ello en lord Melbourne, cabeza de fila de los whigs , el partido liberal que en aquellos momentos ostentaba el poder. Este excesivo acercamiento de la reina al partido liberal le granjea la enemistad de los conservadores, de manera que, cuando los whigs caen en desgracia, la arrastran en su caída.
Victoria se hubiera visto en una situación muy comprometida de no haber sido por la llegada de su primo, el príncipe Alberto de Inglaterra, en 1840. La boda de Alberto y Victoria supone una estabilización de la monarquía, situándola por encima de las luchas partidistas de conservadores y liberales. Como escribe Lytton Strachey, se inicia así una nueva era:
“Victoria era el ápice viviente de una nueva era de las generaciones humanas... Los últimos vestigios del siglo XVIII habían desaparecido..., el cinismo y la sutileza habían caído en desgracia..., el deber, el trabajo, la moral y las virtudes domésticas triunfaban sobre ellas...” La era de Victoria estaba en marcha.
Los nuevos descubrimientos científicos (Charles Darwin), la exploración de África (Livingstone y Stanley), la conquista de la India, la revolución industrial eran las características más sobresalientes de esta nueva era. El príncipe Alberto tuvo la idea de conjugarlas todas en una, organizando una Exposición Universal, que se inauguró en Londres en el año 1851. “El 1 de mayo de 1851 —escribe la propia reina— ha sido el día más grande de nuestra historia, el más grande, inmenso y conmovedor espectáculo que se ha visto jamás, y el triunfo de mi amado Alberto... Su nombre quedará inmortalizado en esta gran idea suya”. El Palacio de Cristal que se erigió en el Hyde Park de Londres era la muestra más palpable del poderío inglés sobre la tierra, de sus conquistas y descubrimientos, de su revolución tecnológica y científica, de su espíritu pragmático y emprendedor.
La muerte de Alberto en 1861 supuso un duro golpe para Victoria. La reina se vistió de negro y se encerró en su intimidad, recibiendo sólo las visitas de “su” ministro para despachar con él asuntos de estado. Si alguna vez ofrecía una cena para sus huéspedes, solía interrumpirlos de forma cortante cuando decían algo impropio: “Esto no es de nuestro agrado”. Eran los años en que un joven don de Oxford, profesor de matemáticas, escribía cuentos para entretener a sus jóvenes amigas. ¿Acaso no hay un trasunto de aquella negra y adusta Victoria en las páginas de Alicia? ¿No les cortaba Victoria la palabra a sus huéspedes con la misma facilidad con que la «reina de corazones» les cortaba la cabeza?
Pasan los años y cambia el escenario político
en Inglaterra. Ahora son Disraeli y Gladstone los que se disputan el poder. La reina, antes
partidaria de los whigs, se inclina
ahora a favor de los tories (conservadores)
y busca el apoyo de Disraeli. El triunfo de los whigs en 1869 hace tambalear incluso la
institución monárquica y se producen brotes de republicanismo. Son los
últimos coletazos de la Reform Bill (Ley de
Reforma), introducida en 1835 para dar más poder al Parlamento frente a la
Monarquía. Disraeli se hace con el poder de nuevo en
1874 y la reina le “saluda como a un héroe conquistador”. Esta pugna entre liberales
y conservadores, entre Gladstone y Disraeli, queda reflejada en la segunda parte de la obra de
Carroll, en el enfrentamiento del León y el Unicornio
(foto derecha) que «luchaban por la corona». Tenniel,
el ilustrador de Alicia, usa las efigies de los dos políticos ingleses
en sus dibujos.
A partir de aquel momento, 1874, se produce la encumbración definitiva de Victoria. Disraeli la llama “the Faerie Queen” (“la reina hada”), tomando el título de la obra de Spencer, y dos años más tarde, en 1877, la proclama “emperatriz de la India”. En 1887 se celebra el cincuenta aniversario de la coronación de Victoria en medio de un ambiente apoteósico: “Un ambiente sin igual de triunfo y adoración envolvió el último período de la vida de Victoria —escribe su biógrafo Lytton Strachey—. En la imaginación de sus súbditos, Victoria se cernía allá en lo alto, en las regiones de la divinidad a través de un halo de inmaculada gloria.” En el momento de su muerte, acaecida en el año 1901, vivían nada menos que treinta y siete bisnietos de esta extraordinaria mujer.