El dodo y su trágico
destino
Todos los amigos de Alcia y Lewis
Carroll conocen de sobras al dodo, ese grotesco pájaro que en el III capítulo
de la primera Alicia organiza la “carrera
en comité” entre los animales que han caído en el charco de lágrimas. En ella
que cada cual arranca y para cuando quiere, y cuando están todos cansados, el
Dodo decide que todos han ganado, y
por tanto todos deben tener un
premio. Cuando éstos han sido adjudicados, y dado que a Alicia no le queda más
que un dedal, el Dodo lo toma y acto seguido lo tiende a nuestra heroína,
diciéndole: “Os suplicamos, distinguida amiga, que aceptéis este elegante dedal”.
Comenta Carroll que “Alicia pensó que todo esto era bastante absurdo, pero
todos parecían tomárselo tan en serio que no se atrevió a reír.”
Lewis Carroll, cuyo
verdadero nombre era Charles L. Dodgson, estaba aquejado de una leve
tartamudeo, que le hacía vacilar al decir su nombre: “Do... Do… Dodgson”, por
lo que eligió como su propio símbolo al simpático bicho, bien conocido por unos
restos del animal expuestos en el museo de Ciencias Naturales de Oxford, donde
pueden verse todavía hoy.
¿Quién era el dodo (para algunos, dodó)? Un ave (Raphus cucullatus), como el avestruz incapaz de volar, y de aspecto grandote y bobalicón, tan grande o mayor que un pavo aunque emparentado con las palomas, que habitaba en la isla Mauricio, en el Océano Índico, cuando llegaron allí los primeros marinos portugueses en 1507. La isla estuvo ocupada desde 1640 de forma permanente, y unas pocas décadas después la especie había desaparecido, víctima del hombre, que encontraba en ella una reserva abundante de carne y una facilidad de caza dada por la inocencia del animal. Dice el visitante Jacob Cornelius van Neck (1601): “No encontramos habitantes humanos, más bien una gran cantidad de tórtolas y otros pájaros, que muchos de nosotros golpeamos hasta matarlos con palos y los cazamos, pues, como allí no vivía ningún hombre, no tenía miedo de nosotros, sino que se quedaban quietos, dejándonos que los golpeáramos hasta matarlos”.
¡Pobre dodo! Sólo quedan hoy de él algunos croquis y unos restos: “una cabeza, un cráneo, una pata, el molde de una pata, varios trozos de piel y una colección de subfósiles, algunos de los cuales han sido ensamblados para formar esqueletos simulados”, según dice Harri Kallio, estudioso del animal. Casi todo están en el museo citado de Oxford, que unos carrollistas entusiastas vimos en el famoso viaje “Tras las huellas de Lewis Carroll” de 1988.
El dodo se extinguió, pero no sólo víctima del hombre, pues parece que la carne del animal era bastante indigesta: “Cuanto más se los hierve, más tiesos e incomestibles se vuelven”, escribía en 1598 el holandés van Neck. La bomba ecológica estalló en la isla con la aportación de otros animales conocidos, que fueron soltados para que se criaran con más libertad. Los huevos y pollitos de dodo debieron de ser un estupendo manjar para cerdos y macacos. Sir Thomas Herbert, el introductor de la palabra “dodo”, dedicó al animal en 1627 un dramático epitafio: “Tienen un semblante melancólico, como si fueran sensibles a la injusticia de la naturaleza al modelar un cuerpo tan macizo destinado a ser dirigido por alas complementarias ciertamente incapaces de levantarlo del suelo”.
Basándose en los
dibujos de Wolfert Hermanszoon (1601-1603), en los que se basó Tenniel, el
ilustrador de Alicia, se han
reconstruido el aspecto de algunas bandas de dodos, que reproducimos en estas
líneas.
Como carrollistas,
dediquemos un pensamiento compasivo a esa víctima de la loca carrera actual de
la extinción de especies. Quien desee hallar más detalles sobre el infeliz
animal, puede consultar El País Semanal
No 1467, del día 7 de noviembre de 2004, el libro del biólogo Miguel
Delibes Vida. La naturaleza en peligro,
o El pájaro dodo y la isla Mauricio, o
Encuentros imaginarios, del citado
fotógrafo finlandés Harri Kallio (Lunwerg).
Josep M. Albaigès i Olivart. Barcelona, nov 04