VEDETTES

 

La celebración, a finales del año pasado, de un homenaje en Bilbao a nuestro ilustre paisano J. J. Arenas de Pablo, ingeniero de caminos, canales y puertos y catedrático de la E. T. S. de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Cantabria (Santander), me induce a escribir desde mi condición de hombre de la calle, profano en la profesión, en su homenaje, estas líneas de reflexión acerca de la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos.

Leía hace unos días en el Diario de Teruel, donde resido, la carta enviada por el representante en nuestra ciudad del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, J. Pérez Benedicto. Se lamentaba en ella de la sistemática postergación de sus colegas a la hora de valorar los méritos de los que trabajan en el diseño de construcciones en general. Pues bien, el problema se acrecienta no ya porque obras absolutamente ingenieriles sean presentadas por arquitectos; por ejemplo, el Muelle de Enlace de Santa Cruz de Tenerife (Herzog & De Meuron), la Terminal del Aeropuerto de Barajas (R. Rogers) y la Estación Intermodal de Zaragoza (F. Ferrater y J.M. Valero), sino porque ingenieros proyectistas de obras notables son tenidos por arquitectos. Es el caso del propio Pérez Benedicto y el del ingeniero J. Manterola, autor de los puentes y pasarelas del tercer cinturón de Zaragoza, que fue presentado públicamente como arquitecto y motivó que yo enviara una carta de rectificación al Heraldo de Aragón.

A esto contribuye, sin duda, una notable modestia, no exenta de culpa, por parte de los ingenieros y un excesivo pavoneo por parte de algunos arquitectos vedettes que cuando menos silencian la colaboración imprescindible del ingeniero que “tanto en el campo del transporte (carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos) como en el de las obras hidráulicas, el medio ambiente, el urbanismo, etc, tiene competencias plenas” (Pérez Benedicto). De este modo, se fomenta la opinión general de que sólo los arquitectos están  capacitados para proyectar obras, sean públicas o no. Y así obras extraordinarias por su complejidad técnica son de tal o cual arquitecto exclusivamente. Absurdo e injusto.

Los arquitectos, con excepciones, moldean, pero los ingenieros fundan. De ahí que los aspectos estéticos, formales, sean primordiales para el arquitecto siempre tentado de creerse un artista, un creador, algo divino; de hecho, la arquitectura se incluye entre las Bellas Artes. Por el contrario, para el ingeniero, siempre con los pies en el suelo, los aspectos dinámicos son los fundamentales. El drama para éste es que las formas son captadas por los sentidos, se ven y se tocan, pero las fuerzas, no. Valoramos, pues, una obra por su equilibrio de formas, pero no, por su equilibrio de fuerzas. Por eso, los grandes monumentos nos atraen por su vistosidad y prácticamente nunca por el equilibrio que los sustenta.

No resulta descabellado pensar que, por lo que hace a la ciencia, la mente humana actual está incapacitada para alumbrar hipótesis tras hipótesis. Es decir, que está limitada. También, para idear nuevas tipologías. Tal vez por este motivo, la Bauhaus de Gropius alumbra una arquitectura racional, funcionalista, en la que la forma se supedita a la función, al uso, de la edificación arrumbando, por así decir, el talento artístico del proyectista al considerar que “si algo se proyecta para que responda a sus fines peculiares, podrá parecer bello por si mismo” (Gombrich). La arquitectura orgánica de Wright (ingeniero civil, por cierto) es otro ejemplo. Y, por supuesto, el celebre Panteón romano, obra de Apodoloro de Damasco, cuya cúpula, puro esqueleto (mera estructura) apenas velado por casetones, resulta bellísima. En el futuro, nuevas necesidades cada vez más exigentes en materiales, cálculo y tecnología van a deparar sorpresas formales surgidas no tanto del talento artístico como del respeto a ellas. Algo de esto se aprecia hoy en la ingeniería de puentes. Los puentes actuales, alardes de diseño y tecnología, son bellos “per se” como lo es un felino en plena carrera, también un prodigio funcional. La naturaleza, tan bella, no es fruto artístico sino adaptativo, funcional. Con esta perspectiva, pues, poco fundamento tiene la vanagloria de las vedettes. Sobre todo, cuando su brillo de oropel busca ocultar a los auténticos artífices de las obras firmadas.

 

 

Fdo. J. FCO. LUZ GÓMEZ DE TRAVECEDO.

Publicado en La Voz del Colegiado (órgano del Colegio de Ingenieros de Caminos) n 258, marzo 2003